Conversaciones cruciales (Primera parte)

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¿Por qué nos cuesta sostener conversaciones cruciales?

Hace un par de años participé en la Cumbre Global de Liderazgo, un congreso organizado por la iglesia Willow Creek de Chicago, EE.UU., del afamado pastor Bill Hybells. Las cumbres en Latinoamérica son organizadas por iglesias que, con un montaje de pantallas 3D, por ejemplo, ponen las conferencias ya grabadas y todos participan como si los oradores estuvieran presentes.

Una de las conferencias en las que estuve se tituló: “El arte de sostener conversaciones cruciales”, por cierto, a la par mía estaba Roberto Bueno. Mi pastor de jóvenes de toda la vida y que por años ha sido misionero estadounidense en El Salvador. Así que juntos estuchamos a Joseph Grenny exponiendo parte de las enseñanzas contenidas en el libro del que fue coautor: “Conversaciones cruciales”.

La charla consistió en explicar las razones por las cuales a las personas nos cuesta hacer retroalimentación (confrontar) a otros, incluso a aquellas que amamos. Cuando retroalimentamos a los demás, es decir, los confrontamos con la realidad, a esto se llama: “sostener una conversación crucial”. Grenny explica que cuando una relación de amistad, matrimonial o de negocios está estancada y no se experimentan avances ni crecimiento uno debe preguntarse: “¿qué conversación crucial no he sostenido? ¿Qué plática difícil estoy postergando y que está impidiendo que esta relación crezca?”

Como parte de la charla Joseph Grenny compartió el video de un experimento social que hizo su hijo pequeño con los amigos vecinos de su comunidad. Su hijo planeó cocinar unos brownies de chocolate y comprar otros en la panadería y preguntarles a sus amiguitos cuál de los dos brownies era mejor. El detalle era que los brownies que él cocinó les puso sal en lugar de azúcar. ¡Imagínate el sabor! Así que el experimento consistía en saber si sus amiguitos eran capaces de decirle la verdad a pesar de que pudieran herir sus sentimientos. Por eso, como recompensa a su colaboración les pagó un dólar y cuando se sentaron a la mesa a degustarlos les dijo: “Estos son los brownies que compré en la panadería y estos son los que yo cociné…” y con tono lastimero añadía: “pero los cociné con la receta de mi abuela que ya falleció, ¿cuáles de los dos te gustan más?”

Los niños probaron primero los brownies de la panadería y claro, ¡súper felices! Pero al probar “los ladrillos de sal” en sus caras se les notaba el asco; sin embargo, al momento de levantarse de la mesa todos dieron su veredicto: los brownies de su amigo (¡los de sal!) eran los mejores. ¡Todos dijeron que les gustaron! Vamos, ¡sabían horrendo! ¿Por qué dijeron que los que cocinó su amigo eran mejores que los de la panadería?

Eso sí, cuando cada niño salió de la degustación y esperaban afuera en el pasillo todos comentaron a sus demás amiguitos lo espantosos que estaban los brownies de sal. Así que sabiendo eso, el hijo de Grenny quiso rematar el experimento saliendo a ofrecerles sus brownies sobrantes para que se los comieran o se los llevaran a la casa. ¡Hubieran visto la cara de los niños diciendo: “¡no, gracias!”!

El experimento simplemente confirmó lo difícil que es decir la verdad a las personas y cómo preferimos evitar sostener una conversación crucial para no herirlos.

Al final de la conferencia mi amigo Roberto, que como dije estaba sentado a la par, me dijo: “¿sabes qué Noel? ¡Toda la conferencia estuve pensando en vos!” “¡Uy! ¿Y eso?” pregunté. “Es que vos sos de los pocos latinos que yo conozco que les dicen la verdad a las personas”. “Mmm…” mascullé, “¡es cierto! ¡A mí no me da pena preguntarles la edad a las mujeres!”

¿Y qué de ti? ¿Te cuesta decirles la verdad a las personas? ¿Lo piensas y repiensas antes de hablar la verdad y confrontar a alguien cuando es tu responsabilidad hacerlo y realmente se requiere?

Aunque todo esto que estoy hablando se puede aplicar a todo tipo de relaciones y contextos, permíteme hacer una aplicación al campo del ministerio musical. Allí dentro surgen decenas de oportunidades para hacer retroalimentación y aprender el arte de sostener conversaciones cruciales.

Por ejemplo, cuando alguien te muestra una canción recientemente escrita y pide tu opinión, si la canción realmente es mala y deficiente, ¿le dices la verdad? ¿Le dices que necesita mejorarla o prefieres darle un leve elogio con tal de no herir sus sentimientos?

¿Qué tal cuando de confrontar a músicos irresponsables que no ensayan o que llegan tarde se trata? ¿Tienes el carácter (“resistencia testicular” le llama mi hermano menor) para pedirles que cambien o para no permitirles subir a ministrar hasta que demuestren más disciplina? ¿O es que prefieres dejar las cosas como están con tal de no dañar tu imagen y llevar la fiesta en paz?

¿Y qué decir cuando descubres que un integrante del equipo de alabanza está en pecado? ¿Qué haces ante una situación de ese tipo? ¿Te haces el del “ojo pacho” (decimos por aquí) y te olvidas del asunto o tienes el valor de acercarte para confrontarlo y animarlo al arrepentimiento?

¿Lo ves? El ministerio musical provee decenas de oportunidades para aprender a sostener conversaciones cruciales. Hacer esto no solo le ayudará a las personas con quienes tengas que sostenerlas y ni se diga al ministerio en el que estás, sino que también te ayudará a ti a crecer en el carácter de Cristo. A medida que vayas adquiriendo valor para confrontar a otros irás viendo que tu personalidad se fortalece y te vas pareciendo cada vez más a Jesús.

Continúa…

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