El precio de la adoración (Cuarta parte)

El precio de la adoración (Cuarta parte)

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Tres adoradores que conocían el costo de adorar.

La adoración tiene que ver más con estar dispuesto a dar tu vida hasta la muerte que con música y canciones. Sí, aunque la adoración echa mano de las artes frecuentemente, tiene que ver más con la disposición interior de dar todo, incluyendo morir por causa del evangelio, que con servicios en la iglesia o conciertos cristianos.

¿Te imaginas estar cantando los últimos hits de adoración en la iglesia o en un evento multitudinario, pero en el fondo de tu corazón no estar dispuesto a morir por Jesús si en “x” o “y” circunstancia se requiriera? ¿Te imaginas cantar canciones que hablen sobre presentar tu vida como una ofrenda, pero en lo más íntimo de tu ser saber que si te pusieran un arma en la nuca y te pidieran blasfemar al Señor, lo harías?

Cuando adoramos Dios ve nuestro corazón. Él ve el nivel de consagración que tenemos por su causa. Él no oye nuestras canciones ni nuestra música. Primero examina el interior y si allí adentro encuentra verdadera determinación de amarlo hasta las últimas consecuencias, entonces se deleita en nuestra música y canciones. No antes. Dios primero mira el corazón y solo cuando lo ha examinado es que escucha nuestras melodías.

Vamos, Dios no busca adoración, busca adoradores. Dios sabe que si tiene a los adoradores tendrá la adoración que emane de ellos. Pero que tenga tu adoración sin el corazón de los tres hebreos, entonces para él tu adoración no es adoración. Son palabras al aire. Es amar a Dios del diente al labio. Nada más. El Señor busca adoradores dispuesto a pagar el precio de adorarlo y que estén dispuestos a dar sus vidas si fuera necesario. “¿Dónde están aquellos tres que en Babilonia prefirieron ser quemados a ceder?” decía Marcos Vidal.

Cuando los primeros cristianos entonaban himnos que hablaban sobre presentar sus cuerpos como sacrificio vivo u ofrendar la vida en adoración, entendían perfectamente lo que significaba. ¿Qué significaba? Que si los capturaban y lanzaban a las fieras en el circo romano se convertirían en ofrendas vivas. Es decir, que cuando cantaban himnos con ese tipo de letras muy probablemente se visualizaban a sí mismos siendo asesinados a espada, decapitados o muriendo ante una multitud enardecida.

Ofrendarse a sí mismos no era cuestión de cantar una melodía conmovedora, era estar plenamente conscientes que si se requería morir por el Señor lo harían.

“Sacrificio a él”, una canción que en los 90´s interpretaba Danny Berríos, dice: “lo que él pida de mí con gozo yo lo haré. Y si requiere dar mi vida por mi Jesús yo moriré”. Y el coro dice: “no ofreceré sacrificio a él que no me cueste nada / Solo ofreceré a mi Señor lo mejor de mí y si soy llamado a sacrificar lo haré en el nombre de mi Dios / No ofreceré sacrificio a él que no me cueste nada”.

¡Qué falta hace escribir canciones con esta temática!

Es por eso que en el libro de Apocalipsis se elogia a los mártires del evangelio. Cuando el dragón se lanza para atacar ferozmente al pueblo de Dios, el apóstol Juan escribió:

Luego oí en el cielo un gran clamor: «Han llegado ya
la salvación y el poder y el reino de nuestro Dios;
 ha
llegado ya la autoridad de su Cristo. Porque ha sido
expulsado el acusador de nuestros hermanos, el que
los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. Ellos
lo han vencido
 por medio de la sangre del Cordero y
por el mensaje del cual dieron testimonio; no valoraron
tanto su vida como para evitar la muerte.
Apocalipsis 12:10-11.

¿Cómo vencieron los cristianos a satanás?

1) por medio de la sangre de Cristo.
2) Por medio del mensaje del evangelio. Y…
3) A través de menospreciar sus vidas al punto de estar dispuestos a morir.

Adorar implica estar dispuesto a dar la vida por Jesús, no es solo cantar canciones bonitas, divertirse en la alabanza o sentirse emocionado durante los servicios. Es mucho más que eso. Si pensamos que ser adoradores tiene que ver más con música y canciones y no con estar dispuestos a sacrificar la vida es muy probable que ante una prueba como la que enfrentaron Sadrac, Mesac y Abegnego nos postraríamos ante la estatua sin presentar resistencia. ¡Y quién sabe si hasta disfrutaríamos de la música idolátrica! C.S. Lewis dijo: “en realidad nunca podrás saber cuánto crees en algo, hasta que tu verdad o tu mentira se conviertan en un asunto de vida o muerte para ti”.

Volviendo a la historia de los tres hebreos, cuando ellos expresaron su negativa a adorar en los términos del rey, de inmediato fueron arrojados al horno de fuego. El libro de Daniel lo describe así:

Ante la respuesta de Sadrac, Mesac y Abednego,
Nabucodonosor se puso muy furioso y cambió su
actitud hacia ellos. Mandó entonces que se calentara
el horno siete veces más de lo normal,
y que algunos
de los soldados más fuertes de su ejército ataran a los
tres jóvenes y los arrojaran al horno en llamas. Fue así
como los arrojaron al horno con sus mantos, sandalias,
turbantes y todo, es decir, tal y como estaban vestidos.
Tan inmediata fue la orden del rey, y tan caliente estaba
el horno, que las llamas alcanzaron y mataron a los
soldados que arrojaron a Sadrac, Mesac y Abednego,
los cuales, atados de pies y manos, cayeron dentro del
horno en llamas.
Daniel 3:19-23.

Todos conocemos el resto de la historia…

En ese momento Nabucodonosor se puso de pie, y
sorprendido les preguntó a sus consejeros: —¿Acaso no
eran tres los hombres que atamos y arrojamos al fuego?
—Así es, Su Majestad —le respondieron.  —¡Pues miren!
—exclamó—. Allí en el fuego veo a cuatro hombres, sin
ataduras y sin daño alguno, ¡y el cuarto tiene la apariencia
de un dios! Dicho esto, Nabucodonosor se acercó a la puerta
del horno en llamas y gritó: —Sadrac, Mesac y Abednego,
siervos del Dios Altísimo, ¡salgan de allí, y vengan acá!
Cuando los tres jóvenes salieron del horno,
los sátrapas,
prefectos, gobernadores y consejeros reales se arremolinaron
en torno a ellos y vieron que el fuego no les había causado
ningún daño, y que ni uno solo de sus cabellos se había
chamuscado; es más, su ropa no estaba quemada ¡y ni
siquiera olía a humo!

Daniel 3:24-27.

¿Qué repercusión tuvo el heroísmo de los tres hebreos? ¿Qué consecuencias emergieron producto de su valor? De inmediato su portentoso acto de fidelidad al Señor fue conocido en todo el imperio. Daniel dice:

Entonces exclamó Nabucodonosor: «¡Alabado sea el Dios
de estos jóvenes, que envió a su ángel y los salvó! Ellos
confiaron en él y, desafiando la orden real, optaron por
la muerte antes que honrar o adorar a otro dios que no
fuera el suyo.
Por tanto, yo decreto que se descuartice
a cualquiera que hable en contra del Dios de Sadrac, Mesac
y Abednego, y que su casa sea reducida a cenizas, sin
importar la nación a que pertenezca o la lengua que hable.
¡No hay otro dios que pueda salvar de esta manera!»
Daniel 3:28-29.

Se cuenta que en el año 320 d. C. una legión de soldados romanos fue presionada para negar su fe en Jesucristo. Eran cuarenta soldados a quienes el gobernador les dijo: “os ordeno que presentéis una ofrenda ante los dioses romanos. Si no lo hacéis, perderéis vuestra privilegiada posición militar”.

Cada uno de los cuarenta soldados creía fielmente en el Señor Jesucristo. Ellos sabían muy bien que no debían negarlo ni ofrecer sacrificio a los dioses romanos, a pesar de lo que pudiese hacer el gobernador. Cambidius habló en nombre de la legión: “para nosotros no hay nada que sea más querido o digno de mayor honor que Cristo nuestro Dios”.

El gobernador intentó persuadirlos con dinero y hasta con honores imperiales, luego los amenazó con tormentos y torturas. Pero al ver que no accedían ni con privilegios ni amenazas se puso furioso. Ahora su deseo era verlos morir lenta y dolorosamente. Los desnudaron y fueron llevados en medio de un lago congelado. El gobernador colocó soldados para que los vigilasen y que les impidieran llegar a la orilla y escapar.

Los cuarenta se animaron unos a otros como si estuviesen en una batalla: “¿Cuántos de nuestros compañeros de milicia cayeron en el campo de batalla demostrando lealtad a un rey terrenal? ¿Será posible que nosotros fracasemos en sacrificar nuestras vidas en fidelidad a nuestro verdadero Rey? ¡Soldados! ¡Manténgase firmes y sin vacilar! No demos las espaldas al huir del mismo diablo”. Pasaron toda la noche aguantando valientemente su dolor y regocijándose de la esperanza de estar pronto frente al Señor.

Para intensificar el tormento de los cristianos, baños de agua caliente fueron colocados alrededor del lago. El gobernador esperaba por este medio debilitar la firme resolución de estos hombres que se congelaban. Y les dijo: “Pueden venir a la orilla cuando estén listos para negar su fe”. Al fin uno de ellos sí se debilitó, salió del hielo y entró al cálido baño.

Cuando uno de los soldados que estaba en la orilla vio la acción del desertor, él mismo tomó su lugar. Sorprendiendo a todos con lo repentino de su conversación, se desvistió y corrió desnudo para unirse a los demás hombres que también estaban desnudos en el hielo mientras gritaba a viva voz: “¡Yo también soy cristiano!”

La fe de los 39 tocó el corazón de este último soldado. La fe de los tres hebreos tocó el corazón de Nabucodonosor. No sabemos cuántos más se convirtieron en adoradores del Dios de Israel a causa de la hazaña frente al horno, pero lo que sí sabemos es que su ejemplo se ha erguido más alto que la estatura del rey de Babilonia, ha permanecido firme a través de los siglos mientras la estatua de Nabucodonosor fue echada abajo y es mil veces más valioso que todo el oro que el monarca tuvo que invertir para construir su imagen.

Sadrac, Mesac y Abegnego conocían las implicaciones de convertirse en adoradores de Dios… la vida misma.

¿Y nosotros?

Noel Navas.

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