Cuando el pueblo de Dios no es pueblo de Dios (Octava parte)

Cuando el pueblo de Dios no es pueblo de Dios (Octava parte)

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Una historia profética para nuestros días.

Esta es la última entrada de esta serie donde he tomado la historia descrita en Jueces 19-21 y extraído algunas lecciones generales que podemos aprender de este relato que comenzó con un episodio estilo “viernes 13” y que desencadenó una guerra civil adentro de la nación de Israel. Esta guerra civil tiene matices de analogía con el conflicto a nivel ideológico que se está desarrollando dentro de la iglesia. Así que en esta oportunidad compartiré la última enseñanza que podemos extraer de los últimos tres capítulos del libro de Jueces.

En último lugar, Jueces nos habla de que debemos levantar una nueva generación que adopte los valores del pueblo de Dios.

Después de la cruenta lucha que se dio entre las once tribus de Israel y la tribu de Benjamín, prácticamente esta tribu fue exterminada. A excepción de un grupo de benjamitas que se escondieron en una peña llamada: la peña de Rimón, todos murieron. Por lo tanto, después de lamentarse con dolor y lágrimas por todo cuanto había acontecido (21:1-4), el resto de las tribus decidieron perdonarles la vida a los sobrevivientes con tal de que la tribu de Benjamín no desapareciera en su totalidad y de este modo pudieran levantar una nueva generación de benjamitas que en el tiempo se multiplicarían y conformarían una vez más la tribu.

Lo que hicieron fue tomar a los sobrevivientes de la peña de Rimón y buscarles mujeres de entre las de Jabes-Galaad y de las danzantes de Silo, y de este modo recomenzar sus familias de nuevo. Cuando ya todos tenían mujeres con quienes estar y multiplicarse, el libro de Jueces finaliza diciendo:

Lo hicieron así los hijos de Benjamín, y tomaron mujeres
conforme a su número de entre las que danzaban, de las
cuales se apoderaron. Y se fueron y volvieron a su heredad,
y reedificaron las ciudades y habitaron en ellas. Los hijos de
Israel se fueron entonces de allí, cada uno a su tribu y a su familia,
y todos ellos salieron de allí para su heredad.
En esos días no
había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien ante
sus ojos.
Jueces 21:23-25.

Al finalizar la guerra y con miras a que la nación de Israel continuara siendo conocida como una nación de doce tribus y no de once, todas las tribus acordaron junto con los sobrevivientes de Benjamín comenzar de cero. La idea era levantar una nueva generación que no olvidara lo que había acontecido y de este modo no volviera a ocurrir algo similar otra vez. La idea era formar una nueva descendencia que sí viviera acorde a los valores fundamentales del pueblo de Dios.

Y lo mismo debe suceder en la actualidad. El pueblo de Dios de nuestros días, la iglesia, debe levantar una nueva generación e instruir a la actual en los valores que como cristianos nos han caracterizado a lo largo de la historia del cristianismo. Cuando Jesús dijo “id, pues, y haced discípulos de todas las naciones… enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado…” (Mateo 28:19-20) se refería precisamente a que nos multiplicáramos sobre la Tierra y formáramos seguidores suyos en los valores, principios y estatutos que él nos dejó. Es decir, así como el Israel descrito en Jueces levantó una nueva generación, nosotros debemos levantar una nueva según los fundamentos del cristianismo histórico en favor de la heterosexualidad y el matrimonio tradicional.

En este sentido, las esferas de formación en las que considero que la iglesia cristiana debería actuar de una forma más intencional, son:

A nivel de las denominaciones.

La iglesia evangélica a nivel latinoamericano cuenta con un montón de denominaciones. Denominaciones que, si bien diferimos en asuntos periféricos de la fe, sí coincidimos en las doctrinas y valores fundamentales del cristianismo. En este sentido, una iglesia evangélica como tal, independientemente de su denominación, para ser considerada verdaderamente cristiana debe abogar por la heterosexualidad de sus miembros y el matrimonio tradicional entre otros temas. Si alguien no cree así, esa iglesia ha abandonado los valores cristianos.

En este sentido, el cuerpo de líderes de las denominaciones evangélicas debería programar periódicamente congresos, seminarios y foros para que sus pastores se capaciten y estén bien equipados en cuanto a temas como: iglesia emergente, Biblia y homosexualismo, restauración de la homosexualidad, ideología de género, etc. Las denominaciones que no capaciten a sus pastores podrían enfrentar bajas entre su membresía, no solo de cristianos que abandonen la verdadera fe, sino de iglesias enteras apartándose de sus filas.

A nivel de las iglesias locales.

Los púlpitos de las iglesias locales deberían abordar los temas que ya mencioné de forma periódica. Quizá una vez cada tres o cuatro meses e instruir a la grey sobre lo que la Escritura enseña sobre este tipo de temáticas. La iglesia que no aborde estos temas irá encontrando entre sus filas a más y más miembros que, por no haber sido instruidos en este tipo de asuntos, adoptarán filosofías y probablemente estilos de vida pecaminosos.

Tocar este tipo de temas en la iglesia estimula la búsqueda de consejerías personales de miembros que estén luchando con la atracción del mismo sexo o cualquier otro pecado de índole sexual. Por lo tanto, las iglesias locales deben perder el miedo de tratar estos temas desde la plataforma.

A nivel de grupos en casa.

El ideal de una iglesia local es que no solo celebre reuniones los días domingos o entre semana, sino que tenga una red de casas donde los cristianos puedan reunirse para aprender más de la Palabra de Dios, orar en conjunto y confraternizar. Hechos dice que los primeros cristianos se reunían tanto en el templo como en las casas (Hechos 2:46) y, por lo tanto, ese debería ser un modelo a imitar.

Dicho lo anterior, las iglesias locales deberían abordar las temáticas que ya especifiqué de forma periódica y de este modo entrenar a los hermanos para presentar defensa bíblica y lógica de los valores que han decidido abrazar. Además, tocar estos temas podría despertar en cristianos que están luchando con el pecado de la homosexualidad el deseo de pedir ayuda a sus líderes de grupo y de este modo recibir auxilio para salir de este tipo de ataduras.

A nivel de la familia.

Los padres de familia que profesan la fe cristiana son los principales responsables por la educación en valores de sus hijos. Dependiendo de la edad de ellos, se deben abordar los temas de sexualidad según la etapa de desarrollo cognitivo en que se encuentren. A menor edad mayor prudencia en el lenguaje a utilizarse y a mayor edad más claridad al abordar estos temas.

La iglesia debe hacer su trabajo para que las nuevas generaciones sean instruidas, pero la iglesia no es substituta de la familia. Los padres son los pastores de la familia, los encargados de pastorear el corazón de sus hijos y los encargados de instruirlos en los valores morales y por qué no, en canalizar cualquier lucha interior que sus hijos pudieran enfrentar en cuanto a sexualidad se refiere. El hogar es el lugar de refugio ideal en donde pueden hallar comprensión, ayuda y corrección.

A nivel individual.

El hecho de que la familia y la iglesia deban hacer sus tareas para educar a los creyentes de forma óptima no quita la responsabilidad individual que cada cristiano tiene en cuanto a su crecimiento espiritual e intelectual. Desde el estudio bíblico personal, pasando por la oración y el ayuno, el cristiano que toma en serio su fe está se capacita constantemente sobre estos y otros temas relevantes de la cultura. No solo con los recursos que la iglesia local le proporcione, sino en tener la iniciativa de cultivar el hábito de la lectura y de escuchar buenos sermones y conferencias al respecto.

Al final de cuentas, la decisión de formar parte de las once tribus de Israel o de la tribu de Benjamín, de ser un conservador o un liberal, de estar a favor de los valores del Reino o estar en contra, recae en el individuo. Así que, ¿ya decidiste en qué bando estarás?

Noel Navas.

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