Por qué soy tan vehemente en contra de la confesión positiva

Por qué soy tan vehemente en contra de la confesión positiva

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Como expliqué durante la serie Julio Melgar, la enfermedad y las voces de sanidad, las profecías que se le dieron a Julio Melgar son la punta del iceberg de un problema más grande debajo de la superficie. Yo creo que sí, las profecías que los cantantes brindaron fueron equivocadas; sin embargo, la masa debajo del agua es una mala teología sobre el sufrimiento tanto de pastores como de cantantes que no ha sido reflexionada verdaderamente a la luz de la Biblia. Y bueno, esta mala teología quedó en evidencia por el asentimiento de todos ellos a la doctrina de la confesión positiva con la cual pretendían provocar una sanidad que nunca ocurrió.

En este sentido, en esta entrada quiero enfocarme en por qué me preocupa y, si quieres, en por qué soy tan vehemente en denunciar la confesión positiva como un error doctrinal. Mis razones no son complejas, son simplemente dos y fáciles de comprender. La primera razón es porque no tiene respaldo bíblico. En unos días publicaré una breve serie titulada: «La pobre hermenéutica de la confesión positiva» y donde explicaré que los textos que emplean quienes defienden esta doctrina están rotundamente mal interpretados.

Y la segunda razón se debe a que he visto desde la primera fila el dolor y la desilusión de amigos y sus familias a quienes les confesaron, declararon o decretaron cosas que jamás ocurrieron. Claro, por motivos de privacidad no revelaré sus nombres ni el de sus iglesias, pero como verás, son casos reales que yo he presenciado que, por culpa de expresiones como: “¡Te declaro sano!” o “¡Te declaramos sano!«, se ha jugado con la ilusión de cristianos sinceros. Y eso, a todas luces, no está bien.

A continuación, te comparto algunas anécdotas que te ilustrarán cómo una doctrina equivocada ha dañado el corazón de algunas personas cercanas a mí.

“¡La declaro sana de cáncer!”

La mamá de una amiga fue diagnosticada con cáncer y llevaba varios meses postrada. El asunto es que un pastor creyente en el poder de las confesiones llegó a orar por ella. Mi amiga y su hermana —que también estaba presente— agradecieron el gesto de orar, pero no se imaginaron lo que sucedería después. El pastor oró, declaró sana a su madre y hasta la tomó del brazo y la forzó a que se levantara, cosa que la señora podía hacer, pero con mucho dolor. Al estar en pie y declararla sana, el pastor se fue creyendo que así había sucedido. ¡Qué va! Una semana después la mamá de mi amiga falleció. Y hasta donde tengo entendido, por causa de este incidente, su hermana no ha vuelto a visitar la iglesia del pastor porque hoy en día no ha superado la desilusión de alguien que declaró completamente sana a su mamá cuando eso fue una mentira.

“Nosotros confesamos, ¡pero ni modo! ¡Se murió!”

El papá de una familia amiga fue diagnosticado de cáncer y bueno, después de varios meses de quimioterapias y de sus hijos presenciar el dolor corporal que producía más fuertemente el cáncer, el padre murió. Yo asistí al funeral y mientras se desarrollaba el programa del sepelio uno de los pastores de la iglesia pasó a dar una reflexión bíblica. Mientras él disertaba, el pastor relató de que habían acompañado a la familia en todo el largo proceso de convalecencia e incluso declararon la sanidad sobre el hombre y lo dieron por sano. Dijo: “Nosotros declaramos la sanidad y creímos que fue sano. Ya si no se recuperó habría que evaluar qué hizo él para que la sanidad no ocurriera”. ¡Qué tal eso! El pastor responsabilizó al hombre de que su “declaración” no surtiera efecto. ¡En el propio entierro!

Hace poco me enteré de que una de las hijas de este padre de familia le ha reclamado a Dios que por qué se llevó a su papá si el pastor declaró la sanidad. ¡Increíble! ¿No? Prácticamente la hija ha vivido culpando a Dios. ¡Gracias confesión positiva! ¡Una más entre tus víctimas!

“Todos los que vienen a visitarlo lo declaran sano”

El hermano de una amiga atravesó un largo proceso de enfermedad. ¡Larguísimo! Mientras aún lo trataban en su casa llegaban muchas visitas a verlo. Entre todos ellos: algunos “decretistas” y uno que otro “juez espiritual” que lo llamaba al arrepentimiento. Hubo un momento que el convaleciente le pidió a su familia que ya no permitieran más visitas a menos que él las autorizara. Se sentía muy abrumado por todo lo que le decían, así que prefirió mejor ser más selectivo que dejar llegar a cualquiera.

Como la enfermedad era degenerativa, de la casa tuvieron que trasladarlo al hospital, tratarlo allí y bueno, pasó muchos meses encamado. Un día un amigo mío fue a visitarlo para saludarlo y orar por él. Mientras conversaban le brindó palabras de consuelo y mientras el enfermo lo oía se le salían las lágrimas. Y bueno, entre todo lo que mi amigo le dijo fue animarlo a que se preparara espiritualmente por si ocurría lo peor. Cuando mi amigo se fue del hospital, alguien le dijo: “Oye, ¿sabes que vos sos el único que le ha dicho esas palabras? Todo mundo que viene ora por su sanidad y lo declaran sano. Pero solo vos has venido a consolarlo y darle ánimo”.

Como era de esperar, al final de la historia, el hermano de mi amiga murió.

“¡Declaro que mañana sales del hospital!”

Un amigo sufrió un accidente de tránsito que lo dejó en coma durante un mes. Un brazo quebrado, dos vértebras movidas, algunas costillas rotas y la posibilidad de no volver a caminar jamás. Cuando él despertó y se levantó la restricción de no visitas, todos quienes pudimos lo llegamos a ver. Entre ellos —para variar— algunos creyentes de la confesión positiva. Uno de ellos, después de orar, le dijo: “¡Declaro que el día de mañana saldrás caminando por la puerta del hospital!”

Como era de esperar, pasaron 24 horas y no sucedió nada. Al contrario, mi amigo estuvo dos meses más encamado hasta que fue dado de alta. ¿Cómo salió del hospital? En silla de ruedas y con un collarín cervical para proteger su cuello. Es más, tardó varios meses más en alcanzar una movilidad que le permitiera desarrollar una vida normal.

Mira, sé de otros casos más de cristianos que dejaron de tomar sus medicamentos y en lugar de medicarse se consagraron a confesar su sanidad, solo para terminar hospitalizados. Sé también de un par de casos en EE.UU. de cristianos que por declararse sanos evitaron intervenciones quirúrgicas y al final de cuentas murieron por confiar más en sus confesiones que en la ayuda médica. Ante este tipo de escenarios, yo pregunto: ¿la confesión positiva no tiene consecuencias? ¿La confesión positiva nos convierte en cristianos sensatos? ¿La confesión positiva realmente es positiva? ¡Amigos! ¡Seamos serios por favor! Y dejemos de andar diciendo cosas como: “¡Te declaro sano!” o “¡Te declaramos sano!», porque no es bíblico y porque prometerles estas cosas a nuestros hermanos, es antiético. 2 Pedro 2 dice:

“Pero se levantaron falsos profetas entre el pueblo, así como habrá también falsos maestros entre vosotros, los cuales encubiertamente introducirán herejías destructoras” (v. 1).

Fíjate en lo que dice el texto, dice que hay doctrinas (herejías) que tienen el potencial de destruir, que son “destructoras”. En este caso, destruyen corazones, destruyen esperanzas, destruyen emociones, destruyen la comunión con Dios, etc. ¡Y aun con los daños que provoca algunos creen que es malo denunciar esta doctrina!

Recientemente leí la noticia que hablaba de cómo la Organización Mundial de la Salud (OMS) estaba advirtiendo acerca de un medicamento que promete curar el cáncer y que la gente estaba pagando enormes sumas de dinero para conseguirlo. El asunto es que la OMS lanzó una campaña para advertir que no, que ese medicamente no cura nada. ¿Por qué hizo eso la OMS? ¿Por qué no mejor llevaron la fiesta en paz y se quedaron callados? Ah, tú sabes la respuesta. Porque es su responsabilidad velar por la salud de los ciudadanos. ¡Y lo mismo pasa con quienes denunciamos la confesión positiva! Es un medicamento espiritual que promete mucho, pero que no cura nada. Es un placebo, es ineficaz, es inútil. Y si tú lo compras pensando que con tus confesiones y declaraciones vas a cambiar tu destino y hasta provocar tu propia sanidad, vas a salir muy pero muy desilusionado, sino es que —como dice 2 de Pedro 2:1 — destruido.

Noel Navas.

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