“Adornando tumbas”, Jesús Adrián y el movimiento progresista (Segunda parte)

“Adornando tumbas”, Jesús Adrián y el movimiento progresista (Segunda parte)

De entrada, me pareció curioso el prólogo que Junior Zapata escribió para el libro “Adornando tumbas y matando profetas”, pues prácticamente presenta a Jesús Adrián como uno de los nuevos reformadores de la actualidad. Pero al terminar de leer el libro pensé: ¿cómo puedes reformar la iglesia si no confías en las Escrituras? ¿Cómo vas a reformar el pensamiento cristiano si pareciera que para ti la doctrina y la teología no son tan importantes?

Hablemos entonces del valor de la Escritura y de la doctrina.

En su libro, Jesús Adrián constantemente alude a quienes defienden los temas doctrinales que, si bien reconoce que son importantes, cuando toca el tema deja entrever que no lo son tanto. Y eso es lo extraño de su forma de escribir. A veces dice que es importante pero cuando desarrolla su argumentación da la sensación de que no. Por ejemplo, en el capítulo “Ella”, que habla de la iglesia y del espíritu de comunidad que debería caracterizarnos, afirma: “Los defensores de la doctrina dirían que lo que hace a la iglesia es justamente esa doctrina; sin embargo; curiosamente para los primeros creyentes, su fe consistía en seguir a Jesús, y no fue hasta varios siglos después, que la fe se convirtió en doctrina…. Los primeros cristianos eran conocidos por el amor que se tenían los unos a otros, no por su doctrina… Los puntos doctrinales que nosotros defendemos con vehemencia duraron siglos en formularse” (pág. 76). Y más adelante, en el capítulo “Fe fragmentada”, dice: “De hecho, como hemos dicho en capítulos anteriores, los primeros cristianos más que tener una fe basada en la doctrina, la tenían basada en el conocimiento de Jesús y en la necesidad de comunidad… Hay gente obsesionada con la doctrina y actúa como que lo único que a Dios le importa es que creamos correctamente. La verdad es que a Dios no le interesa eso” (pág. 199).

El asunto es que el Nuevo Testamento contradice las palabras de Jesús Adrián. Mira: “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:41-42). Y luego: “Cuando los trajeron, los presentaron en el concilio, y el sumo sacerdote les preguntó, diciendo: ¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis en ese nombre? Y ahora habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina” (Hechos 5:27-28).

¿“Los cristianos más que una fe basada en la doctrina la tenían basada en el conocimiento de Jesús” (pág. 199)? Pues el libro de los Hechos dice otra cosa y de paso, la afirmación de Jesús Adrián se contradice a sí misma. Me explico.

Fíjate, la palabra “doctrina” significa simple y llanamente: enseñanza. Eso es doctrina, enseñanza. Por lo tanto, “el conocimiento de Jesús” del que habla Jesús Adrián es doctrina en sí mismo porque dicho conocimiento se enseñaba. ¿Se entiende? En este sentido, el libro de los Hechos y la propia argumentación que él plantea nos confirma que los primeros cristianos desarrollaron una fe y una comunidad empapada de doctrina. ¿Por qué? Porque el conocimiento de Jesús es doctrina per se.

Eso sí, Jesús Adrián tiene razón cuando nos invita a no obsesionarnos de la doctrina más allá de lo que es debido y también cuando dice que muchas doctrinas de la iglesia tal como las conocemos hoy tardaron algún tiempo en formularse. Sí, es cierto. Pero eso no significa que por tardar en formularse no estuvieran presentes en el pensamiento y las convicciones de los primeros cristianos. Por ejemplo, ellos creían en la existencia del diablo porque Jesús mismo les habló de él, ellos creían en la promesa del cielo porque Cristo mismo les habló de dicho lugar y ellos creían que había un infierno eterno porque también Cristo les dijo que existía. Pero decir lo que dice Jesús Adrián: “El tema del diablo, por mencionar solo un ejemplo, no se exhibe con total claridad en los textos judeo-cristianos… Lo mismo se puede afirmar sobre el tema del cielo y del infierno. Tomó siglos para que se formularan” (pág. 77), ajá, ¿y qué con eso? ¿Qué quiere decir Jesús Adrián? ¿Que debemos dudar de dichas doctrinas debido a que tardaron en formularse tal como las conocemos actualmente o que los primeros cristianos no creyeron estos temas y, por lo tanto, deberían demeritarse?

En esto estriba parte del planteamiento de Jesús Adrián en su libro, que deja entrever que deberíamos poner en entredicho algunas cosas que creemos porque fue hasta siglos después que el cristianismo consolidó un cuerpo doctrinal. El asunto es que el hecho de que esto haya sucedido así no significa que los primeros cristianos no creyeran estos temas que también nosotros creemos y que claramente encontramos en el texto bíblico.

Creo que el desacierto más rotundo del libro es la desconfianza que transmite acerca de las Escrituras. En el capítulo “Humildad teológica” Jesús Adrián deja entrever que confía, pero no confía en la Biblia, que cree, pero no cree que la Palabra de Dios sea la Palabra de Dios. Su forma de argumentar, en lugar de clarificar, es confusa. “Aunque creo y afirmo que el cristianismo es una fe racional con argumentos sanos e inteligentes, reconozco que algunas de mis convicciones se derivan más de fe que de certeza intelectual… ¿cómo compruebo que los 70 traductores de la Septuaginta fueron inspirados por el Espíritu Santo para traducir de la manera correcta? ¿Cómo compruebo que el canon de las Escrituras es absolutamente correcto y que los hombres asignados a este trabajo escogieron, dirigidos por el Espíritu Santo, la lista de los libros que compondrían la Biblia? ¿Cómo compruebo que fueron inspirados por el Espíritu Santo para determinar la canonicidad de ciertos libros y la apocrificidad de otros? ¿Cómo compruebo que el canon de la Biblia protestante es el correcto, cuando el mismo Martín Lutero tenía problemas con algunos libros que ahora son parte del canon bíblico, y cuestionaba que otros como el de Ester, Hebreos y Santiago, entre otros, fueran inspirados por el Espíritu Santo? Por supuesto que he leído todos los argumentos a favor de la autoridad de la Biblia y estoy de acuerdo con ellos; las profecías cumplidas, los pergaminos que respaldan lo que está escrito (aunque algunos pasajes han tenido que corregirse), las evidencias históricas y geográficas, la consistencia literaria, la sobrevivencia de la Biblia al escrutinio de los siglos y los constantes ataques que ha recibido, etc. Todos estos argumentos son válidos y yo mismo los he enseñado en muchas ocasiones, pero después de todo, debo ser honesto y acepar que no puedo comprobar con absoluta certeza que la Biblia es la Palabra de Dios” (pág. 229-230).             

A mí me da la impresión de que Jesús Adrián no comprende el proceso de fe. Ojo, con esto no estoy demeritando el capítulo “Fe fragmentada” que, en mi opinión, es muy valioso, ni tampoco quiero decir que él no pueda ser libre de expresar dudas de lo que él quiera dudar. El asunto es que al decir: “reconozco que algunas de mis convicciones se derivan más de fe que de certeza intelectual” (pág. 229) deja entrever que no comprende dónde ni cómo ocurre el proceso de fe en el ser humano.

Para comenzar, Jesús Adrián dice que se puede tener fe sin certeza y sin el uso del intelecto. ¡Y eso no se puede! Por eso, después de decir que cree, pero no cree, añade: “Muchos se escandalizarán al leer que no puedo comprobar que la Biblia es la Palabra de Dios, y la verdad es que ellos tampoco pueden, pero como viven bajo dogmas, es decir, creen porque tienen que creer, defienden sus postulados de una manera apasionada pero lejos del entendimiento. El creer en Dios, como el no creer en Él, tiene que ver con una decisión. El salmista declara: “Dice el necio en su corazón, no hay Dios”. El que niega la existencia de Dios, tomó una decisión con su corazón, no con su intelecto. El intelecto es solo la excusa. De la misma manera, el que cree en Dios y en su Palabra, tomó una decisión basada en su corazón, no con el intelecto” (pág. 231).

Con lo anterior Jesús Adrián olvida —o simplemente no sabe— que cuando la Escritura habla de “corazón” se está refiriendo a la mente. No al corazón como centro de la emoción como entendemos en occidente. Por ejemplo, Génesis 6:5 dice: “El Señor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era sólo hacer siempre el mal”. Y el Señor Jesucristo se refirió al corazón del mismo modo: “Porque del corazón provienen los malos pensamientos…” (Mateo 15:19). Estos pasajes nos muestran que ellos veían al corazón como fuente de los pensamientos. Es decir, en el pensamiento judío decir “corazón” era sinónimo de decir: “mente”.  Y es por eso que el salmista dijo “dice el necio en su corazón: no hay Dios”. ¿Dónde entonces decidió el necio no creer en Dios? ¡En su mente! Por lo tanto, cuando Jesús Adrián asegura que: “el que niega la existencia de Dios, tomó una decisión con su corazón, no con su intelecto. El intelecto es solo la excusa” y de remate: “de la misma manera, el que cree en Dios y en su Palabra, tomó una decisión basada en su corazón, no con el intelecto” (pág. 231) es un enorme sinsentido.

¿Por qué? ¡Porque eso no se puede! No se puede tomar una decisión sin el intelecto, no se puede creer sin el intelecto y no se puede tener fe sin usar el intelecto. La fe requiere procesos intelectuales y, por lo tanto, no tiene por qué separarse de las funciones mentales como él las separa. Por ejemplo, tú y yo confiamos en Dios a causa de las verdades que hemos leído y oído en su Palabra y que hemos depositado en nuestra mente, ¿no es cierto? Ya sea que las recuerdes porque las hayas memorizado o porque solo recuerdes algunos rasgos de las promesas de Dios, cuando atravesamos un problema o dificultad, mentalmente nos dirigimos a esa información que tenemos almacenada en nuestro cerebro para abrazarla y creerla y de este modo levantarnos en fe. Es cuando ocurre este proceso mental que, a pesar de los problemas y circunstancias, confiamos en el Señor como nuestro Dios y sustentador. ¿Se entiende?

No se puede separar la fe del intelecto. El proceso de fe (o de la no fe) siempre requiere el uso de las funciones intelectuales. Pero qué pasa, que pareciera que Jesús Adrián no comprende cómo es el proceso de fe y entonces los separa diciendo: “el que cree en Dios y en su Palabra, tomó una decisión basada en su corazón, no con el intelecto” (pág. 231). Por favor, ¡eso no se puede!

Además, la fe cristiana es una fe que se basa en los hechos. No es una fe ciega ni una fe que se fundamenta en la emoción. La persona que quiere abrazar la fe cristiana debería analizar las evidencias del cristianismo y entonces tomar la decisión de creer o no en Jesús. Por ejemplo, el cristiano cree que Jesús resucitó de los muertos y que está vivo hoy. Según la argumentación de Jesús Adrián, ¿no hay evidencias creíbles y que podemos analizar con nuestra mente para saber que la tumba quedó vacía? ¿No es un hecho que podemos evaluar con el intelecto y de este modo poder llegar a decir: “¡Cristo vive!”? ¿O es que tenemos que creer en la resurrección solo con el corazón porque no se puede creer con la mente?

Mi punto es que cuando se analizan las evidencias de la resurrección la persona comprende que creer en dicho suceso es lógico y, por lo tanto, creíble y es así que toma la decisión de creer con la mente, no solo con el corazón, sino también usando el intelecto. ¿Por qué? Porque el proceso de fe requiere que se examinen los hechos y las evidencias de forma intelectual para entonces decidir creer o no creer. ¡Y lo mismo pasa con las evidencias de las Escrituras! El cristiano no cree por el simple hecho de creer o porque es un dogma —o por lo menos no debería ser así— sino que cree porque, así como con el tema de la resurrección, el cristiano ha estudiado las evidencias que confirman que los manuscritos antiguos con que contamos en la actualidad pueden ser considerados fidedignos.

Por lo tanto, cuando Jesús Adrián afirma que ha leído, estudiado y hasta enseñado todos los argumentos que confirman la autoridad de la Escritura, pero aun así no puede confiar intelectualmente que ella es la Palabra de Dios, solo refleja que él no comprende la relación entre el intelecto y la fe o quizá —me voy a permitir especular— prefiere transmitir esa incerteza debido a que los seguidores del movimiento emergente consideran que la certeza es una rasgo de arrogancia y por eso prefiere no sonar tan dogmático.

Continúa leyendo la Tercera parte.

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