Adorar con la mente, la adoración olvidada (Décima parte)

Adorar con la mente, la adoración olvidada (Décima parte)

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Esta es la última entrada de esta serie y hasta hoy hemos visto 10 formas de adorar a Dios con la mente. Claro, hay muchas maneras más, pero quise listar solo estas para ilustrarte cómo nuestras facultades mentales pueden emplearse para la gloria de Dios. Espero que después de leer esta entrada tú descubras otras más y puedas practicarla junto con las demás. Así que para resumir…

1. Adoramos a Dios con la mente cuando memorizamos las Escrituras.
2. Adoramos a Dios con la mente cuando estudiamos una profesión u oficio.
3. Adoramos a Dios con la mente cuando escuchamos la enseñanza pública de las Escrituras.
4. Adoramos a Dios con la mente cuando cultivamos el hábito de la lectura.
5. Adoramos a Dios con la mente cuando contemplamos la creación.
6. Adoramos a Dios con la mente cuando utilizamos bien la imaginación.
7. Adoramos a Dios con la mente cuando solucionamos problemas.
8. Adoramos a Dios con la mente cuando practicamos la apologética.
9. Adoramos a Dios con la mente cuando practicamos el perdón.

Y para terminar…

10. Adoramos a Dios con la mente cuando somos agradecidos.

Según la Escritura, no reconocer a Dios y darle gracias es el detonante de la degeneración moral. El apóstol Pablo escribió:

“Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se volvieron necios” (Romanos 1:21-22).

Fíjate, según Pablo, los razonamientos y la necedad mental provienen de no honrar a Dios ni ser agradecidos. Por eso concluye el pasaje diciendo: “Profesando ser sabios, se volvieron necios”.

¿Quieres ser sabio, es decir, experimentar el nivel mental más alto que puede experimentar un ser humano? Entonces adora a Dios y vive agradecido con él. ¿Quieres convertirte en un necio, es decir, experimentar el estado mental más bajo en el que puede vivir un ser humano? No lo honres y sé un ingrato. La gratitud a Dios y la inteligencia van de la mano. ¿No somos agradecidos? Entonces, según la Biblia, somos una bola de tontos.

Vamos, el planteamiento de Pablo tiene lógica, quien agradece a Dios por todas las cosas que recibe, es porque sabe que él mismo no es la fuente de todas las cosas, sino Dios. Quien es ingrato se cree a sí mismo el origen de todo lo que tiene y por eso no honra a Dios siendo agradecido.

Se cuenta que en una ocasión de un hombre fue invitado a almorzar. Uno de los anfitriones le pidió que diera gracias. Después de bendecir los alimentos y de dar gracias a Dios por los bienes que tenían ante ellos, el dueño de la casa dijo con aspereza:

—En realidad, no veo por qué esa ceremonia tenga razón de ser, puesto que yo mismo les he proporcionado la comida.

El hombre que había orado le preguntó:

—¿Se ha detenido usted alguna vez a pensar que si fracasara la siembra o la cosecha tan sólo una vez en el mundo, la mitad de la gente del mundo moriría antes que viniera la próxima cosecha? ¿Y se le ha ocurrido pensar que si la siembra y la cosecha fracasaran durante dos años consecutivos, todos moriríamos antes de la siguiente cosecha?

Evidentemente sorprendido, admitió que nunca había considerado tal posibilidad. Luego le indicó que era muy equivocado afirmar que él había proporcionado la comida que les habían servido. Dios le había concedido la vida y la capacidad para ganarse la vida. Dios había depositado el germen de la vida en los cereales y animales que empleaban ahora para alimentarse, lo cual él nunca hubiera podido hacer. Le sugirió que era un colaborador de Dios al valerse de las leyes divinas para la provisión de los alimentos que les ofrecía. Luego le dijo:

—Si alguno le da algo, usted le diría gracias. Y si el regalo se repitiera dos o tres veces al día usted le daría las gracias cada vez. ¿Verdad?

Él hombre respondió afirmativamente.

—¿Ahora entiende por qué le decimos gracias a Dios toda vez que recibimos sus bendiciones?

A ello, el dueño de la casa, respondió:

—¡Ya veo que el dar gracias a Dios no es cuestión de simple honestidad, sino de ser agradecido como corresponde!

Vivir agradecido con Dios es lo más inteligente que puedes vivir haciendo en la Tierra. Dar gracias es el estado mental más alto que pueden orbitar tus pensamientos, porque al hacerlo estarás reconociendo que él es la Fuente de todo, incluso de tu vida misma. Por eso el salmista, luego de decir “Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos…” añade: “entrad por sus puertas con acción de gracias, y a sus atrios con alabanza. Dadle gracias, bendecid su nombre” (Salmo 100:3-4).

Cuando el salmista nos recuerda que fue Dios el que nos hizo y no nosotros mismos, está haciendo alusión al libro de Génesis, a la creación del ser humano. ¿Alguna vez has imaginado como pudo haber sido la primera conversación entre Adán y Dios el día que se conocieron? En “El evangelio según Adán”, un libro que estoy escribiendo y por publicar este año, lo describo así:

«Cuando Dios creó a Adán del polvo de la tierra y sopló aliento de vida dentro de él, lo primero que Adán vio cuando abrió sus ojos fue a Dios mismo. Fue en ese preciso instante que Adán preguntó:

—¿Quién eres tú?

—¡Tu Creador! – Respondió Dios.

Y al verse a sí mismo, sus dos manos y su cuerpo, Adán volvió a preguntar:

—¿Y quién soy yo?

—¡Mi creación! – Dijo Dios.

Y mientras Adán asimilaba esta información, comenzó a caminar lentamente y al ver las cosas tan hermosas que estaban a su alrededor, con asombro volvió a preguntar:

—¿Y para quién es todo esto que veo?

—¡PARA TI! – Respondió Dios.»

Después de esta primera conversación, cuando Adán volvía a contemplar la creación, sentía algo especial. Él reconoció que Dios había creado todas las cosas y que toda fuente de placer, felicidad y bienestar que experimentaba provenía de él, ya que había creado todo lo que veía y se las había entregado como regalo de bienvenida.

No por nada se dice que, después del Señor Jesucristo y el rey Salomón, Adán fue el hombre más inteligente que caminó sobre la Tierra. No solo porque requirió de una gran capacidad intelectual para estudiar la creación y a cada animal con sus respectivas características y entonces asignarles nombre e identidad, sino porque reconocía que Dios era el origen y la fuente de todo lo que él poseía y disfrutaba.

Así que adora a Dios con tu mente… viviendo agradecido.

Nota: Pensaba terminar esta serie con esta entrada, pero continuaré con dos más en un par de días. ¡Así que pendientes!

Continúa leyendo la Undécima parte dando clic aquí.

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