El precio de la adoración (Segunda parte)

El precio de la adoración (Segunda parte)

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Tres adoradores que conocían el costo de adorar.

¿Sabes que es el copyright? Tiene que ver con los derechos de autor y de copia de una obra musical, literaria o en forma general, de una obra intelectual. El copyright tiene que ver con toda obra creativa e inclusive con derechos de transmisión televisiva de novelas, películas, eventos, etc.

Por ejemplo, cuando en mi país pasan el Mundial de Fútbol de la FIFA en la televisión, los derechos exclusivos los adquiere el Canal 4. Solo ellos pueden retransmitir los partidos de fútbol. Ningún canal más lo puede hacer ni siquiera los canales de cable, quienes al momento de los partidos ponen otra programación porque si no respetan los copyright se arriesgan a demandas millonarias.

Si los copyright tienen que ver con la obra intelectual de algo, Dios tiene los derechos exclusivos de la raza humana. Somos idea suya, él es al Autor intelectual de lo que existe y de quienes habitamos el planeta (ver Salmo 24:1). En este sentido: ¿sabías que la adoración no te pertenece a ti ni a nadie más? ¿Sabías que tu adoración tiene copyright?

Sadrac, Mesac y Abegnego tenían claro en sus mentes que su adoración le pertenecía única y exclusivamente al Señor, al punto que no les importaba morir con tal de obedecer el mandamiento de Éxodo 20:3 que dice: “no tendrás dioses ajenos delante de mí”. Para ellos era una cuestión sumamente clara. No había por qué dudar ni negociar con Nabucodonosor.

Si nos pusiéramos en el lugar de los tres hebreos, ¿qué hubiéramos hecho con tal de no ser incinerados? ¿Estaríamos dispuestos a pagar el precio de ser adoradores o hubiéramos buscado algún salvoconducto? Las siguientes son 10 justificaciones que este trío pudo haber mascullado con tal de no morir:

1. “Si nos inclinamos ante la imagen, ¡tranquilos! No hay de qué preocuparse, no la vamos adorar de corazón”.
2.
“No hay de qué alarmarse. Tampoco es que nos vamos a volver idólatras o algo parecido.
3.
“¡Hey! Solo lo haremos por un tiempo, mientras dure el decreto real, pero ya van a ver que en unos meses dejaremos de fingir que adoramos la estatua y asunto arreglado.
4. “
Hagámoslo, después nos arrepentimos y le pedimos perdón a Dios”.
5.
“Vamos, el rey tiene poder absoluto y hay que obedecerlo. ¡Dios nos va a entender!”
6.
“El rey nos dio el puesto que tenemos; así que esto es simplemente una cuestión de ser agradecidos”.
7.
“No estamos en nuestro país, y por lo tanto, Dios nos perdonará por seguir las costumbres de esta cultura”.
8.
“Nuestros antepasados colocaron ídolos en el templo. ¡Y eso fue mucho peor que lo que estamos por hacer!”
9.
“Vamos, no estamos haciéndole daño a nadie”.
10.
“Si nos matan y unos paganos ocupan nuestro puesto, ¿quién va a ayudar a nuestra gente aquí en el destierro?”

¿Idearon ese tipo de excusas para evitar ser calcinados? ¿Confeccionaron este tipo de razonamientos para no ser cremados? ¡Jamás! Si bien todas estas excusas parecían lógicas, no hubieran sido más que racionalizaciones peligrosas. Por eso, ante la amenaza ardiente, respondieron a Nabucodonosor: “¡Nos declaramos culpables! No tenemos que esperar al próximo concierto musical de tu sinfónica idolátrica. Si quieres puedes arrojarnos al horno en este mismo momento, pero nosotros adoramos a un Rey que es más grandioso que tú y si a él le place hasta puede salvarnos de morir en tus manos” (ver Daniel 3:16-18).

¿Sabes cómo se llama a eso? Tener carácter.

La siguiente es mi definición favorita de carácter: “carácter es permanecer en las decisiones tomadas en el tiempo a pesar de que la emoción ya no esté”.

Si quieres puedes volver a leerla, ¡es poderosa!

Un adorador del Señor tiene carácter. El carácter de persistir en las resoluciones que ha tomado a pesar de que el tiempo transcurra y a pesar de que la emoción inicial que sentía se haya esfumado. ¿Comprendes? Carácter es seguir adelante a pesar de que ya no estés entusiasmado como al principio, pero como sabes que tomaste una decisión y la causa que decidiste seguir es valiosa, entonces te obligas a ti mismo a perseverar en ella.

Sadrac, Mesac y Abegnego no decidieron ser adoradores del Dios de Israel con miras a que si se presentaba alguna dificultad ellos decidirían echarse para atrás. No, ellos sabían que convertirse en adoradores del Señor era un camino sin retorno. Era para siempre. No era cuestión que hoy sí, pero mañana no sé. Creer en el Dios Todopoderoso no es una senda en la que se entra cuando las cosas van bien y se sale cuando las cosas marchan mal. Adorar al Señor es cuestión de decisiones firmes, de comprometerse con su causa y de estar dispuesto a pagar el precio. No hay puntos medios. O Dios es el Señor de todo… o Dios es el Señor de nada.

En el libro “Locos por Jesús”, de la extinta banda estadounidense DC Talk, cuentan el siguiente relato:

“Era una joven de 17 años de edad. Él estaba mirándola fijamente, mientras sostenía un rifle frente al rostro de la joven.
¿Crees en Dios?
Ella guardó silencio. Era una pregunta de vida o muerte.
Sí, yo creo en Dios.
¿Por qué? Pregunta el verdugo.
Pero nunca le dio oportunidad de responder.
La joven adolescente yacía muerta ante él.

Esta escena pudo haber ocurrido en el Coliseo Romano. Pudo haberse llevado a cabo durante la Edad Media. Y pudo haber sucedido en un sinnúmero de países alrededor del mundo hoy en día. Hay quienes están siendo encarcelados, torturados y asesinados cada día, porque rehúsan negar el nombre de Jesús.

Esta historia particular, no ocurrió en tiempo antiguos, ni en Vietnam, Paquistán o Rumania. Sucedió en la Escuela Secundaria Columbine, en la ciudad de Littleton, Colorado, el 20 de abril de 1999”.

De eso estoy hablando, de pagar el precio por nuestras creencias. De estar dispuesto a morir si es necesario. Ese es el precio de la adoración.

Continúa leyendo la Tercera parte.

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