La pobre hermenéutica de la confesión positiva (Tercera parte)

La pobre hermenéutica de la confesión positiva (Tercera parte)

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La doctrina de la confesión positiva es como un tumor. Tú lo sabes, hay tumores benignos y hay tumores malignos. El tumor benigno no es que sea bueno, ¡vamos! ¡Es un tumor! Pero se le llama benigno porque comparado con el maligno tiene mejor pronóstico. Por ejemplo, el benigno solo requiere una intervención quirúrgica y ya. Es peligroso, causa malestar, hace daño, etc., pero si se opera —dicen los especialistas— ¡asunto arreglado! Con el tumor maligno no pasa igual. El maligno puede esparcirse, hace metástasis y las tazas de mortalidad son altísimas.

En este sentido, la confesión positiva tiene una versión “tumor benigno” y otra versión “tumor maligno”. La versión “tumor benigno” es aquella donde solo crees tener súper poderes en tu boca y andas confesando y declarando y ya. Como dije, un tumor es un tumor, por más benigno que sea, si no lo extirpas de tu cuerpo te causará daño. En este caso, la confesión positiva “tumor benigno” podría causarte desilusiones en tu vida cristiana y en la de otros al comprobar que confesar y declarar no funciona ante las adversidades de la vida; sin embargo, la otra versión de la confesión positiva —la versión «tumor maligno»— es la más riesgosa. ¿Por qué? Porque esta versión va más allá que solo confesar, declarar y decretar cuando se ora. Esta versión induce al creyente a que no solo crea que tiene súper poderes en sus labios, sino a considerarse a sí mismo un dios.

Mira, hay algo que muchos creyentes en la confesión positiva no saben y es que esta doctrina es hija de otra más: la deificación del hombre. Sí, tal cual lo lees. La confesión positiva es hija de la herejía de considerarte a ti mismo un dios. Por eso, quienes se deifican a sí mismos aseguran poseer el mismo poder sobrenatural de Dios para hablar y crear al estilo de Dios en Génesis capítulo uno. Seguramente tú has oído hablar de este tema. Hay líderes evangélicos y seguidores suyos que creen que son dioses, dioses pequeños, diosecitos… Jehová Juniors. ¡Exacto! ¿Vino a tu mente el nombre del Ps. Cash Luna? Cash Luna cree en la deificación humana y he ahí por qué abiertamente ha enseñado que los hijos de Dios son dioses tal cual enseñan los Mormones y la Nueva Era.

Ahora, no creas que Cash Luna llegó a esa conclusión por sí solo. No, en 2014, en un Congreso Ensancha en Casa de Dios, Cash tuvo como conferencista principal a Kenneth Copeland, uno de los principales exponentes de la Teología de la Prosperidad en EE.UU. Copeland abiertamente ha defendido la deificación del hombre y apologetas respetados como Luisa Jeter de Walker (autora de «¿Cuál camino?») y Hank Hanegraaff (autor de «Cristianismo en crisis») han documentado sus aseveraciones donde afirma que los hijos de Dios son dioses pequeños e incluso, decir que él mismo es Dios. Es decir, Cash Luna no aprendió esta creencia por haber estudiado detenidamente las Escrituras, sino que, debido a que él mismo es un asiduo defensor de la Teología de la Prosperidad al punto de vivir un estilo de vida de millonario y, por sus vínculos con Kenneth Copeland y otros predicadores más de esa línea, él comenzó a creer la herejía de la deificación humana y afirmar en varias ocasiones que somos «Jehová Juniors» y «Yo Soy´s» en pequeño. ¡Vamos! Afirmar tal cosa es sumamente grave. Y como dije al inicio, la confesión positiva tiene dos versiones: la versión «tumor benigno» y la versión «tumor maligno». Claro, ambos tumores son peligrosos; sin embargo, a mi manera de ver, el primero tiene mejor pronóstico que el segundo. Porque el segundo puede, incluso, provocar que apostates de la fe debido a que te estimula a usurpar el lugar de Dios.

Fíjate, cuando hablo del tema de la confesión positiva en mis redes sociales, suelen aparecer cristianos que chillan y espetan diciendo: “¡Qué barbaridad! ¿Acaso no sabes que Dios nos ha dicho que llamemos a las cosas que no son como si fuesen? ¿Acaso no crees en el poder que Dios nos ha dado?” Cuando me escriben eso siempre respondo de la misma forma: “Aja, ¿en qué texto bíblico se afirma que nosotros debemos de llamar las cosas que no son como si fuesen y que tenemos el mismo poder de Dios de Génesis capítulo uno?” A lo que responden citándome Romanos 4:17 que dice:

“(Como está escrito: te he hecho padre de muchas naciones) delante de aquel en quien creyó, es decir Dios, que da vida a los muertos y llama a las cosas que no existen, como si existieran”.

“¿Viste?…” exclaman los de la confesión positiva, “¡la Biblia dice que llamemos las cosas que no son como si fuesen! ¡Ya ves! ¡La confesión positiva es bíblica!” Sin embargo, los creyentes de esta doctrina no solo tienen una pobre hermenéutica bíblica, sino que también les hace falta un curso de lectura comprensiva. Porque si leyeran detenidamente el texto verían claramente que quien tiene dicho poder de hablar para que las cosas sean creadas, es Dios, no nosotros. Léelo de nuevo, dice: “es decir Dios, que da vida a los muertos y llama a las cosas que no existen, como si existieran”. Quien tiene dicho poder es Dios, no los hombres. Y quien afirme que los hombres tienen el mismo poder que Dios ejerció en Génesis capítulo uno, no solo está malinterpretando las Escrituras, sino que está cometiendo herejía porque —por lo menos— tácitamente están diciendo que él mismo es un dios. ¿Ves lo grave de este asunto? Esta versión de la confesión positiva es la más riesgosa de todas y que más peligro ocasiona a la vida del creyente porque lo estimula a deificarse a sí mismo.

Los cristianos creyentes en la confesión positiva que defienden que los hijos de Dios son dioses, incluso, citan Génesis 1:26-27 para afirmar que cuando el texto dice que fuimos hechos “a su imagen y semejanza” se refiere a que fuimos hechos «dioses pequeños». Pero si revisas los capítulos iniciales de Génesis verías que por ningún lugar se sugiere tal cosa. Ser “imagen y semejanza” no significa ser dioses, porque si así fuera, cuando la serpiente tentó a Eva y le dijo: “seréis como Dios” (Génesis 3:4), de inmediato Eva hubiera respondido: “¿Cómo Dios? ¡Oye, serpiente! ¡Te equivocas! Nosotros no necesitamos ser como Dios, ¡ya somos dioses! ¿Para qué queremos ser como él si ya lo somos?” Pero Eva no le respondió de ese modo porque sabía que ser “imagen y semejanza” no equivalía ser dioses pequeños.

La gran pregunta aquí es: ¿entonces qué significan los textos de Salmo 82:6 y Juan 10:34 que afirman que los hijos de Dios son “dioses”? Bueno, veamos que dicen cada uno:

“Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos sois hijos del Altísimo” (Salmo 82:6).

“Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: “Yo dije: sois dioses”?” (Juan 10:34).

Para comenzar, tenemos que apelar el principio hermenéutico de que las Escrituras, por ser inspiradas por el mismo Autor (Espíritu Santo), no se contradicen a sí mismas. ¿Por qué digo esto? Porque estos dos textos dicen que existen otros “dioses” y esos “dioses” supuestamente somos nosotros. Pero Isaías dijo lo contrario:

“Yo soy el Señor, y no hay ningún otro; fuera de mí no hay Dios” (Isaías 45:5).

Si no hay más Dios que Dios, ¿por qué entonces Salmo 82:6 y Juan 10:34 dice que hay más dioses? Para explicar adecuadamente esta aparente contradicción, permíteme citar al exégeta bíblico Hank Hanegraaff. Él afirma:

«Los maestros de la fe habitualmente citan Juan 10.31-39 como prueba positiva de que los seres humanos son ciertamente pequeños dioses. Este pasaje sitúa a Jesús a punto de ser apedreado por haber afirmado que Él es Dios. Él responde a sus oponentes refiriéndose a Salmo 82.6. De modo irónico, Jesús pregunta: “¿Y acaso… no está escrito en su ley: “Yo he dicho que ustedes son dioses”? (v. 34). Ante esto, los maestros de la fe exclaman: “Jesús lo dijo, yo lo creo, y eso lo zanja: ¡nosotros somos pequeños dioses!”… La idea de que Jesús enseñase la doctrina de los pequeños dioses conllevaría implicaciones devastadoras. Para empezar, significaría que Cristo estaba confundido, ya que Él anteriormente enseñó que hay un único Dios (Marcos 12.29; cf. Deuteronomio 6.4). Además, significaría que la Biblia es contradictoria, profesando en algunas ocasiones un único Dios (Isaías 43.10; 44.6) y en otras ocasiones declarando que hay muchos, como hacen las escrituras mormonas. Finalmente, validaría las seductoras palabras de la serpiente, que dijo a Eva: «Ustedes serán como Dios» (cf. Génesis 3.5). ¿Entonces por qué, ante quienes lo apedreaban (Juan 10.31), Jesús serenamente remite a los judíos a Salmo 82? Veamos. En Salmo 82 encontramos a Dios dando audiencia en la gran asamblea. Él está pronunciando sentencia sobre jueces que habían de defender a los débiles pero que, en cambio, estaban mostrando parcialidad hacia los malvados. En un lenguaje tan claro que no puede malinterpretarse con facilidad, Él ridiculiza a los jueces humanos que tienen la audacia de pensar de sí mismos que son dioses. En otras palabras, el mensaje de Dios es este: “Entonces creen que ustedes son dioses, ¿verdad? Bien, ¡la tumba demostrará que ustedes son meros hombres! Cuando mueran, conocerán para siempre la infinita diferencia que existe entre yo mismo y el más poderoso de los mortales”. Una cosa es cierta: Una interpretación literal del término dioses en Salmo 82.6 queda claramente descartada por el contexto. Es difícil pasar por alto que este pasaje comienza con una fuerte denuncia de las injusticias perpetradas por los jueces de Israel (v. 2). Como representantes de Dios (cf. Éxodo 4.15-16; 6.28–7.2), ellos deberían haber sido justos; en cambio, fueron deshonestos. ¡Qué distintos a Dios son los hombres! Dios afirma: “Yo les he dicho: ustedes son dioses; todos ustedes son hijos del Altísimo. Pero morirán como cualquier mortal; caerán como cualquier otro gobernante” (Salmo 82.6-7, énfasis añadido). Esos jueces no son distintos a los demás hombres; están sujetos a las mismas debilidades y errores; ciertamente están muy lejos de ser dioses, por pequeños que sean, en ningún sentido literal. Interpretar la designación de dioses dada a los jueces hebreos de modo literal es dar a entender que la nación de Israel creía en la existencia de más de un Dios; sin embargo, aún una lectura superficial de la Escritura revela precisamente lo contrario… Si los defensores de la fe quieren tomar literalmente a Jesús cuando Él hace su irónica afirmación sobre que los hombres son dioses, ¿por qué no tomarlo también literalmente cuando Él llama a los fariseos «serpientes» (Mateo 23.33)? Claramente, ni siquiera los hombres malvados son serpientes literalmente; y, sin ninguna duda, no son pequeños dioses. Aunque somos «hijos» del Altísimo, somos hijos no por naturaleza sino por adopción (Gálatas 4.5-8). Solamente puede decirse de Cristo mismo que tiene la naturaleza de Dios. Cristo es el Hijo de Dios unigénito, único, singular en su género (en griego monogenes, una generación o naturaleza) (Juan 1.14). Solamente Él es verdaderamente Dios por naturaleza (Filipenses 2.6; cf. 1 Juan 1.1; Gálatas 4.8)» (1).

Como ves, las Escrituras no enseñan que los cristianos son dioses y quienes afirman tal cosa para asegurar que tienen poderes sobrenaturales en sus bocas, han malinterpretado las Escrituras y sacado a relucir su pobre hermenéutica bíblica. Además de ponerse dentro de una zona de gran riesgo espiritual por deificarse a sí mismos y andar por la vida como si nada cuando lo que realmente tienen es un «tumor maligno» en sus mentes.

Noel Navas.

Notas:

(1) Hanegraaff, Hank. «Capítulo 9: La deificación del hombre», Cristianismo en crisis: Siglo 21: Siglo 21 (Spanish Edition). Grupo Nelson. Edición de Kindle.

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