Compositores de La Biblia (Cuarta parte)

Compositores de La Biblia (Cuarta parte)

- en Compositores de La Biblia
2309
2


AnaBreves lecciones de sus vidas y canciones.

Un estudio sobre la vida y canciones de algunos de los más destacados compositores que registra la Biblia. Allí están, entre historia y profecía, entre Génesis y Apocalipsis. Algunos se ven, otros cuesta encontrarlos. Algunos los conoce: Moisés, David, Salomón. Otros usted ni se imagina que componían: Adán, Isaías, ¡el mismo Jesús! Todos escribían canciones. Estas son sus historias, sus canciones y las lecciones que aprendemos de ellos. En esta oportunidad le presento a: Ana.

 


Ana

La compositora intercesora.

Probablemente los hombres jamás comprenderemos lo difícil que es para una mujer el hecho de no poder tener hijos. En nuestra cultura parte de las cosas que se esperan de una mujer, aparte de obtener una profesión y casarse, es convertirse en mamá. Claro, en algunas sociedades eso está cambiando, pero podríamos decir que en la mayoría se espera, sino abierta por lo menos tácitamente, que una mujer además de ser esposa, sea madre.

Si eso sucede en la actualidad imagínese cómo era 1,000 años antes de Cristo. Según algunos comentaristas bíblicos el hecho de que una mujer no pudiera concebir era sinónimo de castigo divino o de deshonra. ¡Cuántas mujeres no habrán vivido en culpabilidad a lo largo de la historia! Si tan solo hubieran tenido acceso a lo que hoy en día se conoce en cuanto al tema de la fertilidad probablemente habrían soportado de forma más digna.

La compositora de la que hablaré hoy se encontraba en una situación así, ¡pero peor! Ella no solo experimentó la frustración de no poder ser mamá, sino también el hostigamiento de alguien por no poder serlo. Resulta que “hubo un hombre que se llamaba Elcana… tenía dos mujeres; el nombre de una era Ana, y el de la otra, Penina. Penia tenía hijos, pero Ana no los tenía. Todos los años, aquel hombre subía de su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios a Jehová de los ejércitos en Silo… Cuando llegaba el día en que Elcana ofrecía sacrificio, daba a Penina, su mujer, la parte que le correspondía, así como a casa uno de sus hijos e hijas. Pero a Ana le daba una aparte escogida, porque amaba a Ana, aunque Jehová no le había concedido tener hijos” (1 Samuel 1-5).

Imagine la escena: Todos sentados a la mesa. Al frente: Elcana. A la derecha: Penina y su racimo de bulliciosos hijos. Y a la izquierda: Ana. Sola, sola, solita. ¡Para colmo! “Su rival la irritaba, enojándola y entristeciéndola porque Jehová no le había concedido tener hijos” (1 Samuel 1:6).

El problema no solo era que Ana no podría concebir, es que la otra mujer de Elcana se lo sacaba en cara. No una vez, ¡año tras año! El texto dice: “Así hacía cada año; cuando subía a la casa de Jehová, la irritaba así, por lo cual Ana lloraba y no comía” (1 Samuel 1:7).  Me imagino las conversaciones cuando subían a adorar:

“¡Elcana! ¡Mi amor!…” exclamaba Penina, “No olvides que hoy que adoremos tienes que repartirnos la porción que me toca a mí y ¡¡¡A NUESTROS HIJOOOSSS!!!” Con tono arrogante y mirando de reojo a Ana.

Cuando estaban por sentarse a la mesa…

“¡Elcana! ¡Mi amor! De verdad que este año tenemos mucho que agradecer al Señor por todas sus bendiciones, especialmente la de habernos concedido… ¡¡¡MUCHOS HIJOOOSSS!!!” Asegurándose que Ana escuchara.

Y para rematar, cuando comían…

“¡Elcana! ¡Mi amor! Espero que el próximo año el Señor nos bendiga a ti y a mí con… ¡¡¡MÁS HIJOOOSSS!!! Porque parece que aquí Dios solo me bendice a mí y no a… ¡¡¡OTRAAASSS!!!”

Las palabras de Penina irritaban y lastimaban a Ana.

Un año de esos que subieron a adorar y de volver a escuchar las hirientes indirectas de Penina, Ana no aguantó más, se levantó de la mesa y se dirigió al templo de Jehová y “ella, con amargura de alma, oró a Jehová y lloró desconsoladamente” (1 Samuel 1:9-10). ¿Puede escuchar su llanto? ¿Puede sentir su dolor?

Supongo que conoce el resto de la historia… Ana pidió un hijo varón y prometió dedicarlo al servicio del Señor. Cuando ella oraba el sacerdote Elí metió la pata acusándola injustamente de estar borracha; sin embargo, al darse cuenta que se había equivocado como enmienda la bendijo diciendo: “Ven en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho” (1 Samuel 1:17).

Después de desahogarse en la presencia de Dios y de escuchar la bendición del sacerdote Ana salió confortaba y con nuevos brillos. Algo en su interior le decía que las cosas iban a cambiar. Efectivamente eso fue lo que sucedió: “Volvieron de regreso a Ramá. Elcana se llegó a Ana su mujer, y Jehová se acordó de ella. Aconteció que al cumplirse el tiempo, después de haber concebido Ana, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Samuel, “por cuanto”, dijo, “se lo pedí a  Jehová” (1 Samuel 1:19-20).

Fue entonces que Ana compuso la canción que aparece en 1 Samuel 2:1-10.

LECCIONES DE COMPOSICIÓN DE LA VIDA DE ANA:

1. De la emoción a la composición.

Los sentimientos y las emociones tienen potencial melódico. Todo lo que usted experimente dentro suyo tiene la capacidad de convertirse en canciones. Sino lo sabía, ahora lo sabe. Todo lo que usted sienta: tristeza, desconsuelo, alegría o satisfacción. Todo lo que suceda en su alma puede traducirse en melodías.

Todo es cuestión de prestar atención a ese caudal de sensaciones internas y utilizarlas como recursos de composición. Si se fija bien, Ana experimentó muchas cosas antes de ser mamá, entre ellas tristeza y frustración. Cuando recibió la palabra del sacerdote: paz y tranquilidad. Alegría y regocijo al saber del embarazo. ¡Ni se diga el día del alumbramiento!

Entre más intensos sean sus sentimientos, más intensas serán sus melodías. En parte a eso se debió que la canción de Ana fuera una gran canción. Porque nació de la intensidad de todo lo que había experimentado. Al punto que los escritores sagrados decidieron incluir su canción dentro de los textos bíblicos.

2. De la oración a la composición.

Un detalle interesante del relato de Ana es cuando el texto dice: “Entonces Ana oró y dijo…” (1 Samuel 2.1) y de inmediato aparece la letra de su canción. Yo le pregunto: ¿Fue una canción o una oración lo que ella escribió? O es lo uno o es lo otro, ¿o no?

La verdad es ambas cosas.

Nuestras canciones son oraciones cantadas. Ana tenía tal disciplina y gusto por la oración que hasta escribía sus oraciones. Por eso, cuando unas décadas después el escritor del libro de Samuel compiló las historias de la época encontró escrita la emblemática oración-canción que Ana compuso producto de su petición contestada.

Las mejores canciones son producto de la oración. Grandes pensamientos surgen de grandes oraciones. Poderosas melodías pueden brotar de nuestro tiempo a solas con Dios. Una clave para que esto sea una realidad es aprender a orar como Ana lo hacía: Apasionadamente (1 Samuel 1:10) y prolongadamente (1 Samuel 1:12). Si aprende a orar así más temprano que tarde fluirán de su ser pensamientos, oraciones y melodías espontáneas para el Señor.

3. De la reflexión a la composición.

El contenido de la letra de la canción de Ana no apareció por casualidad. Fue producto de una mente con conocimiento espiritual. Por ejemplo, lea el siguiente fragmento: “Jehová da la muerte y la vida; hace descender al seol y retornar. Jehová empobrece y enriquece, abate y enaltece. Él levanta del polvo al pobre; alza del basurero al menesteroso, para hacerlo sentar con príncipes y heredar un sitio de honor” (1 Samuel 2:6-8).

¿Cómo conocía Ana estas cualidades del carácter de Dios? ¿Cómo supo que en el reino de Dios existían este tipo de contrastes? Pienso que por su mente reflexiva.

Durante todo el tiempo que sus oraciones no fueron contestadas ella meditaba en la soberanía de Dios y la aceptaba. Cuando fue al templo a orar ella sabía que el Dios de Israel era grande en misericordia y que así como podía dar vida, podía dar muerte; como podía abatir, podía enaltecer. “¿Qué tal si él se compadece de mi y me da vida?” se repetía a sí misma. “¿Qué tal si en lugar de abatirme me enaltece?” Y entonces se atrevió a pactar con Dios por un hijo. Quedar embarazada fue para ella la confirmación del carácter soberano y bondadoso de Dios. Lo cual al final de cuentas fue parte de la letra de su canción.

Del mismo modo, nuestras reflexiones sobre Dios, lo que sepamos o no sepamos de él, podrán ser parte del mensaje de nuestras canciones. Las grandes letras provienen de mentes reflexivas. De mentes que meditan en Dios y su Palabra, en Dios y la Iglesia, en Dios y las naciones, en Dios y la familia, en Dios y la niñez.

Grandes pensamientos podrán impregnar sus canciones cuando dedique tiempo al maravilloso hábito de la reflexión.

Continúa…

2 Comentarios

  1. Noel, que profundo todo esto que haz escrito, de veras como que lo escribiste para mi, es una bendicion este articulo… escribi pronto la continuacion por favor.

  2. VICTOR DANIEL: Qué bueno saberlo, gracias por compartimelo. Ahora que sos papá… ¡¡¡A componer se ha dicho!!! No? Je.

    Noel Navas
    La Aventura de Componer
    El Salvador.

Escribir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Te podría interesar

Lo que siempre quise y nunca pude decir sobre el don de profecía (Duodécima parte)

En la entrada anterior, comencé a intentar responder