Cómo traer los cantos de los cielos a la Tierra (Tercera parte)

Cómo traer los cantos de los cielos a la Tierra (Tercera parte)

A partir de esta entrada hablaré acerca de lo que la Escritura enseña sobre todo esto de traer los cantos de los cielos a la Tierra. ¿Es un concepto bíblico? ¿Un ser humano puede escuchar la música que suena allá arriba? ¿Es posible semejante proeza? Y, si esto fuera así, ¿con qué propósito permite el Señor este tipo de experiencias?

Bueno, comencemos por el Pentateuco, ¿ok? La primera experiencia de música del cielo escuchada audiblemente en la Tierra fue la del monte Sinaí. Si lees detenidamente el libro de Éxodo verás que cuando Moisés recibió los 10 mandamientos el texto deja entrever que hubo música de fondo. Yo le llamo: “la banda sonora de los 10 mandamientos” o “The Mount Sinaí Soundtrack”. En Éxodo 19 el Señor le dijo a Moisés:

Pon un cerco alrededor del monte para que el pueblo
no pase. Diles que no suban al monte, y que ni siquiera
pongan un pie en él, pues cualquiera que lo toque será
condenado a muerte. Sólo podrán subir al monte cuando
se oiga el toque largo de la trompeta… En la madrugada
del tercer día hubo truenos y relámpagos, y una densa
nube se posó sobre el monte. Un toque muy fuerte de trompeta
puso a temblar a todos los que estaban en el campamento.
Entonces Moisés sacó del campamento al pueblo para que
fuera a su encuentro con Dios, y ellos se detuvieron al pie
del monte Sinaí. El monte estaba cubierto de humo, porque
el Señor había descendido sobre él en medio de fuego. Era
tanto el humo que salía del monte, que parecía un horno;
todo el monte se sacudía violentamente, y el sonido de la
trompeta era cada vez más fuerte. Entonces habló Moisés,
y Dios le respondió en el trueno. El Señor descendió a la
cumbre del monte Sinaí, y desde allí llamó a Moisés para
que subiera. Éxodo 19:12-13 y 16-20.

Inmediatamente después, Dios le muestra a Moisés los 10 mandamientos, que son:

1. No tendrás dioses ajenos delante de mí.
2. No te harás imagen ni ninguna semejanza.
3. No tomarás el nombre de Dios en vano.
4. Acuérdate del día de reposo.
5. Honra a tu padre y a tu madre.
6. No matarás.
7. No cometerás adulterio.
8. No hurtarás.
9. No hablarás falso testimonio.
10. No codiciarás Éxodo 20:2-17.

Al finalizar esta experiencia inicia entonces la descripción de Éxodo 20:18-20 donde se nos dice que la música no solo sonó antes de que Moisés subiera, sino también mientras estuvo allá arriba recibiendo los mandamientos. Léelo por favor:

Ante ese espectáculo de truenos y relámpagos, de sonidos
de trompeta y de la montaña envuelta en humo, los israelitas
temblaban de miedo y se mantenían a distancia. Así que le
suplicaron a Moisés: —Háblanos tú, y te escucharemos.
Si Dios nos habla, seguramente moriremos. —No tengan miedo
—les respondió Moisés—. Dios ha venido a ponerlos a prueba,
para que sientan temor de él y no pequen.
Éxodo 20:18-20.

Como debemos suponer, el sonido de trompetas no era ejecutado por músicos del pueblo de Israel. No, seguramente eran ángeles que tocaban mientras Dios le dictaba a Moisés los 10 mandamientos. Mi punto es que mientras Dios hablaba con Moisés había música que simultáneamente se escuchaba y cuya intensidad catapultó la experiencia del Sinaí a niveles sumamente intensos. Es decir, este episodio no se dio a secas, no solo fueron palabras y ya, sino que Moisés y todo el pueblo conocieron la voluntad de Dios a la vez que sonaban armonías y melodías de fondo. Y esta experiencia podría catalogarse como música del cielo que no solo escuchó Moisés, sino todo el pueblo congregado en Sinaí.

¿Lo ves? La Biblia sí habla de que el pueblo de Dios puede escuchar música del cielo cuando él soberanamente decide que así suceda.

Aunque este episodio describe música instrumental, más adelante en el Pentateuco se describe otro episodio donde Dios sí le dio a Moisés una canción con letra. Antes de que Moisés muriera y a punto de establecer a Josué como sucesor, Deuteronomio dice:

Ahora pues, escribíos este cántico, y enséñalo a los hijos
de Israel; ponlo en boca de ellos, para que este cántico
me sea por testigo contra los hijos de Israel. Porque yo les
introduciré en la tierra que juré a sus padres, la cual fluye
leche y miel; y comerán y se saciarán, y engordarán;
y se volverán a dioses ajenos y les servirán, y me enojarán,
  invalidarán mi pacto. Y cuando les vinieren muchos males
y angustias, entonces este cántico responderá en su cara
como testigo, pues será recordado por la boca de sus descendientes;
porque yo conozco lo que se proponen de antemano, antes que
los introduzca en la tierra que juré darles. Y Moisés escribió
este cántico aquel día, y lo enseñó a los hijos de Israel.
Deuteronomio 31:19-22.

Si haces el ejercicio de leer el capítulo 31 y 32 podrás conocer el contexto y la letra de la canción que Dios le inspiró a Moisés y que serviría para confrontar la futura idolatría en que el pueblo incurriría después de conquistar Canaán.  Aunque esta no es la primera canción que aparece en la Biblia, sí es la primera que se afirma que Dios mismo dio la directriz de componer. “Escribe este cántico…” dice el texto, es decir: “Moisés, te voy a mostrar una canción y quiero que se las enseñes a mi pueblo”. Sabiendo que Dios está en el cielo (Sal. 11:4, 103:19, Is. 63:15, 66:1, Mat. 5:34, etc) y que él inspiró a Moisés a escribir (mientras estaba en la tierra), podemos entonces decir con certeza que esta es la primera experiencia de un hombre que recibió un canto del cielo en la Tierra.

Aunque podríamos aprender varias lecciones de este episodio —que por cierto desarrollé en la serie La primera canción— esta vez me quiero concentrar en lo siguiente: Moisés poseía las habilidades literarias y musicales para componer la canción que el Señor le inspiró. Esto significa que si él no hubiera sabido componer canciones hubiera sido muy difícil, por no decir: casi imposible, obedecer la directriz divina de escribir.

Si recuerdas, Moisés aparece como uno de los compositores de los salmos. Él escribió el Salmo 90, pero también escribió el que aparece en Éxodo 15 e incluso Apocalipsis lo reconoce como compositor: “Y cantan el cántico de Moisés siervo de Dios…” (Ap. 15:3). Es decir, Moisés era un compositor con habilidades para escribir extraordinarias canciones. La pregunta es: ¿en dónde aprendió el arte de componer? ¿A qué escuela asistió para perfeccionar su don musical?

R/ En Egipto.

Seguramente Moisés aprendió a escribir canciones en las escuelas egipcias de la ciudad en donde creció. Recuerda que por ser miembro de la realeza egipcia estuvo expuesto a toda el arte y la cultura de la nación más poderosa de su tiempo. Y así como hoy, que cuando estudias el pensum escolar incluye materias vocacionales y artísticas, Moisés aprendió a tocar uno o varios instrumentos musicales y a expresarse poéticamente a medida que era educado y adiestrado bajo la tutela de la hija de faraón.

Mi punto es que, si bien es cierto que la Biblia enseña que Dios está en el cielo y que él inspira a sus siervos aquí en la tierra, si estos siervos no poseen las habilidades musicales necesarias para plasmar letras, melodías o armonías en el papel, es poco probable que Dios escoja a alguien sin dichas habilidades para dicha misión. Vamos, Dios es soberano y puede escoger a quien quiera, pero el hecho de que alguien posea destrezas musicales y poéticas aumenta las probabilidades de escuchar la música del cielo. Además, si bien es cierto que graduarse del conservatorio y saber solfear contribuye grandemente a la hora de componer, que no hayas hecho esto no te descalifica de la posibilidad de que Dios te inspire. El punto es que entre más preparado estés, como Moisés, mejor portador de los cantos de los cielos podrás ser. Como afirma Darlene Zschech, en su libro “Adoración sin reservas”, en el capítulo “Música eterna” que trata sobre composición, dice: “un compositor podría asistir a cientos de clases acerca de cómo escribir un hit, pero la técnica es solo parte de la comisión del compositor cuando se trata de traer el sonido del cielo a la Tierra. Uno no escribe canciones celestiales por accidente” (1).

Dejando atrás el Pentateuco, el siguiente atisbo que encontramos en la Biblia relacionado con esta dinámica de canciones divinamente inspiradas está en el libro de Job:

Y ninguno dice: ¿dónde está Dios mi Hacedor,
que da cánticos en la noche, que nos enseña más
que a las bestias de la tierra, y nos hace sabios
más que a las aves del cielo?
Job 35:10-11.

Si bien estas palabras no son del propio Job, sino de Eliú, se cree que el libro de Job, por sus características y descripciones pudo haber sido escrito por el tiempo de Abraham, es decir, por la época de los patriarcas. Mi punto es que desde esa época ya se tenían nociones de que el Creador (que está en los cielos) era capaz de dar canciones a los hombres (aquí en la Tierra).

¿Qué podemos aprender de estos tres pasajes que hemos visto en esta entrada? ¿Hay alguna verdad que podamos concluir antes de finalizar esta entrada? Sí, y Job 35:11 nos la muestra. Cuando el texto habla de las canciones que el Creador reparte de noche, Eliú pregunta dónde está el Dios Hacedor que obsequia melodías, y añade: “que nos enseña más… y que nos hace más sabios”. Es decir, Eliú asocia este tipo de experiencia compositiva a la enseñanza y a la sabiduría. Dicho en otras palabras: el Señor reparte canciones a los hombres con fines de comunicarles sus mandamientos, sus estatutos y sus caminos. ¡Igual como lo muestra Éxodo 19-20 al revelarle a Moisés los 10 mandamientos con música de fondo y Deuteronomio 31-32 al inspirarle una canción que confrontara la idolatría futura de Israel!

El Señor no inspira este tipo de canciones así por así, Dios le da canciones a sus siervos con el propósito de hablarle contundentemente a las naciones y a la raza humana sobre temas específicos que él quiere hacerlos reflexionar. Esto significa que, desde el inicio de la Biblia, el don de la composición, por default, tiene propósitos educativos.

Continúa leyendo la Cuarta parte.

Notas

(1) Tomado de: http://www.laaventuradecomponer.com/fragmentos-de-libros/musica-eterna-primera-parte/ 

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