Adorar con la mente, la adoración olvidada (Quinta parte)

Adorar con la mente, la adoración olvidada (Quinta parte)

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Después de ver cuatro formas de adorar a Dios con la mente, ahora veremos una más. Recuerda, la adoración no solo es la que expresamos en el templo los domingos que nos reunimos para adorar, sino fuera de este, entre semana y mientras trabajamos, hacemos nuestras diligencias o simplemente cuando estando en casa. La adoración es continua, no está confinada a un edificio. Jesús dijo: “La hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:21, 23). Y la hora llegó, así que continuemos:

5. Adoramos a Dios con la mente cuando contemplamos la creación.

Como he dicho en entradas pasadas, adorar a Dios con la mente es usar la imaginación, la concentración, la percepción, el razonamiento, la intuición, la memoria, etc. con el fin de honrar al Señor. Y una de las formas de honrarlo es permitirle a nuestra mente observar, percibir y absorber la belleza de las cosas creadas. Lamentablemente, la doctrina evolucionista ha minado la mente de muchos cristianos y de alguna u otra manera, cuando ven la creación no piensan en Dios.

Fíjate, creen en Dios, pero no relacionan a Dios con su creación ni la creación con Dios. ¡Cuán distinto era al inicio! Cuando Dios le entregó la creación a Adán y le reveló que él había creado todas las cosas, inmediatamente Adán relacionó la creación con el Creador. Pero ¿qué pasa con nosotros? Que la vemos y no pensamos en Dios. Sí, puede que pensemos que los paisajes, los atardeceres y el cielo estrellado son hermosos, pero no necesariamente pensamos en Dios. Cosa que Adán sí hacía con solo observarla y disfrutarla. Y no solo él, también otros personajes bíblicos. Por ejemplo, los salmistas del antiguo Israel, al contemplar la creación, exclamaban: “los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19:1). Eso sin contar que hay varios salmos que le atribuyen la autoría de la creación al Dios de la Biblia.

Lo que sucedía es que para ellos la creación era la voz de Dios hablándoles a sus mentes de que había un Gran Creador detrás. Permíteme preguntarte: cuando ves la creación, ¿oyes la voz de Dios en tu mente? ¿Escuchas al Señor que te dice: “¡Yo hice todo lo que existe!” y te dejas asombrar? ¿O qué voz es la que oyes? ¿La de Charles Darwin, los evolucionistas o del ateísmo rampante?

Entonces, cuando los personajes bíblicos degustaban con su vista las cosas creadas, ¿qué hacían ellos? Adoraban. Por eso adoramos a Dios con la mente cuando admiramos las nubes, las aves, el océano, los paisajes, etc., porque nos impulsa a reconocer su grandeza y nos empuja a exclamar alabanzas por la belleza de todo lo que existe.

Ahora, esto no solo les ocurrió a los salmistas del Antiguo Testamento, también a los compositores de la historia. Por ejemplo, ¿sabes cómo se escribió el himno “Cuán grande es él”? Resulta que Stuart Hine —compositor himno— lo escribió después de regresar de la iglesia. Él se dirigía hacia su casa y lo sorprendió una fuerte y copiosa tormenta. Al comenzar a llover, se refugió debajo de unos árboles y así de repentina como apareció, así de repentina desapareció. Y eso impresionó a Stuart Hine al grado de escribir: “Señor, mi Dios, al contemplar los cielos, el firmamento y las estrellas mil. Al oír tu voz en los potentes truenos y ver brillar el sol en su cenit. Mi corazón entona la canción, ¡cuán grande es él!…” Y en la siguiente estrofa dijo: “Al recorrer los montes y los valles y ver las bellas flores al pasar, al escuchar el canto de las aves y el murmurar del claro manantial…” y entonces vuelve a decir: “Mi corazón entona la canción, ¡cuán grande es él!…” etc. Hasta donde he investigado, las siguientes dos estrofas que hablan sobre el sacrificio de Cristo fueron añadidas algunas décadas después, pero el himno, originalmente, solo tenía dos estrofas que describían la creación. Es decir, Hine contempló la creación y permitió que esta inspirara su adoración al Señor.

En el libro: “Cantaré de tu amor por siempre”, de la agrupación inglesa Delirius?, Martin Smith cuenta cómo escribió la famosísima canción que dio título al libro y a la canción que miles de iglesias en Latinoamérica cantaron a viva voz. Smith dice: “Había sido invitado por una familia a pasar una semana de vacaciones en Devon (al suroeste de Inglaterra), en una antigua casona sobre la ladera de una montaña boscosa que se elevaba por encima de un estuario. Mi compañero de cuarto durante esa semana fue Jon, que solo tenía 17 años en ese entonces, y me hizo descubrir el arte de dormir pasada la una de la tarde… Una tarde decidí ascender a la montaña que se levantaba detrás de la casa para poder apreciar todo ese paisaje. En ciertas ocasiones de la vida, uno toma conciencia de que el tiempo puede volverse lento hasta el punto de parecer haberse detenido; y yo estaba en uno de esos momentos. Al verme rodeado de tanta belleza, que apreciaba en las ondulaciones de las montañas y en los ríos que corrían hacia el mar, simplemente tomé conciencia de lo asombroso que es Dios y del esplendor que se percibe en su creación. “Sobre montañas y el mar, tu río fluye para amar…” Las palabras vinieron solas, y el resto de la canción se completó en solo instantes, como caída del cielo (no recuerdo que esto me hubiera sucedido jamás; la mayoría de las canciones precisan de algunos meses para convertirse en algo presentable). “Cantaré de tu amor por siempre…” fueron las palabras del coro dentro de los mismos acordes, como una expresión de lo sorprendente que resulta conocer y experimentar el amor de Dios”.

Como ves, Martín Smith es otro compositor que, la igual que los salmistas del antiguo Israel, contemplaban la creación y se dejaban inspirar por la grandeza de las obras del Señor.

Mira, hay un libro, pero lamentablemente solo lo conocen docentes de escuelas y colegios cristianos en Latinoamérica. Se titula “Recuperando la esencia de la educación cristiana”. En este, Albert Green, motiva a los profesores de escuelas, colegios y universidades a permear con la cosmovisión cristiana las materias del pensum educativo. Parafraseando a Green: “Todas las materias del pensum escolar o universitario estudian un área de la creación de Dios. ¡Todas! Por lo tanto, un estudiante podría conocer a Dios a través de cualquier materia independientemente de si esta es la de educación cristiana”. ¡Y es cierto! Piensa en la materia que quieras, del colegio o de la «U», y comprobarás que todas ellas estudian y analizan un área de la creación que Dios ha hecho. Por lo tanto, si las cosas invisibles son reveladas por medio de las visibles (Rom. 1:19-20), efectivamente cualquier materia del pensum de estudios de cualquier institución podría servir para conocer a Dios. Claro, si el docente o quien imparte la materia ha abrazado una cosmovisión cristiana de la vida.

Por último, Rick Warren, en su sermón “Del estrés a la bendición” dice: “recargo mi alma con belleza. La belleza es algo increíblemente importante en el manejo del estrés. Lo feo te estresa, pero la belleza te inspira. La belleza te anima, te motiva y despierta en ti emociones positivas. ¿Alguna vez has pensado por qué Dios hizo el mundo tan bello? Quiero decir, al ver los amaneceres, las puestas de Sol y las flores más hermosas jamás vistas, notas que este mundo es hermoso a pesar de que muchos no lo puedan ver. Dios ha creado un mundo de belleza. Él pudo haber hecho la Tierra igual que la luna, con un paisaje lunar o parecida a Tatooine… para que aquellos que no conocen La Guerra de las Galaxias, Tatooine es el planeta desierto en el que Luke Skywalker nació. Por eso tenía tanta prisa por salir de su planeta, porque era realmente feo… Él pudo haber hecho de la Tierra un planeta desolado, polvoso y gris, ¡pero no! Dios creó un planeta lleno de colores vibrantes. ¿Alguna vez han escuchado a alguien decir: “Me siento tan cerca de Dios al estar en la naturaleza”? ¡Claro! ¡Él la creó! El hombre fue hecho para vivir en un jardín, no en un rascacielos. Cuando Dios creó al hombre lo puso en el jardín del Edén, no en un rascacielos. Tú no fuiste hecho para vivir rodeado de concreto, Dios te hizo para que vivieras en medio de mucha vegetación, en un lugar hermoso”.

¿Y por qué Dios hizo esto? Para que lo adoraras con tu mente.

Continúa leyendo la Sexta parte aquí.

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