Conversaciones cruciales (Segunda parte)

Conversaciones cruciales (Segunda parte)

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¿Por qué nos cuesta tanto decirles a otros la verdad?

La entrada anterior la terminé afirmando que a medida que tomes valor para sostener conversaciones cruciales te irás pareciendo a Jesús. Sí, quien aprende a retroalimentar y a confrontar a las personas cuando es su responsabilidad y la ocasión realmente lo requiere, se comporta como Cristo lo haría.

Una lectura superficial de los evangelios demostraría lo que yo llamo “el rasgo duro” de Cristo. Mira, si tú has tenido el concepto de que Jesús de Nazaret es como aparece retratado en algunas pinturas artísticas, no, Jesús no era así. Él no era un pusilánime y muchos menos tenía gestos afeminados. Jesús era un hombre con un carácter que no se amilanaba ante la necesidad de la hora ni ante los desafíos de su época. Por eso lo ves tanto reprendiendo a Pedro por fungir como emisario de satanás o a sus discípulos por mostrarse faltos de fe, como también encarando a los líderes religiosos por ser una camada de víboras e hijos del infierno. ¿Recuerdas los siete “ayes” de Mateo 23?

Sin embargo, me parece sumamente interesante la forma cómo se dirigió a un grupo de creyentes al final del Nuevo Testamento. La forma como Jesús confrontó a este segmento de la iglesia del primer siglo me parece de lo más pedagógico que hay para quienes quieran aprender el arte de sostener conversaciones cruciales y por ende, a crecer en el carácter de Cristo.

Me estoy refiriendo a la forma como Jesús se dirigió a las siete iglesias de Asia que aparecen en el libro de Apocalipsis. De las siete iglesias, a cinco de ellas les hizo serias reprensiones por su comportamiento y solo con dos se desbordó en elogios. Hablemos primero de esas cinco iglesias.

El Señor confrontó directamente a las iglesias de Efeso, Pergamo, Tiatira, Sardis y Laodicea y la forma como lo hizo nos modela la forma como nosotros también lo deberíamos de hacer cuando la ocasión lo requiera. ¿Cómo lo hizo Jesús? Bueno, antes de confrontar a cada iglesia primero les dijo algo positivo antes de decirles lo negativo. Para muestra un botón. Nota como se dirigió a la iglesia de Efeso, primero le dijo algo bueno y luego lo malo que debían corregir:

Yo conozco tus obras, tu fatiga y tu perseverancia…
Tienes perseverancia, y has sufrido por mi nombre
y no has desmayado. Pero tengo esto contra ti:
que has dejado tu primer amor…”
Apocalipsis 2:2-4.

Y así hizo con el resto de iglesias. Jesús primero elogió y luego confrontó. Primero felicitó y luego reprendió. Joseph Grenny dice que esta es la manera de sostener una conversación crucial: “antes de decirle la verdad a las personas ábreles tu corazón y exprésales con sinceridad cuánto les aprecias y les amas. Si haces esto antes de sostener una conversación crucial, las posibilidades de que tu receptor reciba la verdad suelen aumentar”.

Ahora, esto de primero elogiar no es cuestión de hacerlo por cumplir un prerrequisito de la retroalimentación ni tampoco con la intención de que la otra persona baje la guardia para entonces rematarlo de un golpe. No, es cuestión de expresar nuestro sincero aprecio y respeto y para que sepa que nuestra intención no es dañarlo, sino ayudarlo. Además, que esté consciente de que no todo en su vida está mal, sino que son solo algunas áreas a las que hay que prestarle atención y que hay que reparar.

Hace poco un amigo me pidió un consejo para saber cómo confrontar a un empleado dentro del ministerio que dirige. Como ese empleado se desenvuelve como asesor creativo, le dije: “Oye, ya que me dices que esta persona es diseñador debes dar por sentado que es un artista. Eso significa que cuando te dirijas a él debes moderar mucho tu tono porque quienes tienen dones artísticos suelen ser muy sensibles y magnificar todo lo que sienten. Así que te animo a que le hables amablemente y luego procedas a confrontarle con la verdad”. Y terminé diciéndole: “¡Pero ojo! Recuerda que tu intención al confrontarlo es ayudarle, no destruirle, ¿ok?”

Otra cosa que aprendemos de la forma como Cristo sostuvo conversaciones cruciales con las iglesias de Apocalipsis es que a dos de ellas: Esmirna y Filadelfia, no les reprochó nada. Solo fueron elogios y palabras de ánimo. ¿Por qué? Porque en ese momento no había nada que corregir y reparar en ellas.

¿De qué nos habla esto? De que a pesar de que uno no tenga un motivo por el cual confrontar a alguien, eso no debe impedirnos de expresar periódicamente nuestro aprecio por esas personas que trabajan con nosotros o que están bajo nuestro cargo. Es más, yo estoy convencido que cuando uno suele expresar afecto al equipo de trabajo de forma intencional y periódica, cuando se presenta la necesidad de confrontar hasta se hace más fácil ya que, como anticipadamente hemos sembrado aprecio y respeto, cuando llega el momento de sostener una conversación crucial ellos estarán más conscientes que lo hacemos con el fin de contribuir a sus vidas y no por otros motivos.

¿Significa todo esto que siempre que sostengas una conversación crucial la gente reaccionará de forma positiva y amistosa? No, la verdad es que no. Si después de haber introducido la retroalimentación afirmando a la persona y aun así esta reacciona de forma hostil, eso no tiene que ver contigo, sino con su carácter y su capacidad de recibir la retroalimentación. O como suelo decir: tiene más que ver con que el individuo sea sabio, necio o malo, y no con la forma con que iniciaste la conversación. Pero para conocer en profundidad de lo que estoy hablando te recomiendo leer la serie: “El sabio, el necio y el malo” que publiqué hace unos meses en mi blog. Si quieres comenzarla a leer en este momento solo haz clic aquí.

Ahora dime, ¿qué hay de ti? ¿Qué conversación crucial aún no has tenido y sabes que debes tener? ¿A quién es necesario confrontar con alguna situación que está estorbando la relación que han tenido por años, que está estancando el quehacer ministerial o que está obstaculizando su propio caminar con el Señor?

Entonces ve y comienza a practicar el arte de sostener conversaciones cruciales.

Continúa…

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