balanzaIntroducción al segundo carril: la letra.

La vez pasada comencé a hablar acerca del equilibrio que nuestras canciones deberían tener en cuanto a letra e intensidad emocional. Y vimos la doble finalidad que deben cumplir conforme a lo que Pablo escribió en Colosences 3:16: Enseñar y Exhortar. Enseñamos por medio de la letra y el mensaje de la canción, y exhortamos y estimulamos emocionalmente por medio de la melodía y de la música. Una canción bien hecha consigue ambas cosas: Enseñar y Exhortar. Incluso compartí algunas preguntas que todo compositor serio debe hacerse cada vez que escriba. Ahora bien, ¿por qué me he detenido a hablar acerca del equilibrio en la composición antes de entrar de lleno al tema de cómo se escriben las letras de las canciones? He aquí mi respuesta.

Me he detenido a hablar de todo esto porque antes de aprender a escribir letras usted y yo debemos comprender cuál es nuestro llamado: escribir canciones tanto inteligentes como emocionantes. Sí, todo cuanto escribimos idealmente debería estimular la mente y el corazón, ambos, no solo uno. Como dije en la entrada pasada: el desequilibrio es un bache al que tendemos a caer. Lastimosamente mucha de la composición de hoy es rica en sensaciones pero no necesariamente en enseñanza. Como ya vimos, Colesences 3:16 nos insta a ambas cosas, no solo a una. Ese el equilibrio perfecto.

Con el riesgo de ser malinterpretado permítame decirle a mis hermanos pentecostales, ¡y yo asisto a una iglesia pentecostal eh!, que en cierto modo nuestros hermanos bautistas han tenido razón al afirmar que los himnos de antes, esos que fueron escritos antes de 1,900, contienen más ingredientes intelectuales que los de ahora. No pretendo que usted esté de acuerdo conmigo, pero francamente me late que hay verdad en esa afirmación. Los himnos de la historia son excelentes modelos de composición. En cambio, las canciones de hoy emocionan más de lo que enseñan.

Aclaración: esta aseveración no pretende generalizar, pues como usted sabe hay canciones contemporáneas que podríamos equiparar con los grandes himnos de antaño. Claro, tenemos excelentes compositores en la actualidad, no muchos, ¡pero los hay!, los cuales han logrado escribir canciones dignas de estar en el salón de la fama de los grandes himnos de la historia cristiana junto con aquellos del pasado; pero seamos honestos: no todos los compositores que escriben hoy se ocupan de la profundidad de letra como sucedía antes. Esa es nuestra falla y a la vez nuestro desafío.

“¡Ah!…” argumentará alguien, “Pero las canciones de alabanza y adoración no pueden tener letras tan largas como los himnos de antes porque sino las congregaciones no las podrían cantar con facilidad”. Bueno, no estoy hablando de longitud de letra, de qué tan larga o qué tan corta sea una canción. Una canción puede contener una sola Estrofa (o Coro) y aún así enseñar y poseer profundidad. En otra ocasión hablaré al respecto; sin embargo, a lo que me estoy refiriendo es que deberíamos aspirar a componer canciones que realmente contengan verdad bíblica ingeniosamente expresada en poesía, reflexiones producto de una mente que sabe interpretar la vida de forma bíblica e ideas que han hecho buen uso de los recursos literarios a su alcance. Pero qué pasa, muchas veces el compositor se confunde y piensa que su canción es una gran canción por el solo hecho de emocionarse independientemente de que su mente reciba poco estimulo. A veces los que componemos canciones caemos en mero sentimentalismo sin importar lo débil de nuestro mensaje.

Tengo la impresión que como iglesia cristiana hemos menospreciado a los miembros de nuestras congregaciones excusándonos en que las letras de las canciones de alabanza y adoración no deben ser tan largas para no dificultar la adoración congregacional. Incluso, en un tiempo yo enseñé que preferiblemente las letras de nuestras canciones deberían ser cortas para facilitar la alabanza participativa. No digo que no pueda ser así, pero a veces me pregunto si detrás del deseo de escribir canciones cortas se esconde una actitud de pereza mental tanto del compositor como de los adoradores que cantan las canciones.

Pienso que las canciones deberían estimular nuestra manera de pensar a la vez que nuestra emotividad. ¿No dijo Jesús: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu mente?” Como cristianos somos buenísimos para adorar al Señor con todo el corazón y la emoción que se merece, pero no necesariamente con toda la mente conforme se nos ordenó. ¿A qué se debe esto? En parte a que las letras que como compositores estamos escribiendo son pobres intelectualmente hablando. Una vez más aclaro: no todas, pero sí muchas. Vamos, no me malentienda, simplemente quiero atraer su atención al hecho de que nuestras canciones, amplias en letra o no, deberían ser más inteligentemente elaboradas de lo que están. ¿No dijo el apóstol Pablo: “cantaré con el espíritu pero también con el entendimiento”? Vaya desafío.

Hace unos meses conocí al hermano Sugel Michelén, pastor de la Iglesia Bautista del Señor Jesucristo en República Dominicana, y entre muchas de las cosas que hablamos me dijo algo que bien puede ilustrar el desequilibrio que hay en mucha de la composición de hoy. Él dijo: “Muchos de los compositores de antaño eran teólogos que sabían expresarse poéticamente, Martín Lutero, Isaac Watts, Charles Wesley, entre otros. Hoy día lo que tenemos es compositores que saben expresarse poéticamente pero no necesariamente teólogos”. Yo por mi parte digo: “¡Auch!”

Ahora, no se confunda, cuando el pastor Michelén relaciona la teología con la composición no se refiere estrictamente a que todos aquellos que escribimos canciones deberíamos inscribirnos en el Instituto Bíblico para ir a estudiar teología, ¡aunque no es una mala idea eh!, sino que se refiere a que muchos de los compositores de antes eran profundos estudiosos de la Biblia y reflexólogos del entorno cultural que los rodeaba, cosa que no necesariamente sucede con los compositores o aspirantes a compositores hoy en día.

En este sentido, ahora que comenzaré a hablar sobre cómo escribir letras para canciones, quiero invitarle a que aspire escribir las mejores letras que pueda escribir. No se conforme con decir lo que todos dicen y de la forma que otros lo han hecho. No, vaya más allá, que sus canciones sean equilibradas tanto emocional como intelectualmente. Que sean intensas melódica, armónica y rítmicamente, pero también en contenido. Sus letras deben ser profundamente bíblicas, creativamente ingeniosas e inspiradoramente poéticas.

Es hora de convertirnos en compositores que integren la riqueza emocional de la música y la riqueza intelectual que la Palabra de Dios y que el lenguaje humano nos permite expresar. Por eso, a través de las siguientes entradas le brindaré algunos pasos prácticos que pueden ayudarle en esta tarea. No pretendo tener la fórmula mágica, pero creo que si usted desea adentrarse al segundo carril de la autopista de la composición: la letra, debería aceptar este desafío y poner atención a los principios que compartiré.

Continúa…