Cuando el pueblo de Dios no es el pueblo de Dios (Séptima parte)

Cuando el pueblo de Dios no es el pueblo de Dios (Séptima parte)

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Una historia profética para nuestros días.

Ya hablamos acerca de la realidad de la guerra civil a nivel ideológico que se está llevando a cabo entre los cristianos liberales y conservadores y también de cómo la batalla se está acrecentando en Latinoamérica. A continuación, comparto la sexta lección que podemos extraer de Jueces 19-21.

En sexto lugar, Jueces nos habla de que al final de las pugnas internas, quienes permanezcan fieles al Señor serán llamados: pueblo de Dios.

Como era de esperar, las once tribus de Israel resultaron vencedoras en la guerra civil. El siguiente pasaje nos describe algunas pinceladas de dicho triunfo. Lee por favor:

Y consultaron los hijos de Israel al Señor (porque el arca
del pacto de Dios estaba allí en aquellos días, y Finees, hijo
de Eleazar, hijo de Aarón, estaba delante de ella para ministrar
en aquellos días), diciendo: ¿Volveré a salir otra vez a combatir
contra los hijos de mi hermano Benjamín, o desistiré? Y el Señor
dijo: Subid, porque mañana lo entregaré en tu mano.
Puso, pues,
Israel emboscadas alrededor de Guibeá. Los hijos de Israel
subieron contra los hijos de Benjamín al tercer día, y se pusieron
en orden de batalla contra Guibeá como las otras veces…
Cuando
diez mil hombres escogidos de todo Israel fueron contra Guibeá,
la batalla se hizo reñida; pero Benjamín no sabía que el desastre
se le acercaba. Y el Señor hirió a Benjamín delante de Israel,
de modo que los hijos de Israel destruyeron ese día a veinticinco
mil cien hombres de Benjamín, todos los que sacaban espada.
Y los hijos de Benjamín vieron que estaban derrotados  El total
de los de Benjamín que cayeron aquel día fue de veinticinco mil
hombres que sacaban espada, todos ellos valientes guerreros…
Entonces los hombres de Israel se volvieron contra los hijos de
Benjamín y los hirieron a filo de espada, a toda la ciudad, así como
el ganado y todo lo que encontraron; también prendieron fuego a
todas las ciudades que hallaron.

Jueces 20:27-30, 34-36. 46, 48.

Al final de la guerra la tribu de Benjamín prácticamente fue exterminada. Digo: “prácticamente”, porque el capítulo 21 nos muestra que unos pocos sobrevivieron, pero de eso hablaré en la próxima entrada. El asunto es que la tribu de Benjamín ya no fue más, ya no existía, ellos ya no eran parte del pueblo de Dios. ¿Por qué? Por culpa de haber abrazado valores que no correspondían al pueblo que decían pertenecer. Esto no solo los llevó a tolerar el homosexualismo entre sus filas, sino a oponerse a todo el resto de las tribus que abogaban porque se entregara a los culpables. Cuando las once tribus vencieron, quedaron solo ellos. Ya no eran doce tribus, ahora eran once. La nación de Israel fue diezmada. Esta fue la primera vez en la historia de los descendientes de Jacob que la nación judía ya no contaba con las doce tribus que originalmente el Señor instituyó.

Como he venido diciendo a lo largo de esta serie, quien no adopta los valores del pueblo de Dios, no es del pueblo de Dios. Pablo escribió: “porque no todos los descendientes de Israel son Israel; ni son todos hijos por ser descendientes de Abraham” (Romano 9:6-7). O en palabras de Jesús: “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de Dios”, ¿recuerdas? “¡Pero hicimos milagros en tu nombre! ¡Sanamos enfermos! ¡Expulsamos demonios!”, pero el Señor les dirá: “¡nunca os conocí hacedores de maldad!” (ver Mateo 7:21-23).

Es decir, aunque alguien diga que pertenece al pueblo de Dios, con sus actos de maldad demuestra que no lo es.

Como ya vimos, el Señor dio el aval para que las once tribus emprendieran una confrontación militar en contra de Benjamín. Y aunque dicha batalla fue cuerpo a cuerpo, la batalla que en la actualidad estamos librando es de orden espiritual, mente contra mente y se está desarrollando en el campo de las ideas.

Curiosamente, el Nuevo Testamento nos muestra al Señor Jesucristo animándonos a enfrentarnos, así como el Israel de Jueces, con nuestros hermanos que están en pecado. Así como el Dios de Israel le dijo a su pueblo que iniciara una guerra civil, el Señor de la iglesia nos anima a emprender una batalla similar, pero con el fin de salvar las almas de nuestros hermanos. Jesús dijo: “si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas; si te escucha, has ganado a tu hermano…” Es decir, Jesús nos anima a batallar en el campo de la mente y sostener una conversación tensa, pero necesaria, para que nuestro hermano o grupo de hermanos en la fe recapaciten en sus caminos. Si por alguna razón no nos escuchan y no hacen caso, Jesús nos anima a avanzar a la etapa de convocar a más soldados de entre el pueblo. El Señor dijo: “pero si no te escucha, lleva contigo a uno o a dos más, para que toda palabra sea confirmada por boca de dos o tres testigos…”  Es decir, la confrontación ya no es de un miembro del pueblo de Dios contra otro miembro, ahora es de varios miembros del ejército de Cristo confrontando a uno o varios de ellos para hacerlos recapacitar. ¡Tipo las once tribus contra la tribu de Benjamín! La idea es llamarlos al arrepentimiento, a que cambien su manera de pensar y esperar a que recapaciten.

¿Qué pasa si a esta altura de la confrontación nuestro hermano o grupo de hermanos no reaccionan? El Señor dijo: “y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia…” Primero vas tú y él solos, luego vas con dos o tres personas más y luego, sino hay arrepentimiento, lo dices a la iglesia. Es decir, al pueblo de Dios de la comunidad cristiana donde te congregas para que se sumen a esta batalla ideológica y de este modo, quienes le están dando la espalda al Señor, recapaciten y se vuelvan de sus malos caminos.

¿Por qué Jesús nos exhorta a que lleguemos a ese nivel de confrontación? ¿Por qué nos pide que nos enfrasquemos en una batalla mente contra mente convocando a más miembros del pueblo de Dios? Porque si seguimos estos pasos, la persona o grupo de personas involucradas en una falta, podrían recapacitar a medida que avance el proceso y de este modo, detenerse, volver en sí y entonces abandonar sus conductas pecaminosas.

El asunto es que, si después de estas tres etapas no hay arrepentimiento, el Señor Jesucristo dijo: “y si también rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos” (ver Mateo 18:15-18). Es decir: expúlsalos del pueblo de Dios. Es a esto que se denomina: excomunión. Donde se remueve a un miembro o miembros de la congregación de forma temporal o indefinida destituyéndoseles del pueblo santo del Señor. Esto significa que si al final de las confrontaciones alguien decide seguir sus propios caminos debe ser expulsado de nuestras filas. Eso sí, si alguien muestra arrepentimiento y frutos de cambio puede ser reunido de nuevo al pueblo que ha pertenecido.

Michael Wittmer, en su libro “Por qué vivir como Jesús no es suficiente”, les habla a los cristianos liberales demostrándoles que la sola manera de vivir no es suficiente para decir que eres cristiano y que heredarás la vida eterna. Él explica que en el cristianismo importa tanto lo que crees como lo que haces. Por lo que, citando al liberal Tony Jones, muestra cómo los liberales se exhortan entre sí a que no combatan las ideas de los propios hermanos sino a que disfruten la vida juntos sin importar las afiliaciones eclesiásticas o los compromisos teológicos. Jones llama a estas afiliaciones eclesiásticas y compromisos teológicos: “fronteras” y  es por eso que dice: “trazar fronteras, lo que significa es que debes alzarte en armas y posicionar soldados en esas fronteras. Vigilar esos límites se convierte en una obsesión. Ese sencillamente no es el ministerio de Jesús”.

¿Está hablando en serio?

Porque según Mateo 18:15-18, Jesús nos ordena que confrontemos a quien se ha desviado de la fe en un proceso de etapas sucesivas que involucrarán a más y más miembros del pueblo de Dios hasta que la persona o personas rebeldes enderecen sus veredas o se decida expulsarlos. Por lo tanto, esto sí era parte del ministerio de Jesús.

Pero para los liberales la iglesia debe obviar esta porción del Nuevo Testamento, ser siempre inclusivos y no expulsar a nadie de nuestras congregaciones por cuestiones como el homosexualismo o las uniones gays. Ante esto, Wittmer añade: “¿el amor siempre debe ser inclusivo? Amar significa cuidar, comprometerse y buscar lo mejor para el otro, y en tanto esto generalmente implica aceptar más que juzgar, a veces el amor debe ser severo. Aquellos padres que aman a sus hijos adultos que regresan otra vez al hogar paterno, finalmente los arrojan fuera de la casa junto con su colección de Viaje a las estrellas. Los entrenadores que desean que su jugador estrella entrene más, a veces los relegan al banco de suplentes. Y las iglesias que se enteran de que uno de los suyos peca sin remordimientos, con tristeza le quitan su membresía (ver: Mateo 18:15-18 y 1 Corintios 5:1-13). En cada caso, el amor excluye temporalmente al otro con la esperanza de que éste vea el error que está cometiendo y se una nuevamente a la comunidad de miembro activo. Por lo tanto, hay momentos en los que el amor excluye a aquellos que se están comportando mal. ¿Pero el amor excluye a otros por lo que creen?”

Esta última pregunta es trascendental, ya que como evangélicos la mayoría asiente a la posibilidad de que se excomulgue a quien vive abiertamente en pecado, pero ¿qué de aquel que cree diferente a nosotros en cuestiones fundamentales? ¿Qué de aquel que difiere de las doctrinas esenciales o de valores del cristianismo como la hererosexualidad y el matrimonio tradicional?

Wittmer vuelve a referirse a los cristianos que avalan la conducta homosexual, diciendo: “¿cuánto tiempo pueden permanecer auténticamente cristianos aquellos comprometidos con semejante inclusivismo? Si a los cristianos se los define por cómo viven y por qué creen, entonces esas comunidades que minimizan las doctrinas especificas e históricas de la fe cristiana pronto se convertirán en una versión bautizada de los Clubes Rotarios o Kiwanis, pero ya no serán inconfundiblemente cristianos”.

Lo que quiere decir es que si al final de cuentas no obedecemos Mateo 18:15-18, lo que la iglesia terminará convirtiéndose en un club social. Por lo tanto, ¿debemos confrontar solo a quien practica el homosexualismo o también al creyentes que cree, aprueba y asiente a la agenda LGTBI+?

Aunque cada caso debería evaluarse individualmente, efectivamente debemos confrontar a ambos grupos por igual y después de transitar las etapas descritas por el Señor, expulsar del pueblo de Dios a quien ponga en riesgo la integridad del cristianismo de la iglesia local o de una denominación en sí. Es decir, al final de la batalla por la verdad, quien enderece sus caminos podrá ser considerado parte del pueblo de Dios; mas quien no lo haga no lo será más. Por eso Jesús en Mateo 18:18, después de describir el proceso de confrontación a desarrollar en la iglesia, terminó diciendo: “en verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo”. En este pasaje “atar” significa “prohibir” y “desatar” significa “permitir”.

¿Qué se prohíbe o qué se permite? Continuar siendo o no del pueblo de Dios. Punto.

Continúa leyendo la Octava parte de la serie.

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