¿Dones o carácter? (Segunda parte)

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El carácter de Cristo y los dones del Espíritu.

David Wilkerson (1931-2011) relató una vez la experiencia de un evangelista que fue invitado junto con su esposa a predicar en una iglesia. Al iniciar el culto una hermana de la congregación se sentó a la par de la esposa del evangelista y allí estuvo todo el tiempo que este predicaba efusivamente desde el púlpito. El evangelista hablaba de poder, unción y milagros. Y mientras predicaba toda la gente aplaudía impresionada por su oratoria y las experiencias sobrenaturales que relataba. De repente, la hermana sentaba a la par de la esposa del evangelista se inclinó hacia ella y le dijo: “¡Qué privilegio el suyo! ¡Estar casada con semejante hombre de Dios!” A lo que la esposa le susurró al oído: “Ese hombre que usted ve allí no es el mismo hombre que yo veo en casa”.

¡Ops!

Tú y yo podríamos tener grandes dones espirituales, pero si no reflejamos el carácter de Cristo en donde realmente importa… fracasamos.

Hace unos meses un amigo me contó cómo un predicador en mi país maltrató verbalmente a su esposa delante de algunas personas. Todos se fijaron, pero ella permaneció siendo afectuosa y amable con su esposo a pesar de que la había avergonzado en público. Cuando mi amigo me relató el incidente yo le dije: “Él puede tener una gran posición eclesial y hasta la fama de ser un gran hombre de Dios, pero si no nosotros no reflejamos a Jesús en el trato hacia nuestros semejantes, tener un nombre y un gran puesto eclesial no valen nada delante de Dios”.

Suena duro, ¿no? Pero es la verdad. Mira lo que dijo el apóstol Pablo:

Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero
no tengo amor, he llegado a ser como metal que
resuena o címbalo que retiñe.
Y si tuviera el don
de
profecía, y entendiera todos los misterios y todo
conocimiento, y si tuviera toda la fe como para
trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy.
Y si diera todos mis bienes para dar de comer
a los pobres
, y si entregara mi cuerpo para ser
quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha.
1 Corintios 13:1-3.

Pablo está diciendo que, si tuviera los dones del Espíritu, pero no tiene amor vendría a ser como el último sintetizador Yamaha, pero inservible. Que aun si profetizara o superara en generosidad a Bill Gates y Warren Buffett, sin tener amor “de nada le aprovecharía”. En otras palabras: de nada sirve. Y si te fijas, luego de decir esas palabras es que Pablo comenzo a describir el carácter de una persona que llena de amor al decir que es: “paciente, bondadoso, que no tiene envidia, no es jactancioso, no se irrita”, etc. (ver 1 Corintios 13:4-7). El amor del que Pablo está hablando es el que se manifiesta a través de un buen carácter. Un carácter moldeado por el Espíritu.

Bueno, continuando con la historia de Esteban, el primer mártir de la iglesia, ya vimos en Hechos capítulo seis que fue llevado violentamente ante el concilio judío y, mientras sus acusadores mentían abiertamente en su contra, el texto dice que “al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel” (Hechos 6:15). Es decir, Esteban no se alteró y ni fue hostil; mas bien, reflejó la luz de Cristo.

El capítulo siete de Hechos en su mayoría trata acerca de la defensa que Esteban presentó  ante el concilio. Él les dio una cátedra de Antiguo Testamento para confirmar que las profecías mesiánicas se habían cumplido en Jesús. Al finalizar su exposición Hechos dice:

Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones
y crujían los dientes contra él.
Pero Esteban, lleno
del Espíritu Santo
, puestos los ojos en el cielo, vio la
gloria de Dios y a Jesús que estaba a la diestra de Dios,
y dijo: «Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre
que está a la diestra de Dios.» Entonces ellos, gritando,
se taparon los oídos y arremetieron a una contra él.
Lo echaron fuera de la ciudad y lo apedrearon.
Los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven
que se llamaba Saulo. Mientras lo apedreaban,
Esteban oraba y decía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.»
Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: «Señor, no les
tomes en cuenta este pecado.» Habiendo dicho esto, durmió.

Hechos 7:54-60.

El texto dice que al final de su magistral ponencia Esteban continuaba lleno del Espíritu, pero que sus enemigos lo tomaron por la fuerza, lo sacaron del lugar y lo comenzaron a apedrear.

Ahora, si tú crees que morir por lapidación es una muerte como otras, te equivocas. Es una muerte sumamente atroz. Es gente rodeándote y lanzándote rocas pesadas y en algunos casos del tamaño suficiente como para aplastarte el cráneo. ¿Por qué crees que quienes se involucraron en la lapidación de Esteban se quitaron sus túnicas y las pusieron a los pies de Saulo de Tarso? ¡Para que la sangre no les salpicara la ropa! Morir de esa manera implicaba huesos rotos y hemorragias.

Súmale a todo esto la ansiedad, el terror y la angustia que pudo sentir Esteban mientras lo sacaban a empujones y amenazas, y podrás tener una idea de lo traumático que pudo haber sido su experiencia de morir. Esa fue la muerte que sufrió Esteban. Sin embargo, antes del golpazo final que destrozo su cabeza, exclamó dos cosas:

1) “Señor, recibe mi espíritu” y…
2) “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”.

Pregunta: ¿qué personaje del Nuevo Testamento oró esas mismas palabras antes que él? ¿Recuerdas quién se expresó del mismo modo antes de morir?

R/ El Señor Jesucristo.

Es decir, Esteban murió imitando a Jesús.

¿Sabes por qué? Porque ser lleno del Espíritu Santo significa reflejar el carácter de Cristo más que experimentar cosas sobrenaturales. Ser lleno del Espíritu Santo tiene que ver más con ser transformado que con sentir escalofríos. Ser lleno del Espíritu Santo consiste más en tener un corazón perdonador que con sentir súper poderes. Ser lleno del Espíritu Santo está más relacionado a desplegar sus frutos (“amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, humildad, fidelidad, autocontrol”) que con manifestar cualquiera de sus dones.

Y como dije al inicio, si no logramos reflejar el carácter de Jesús en nuestra vida diaria, fracasamos. Si decimos ser personas llenas del Espíritu Santo, pero no tratamos a los demás como Cristo mismo lo haría… ¡fracasamos!

Bien podríamos tener la mejor posición eclesial que exista, el mejor empleo del mundo y hasta el nombre más honorable, pero si nuestro carácter no ha sido transformado a uno más semejante al de Jesús… ¡fracasamos en la vida cristiana! En palabras del apóstol Pablo: “¡Nada somos!” (ver 1 Corintios 13:1-3).

Noel Navas.

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