La crisis actual de la música cristiana (Quinta parte)

La crisis actual de la música cristiana (Quinta parte)

Ocho áreas en crisis del ministerio musical.

Ya hablé acerca de la crisis de la espiritualidad, la crisis de la superficialidad y la crisis de las letras, por lo que en esta entrada abordaré la crisis de la notoriedad.

4.  La crisis de la notoriedad

Hace unos años en mi país se llevó a cabo un concurso estilo American Idol, El Número Uno o La Voz, pero de corte evangélico. Así que con todo el andamiaje que los medios cristianos pueden proporcionar a través de la radio y la televisión, se invitó a los cantantes amateurs que soñaban con grabar una producción musical a que audicionaran y fueran parte de los finalistas que concursarían para ganar.

Cuando el concurso ya estaba publicitándose, uno de los organizadores me llamó por teléfono para invitarme a que fuera parte del jurado que evaluaría a los aspirantes y que también aparecerían en la televisión brindando sus opiniones. Me dijo: “Noel, yo sé que ya te enteraste del concurso y sabemos que vos tenés buen criterio para opinar sobre canto, además de que el hecho de que aparezcás en la televisión podría brindarte a ti una plataforma ministerial más visible de la que tenés, etc. etc.” Cuando esta persona comenzó a apelar a que el hecho de yo formara parte del proyecto me iba a brindar fama y popularidad, me perdió. ¡Me perdió totalmente! A mí no me ganan de esa manera. Si a mí me quieren cautivar con un proyecto deben de hablarme del beneficio que va a traer a la gente, pero si van a querer tentarme con la “vanagloria de la vida”, de la cual habló el apóstol Juan, que se olviden de mí.

Vamos, yo tampoco tengo el gran criterio para opinar sobre canto, aunque reconozco que tengo mis convicciones al respecto y que cuando las expreso lo hago con firmeza, lo que ese concurso necesitaba eran verdaderos maestros de canto cuya experticia pudiera mostrarse de manera profesional tanto en las audiciones como en los programas que se televisarían.

Al final del concurso se llevó a cabo y aunque escogieron al ganador, el programa cayó en descrédito debido a que tardaron demasiado tiempo (más de dos años) en cumplir los premios que habían ofrecido y ni se diga a causa de algunos otros que no cumplieron. Viendo todo en retrospectiva, si yo hubiera participado de jurado en dicho concurso y unos meses después me hubiera enterado de esta falta de ética, me hubiera sentido mal y con vergüenza de haber formado parte.

La crisis de la música cristiana estriba en eso, en concursos de este tipo que quieren apelar a la “vanagloria de la vida”, so excusa que son para levantar una nueva generación de adoradores. A veces pienso que la exposición saturada de los medios cristianos televisivos e Internet que muestran congresos y conciertos cristianos con escenarios estilo Hollywood despiertan en el cristiano aspirante a ser artista un deseo insano de reconocimiento y una ambición por darse a conocer que desde las motivaciones del corazón inicia mal. Vamos, no es que transmitir este tipo de eventos sea un delito o que la fama o la popularidad sean malas en sí mismas, los evangelios dicen que Jesús era una persona cuya fama iba en aumento (Mateo 4:23-24), ¿no? Pero cuando de músicos inmaduros se trata, ver toda esa exposición, despliegue y glamur que rodea a la farándula evangélica se les acelera el corazón, provocando que su apetito por ser reconocidos aumente.

Esta hambre por notoriedad se evidencia, no solo en la publicación desmedida de fotos propias (¿selfitis?) con la que algunos cantantes e integrantes de bandas saturan las redes sociales, sino también en la excesiva publicación de todo lo que hacen ministerialmente hablando. Es decir, lugares que los invitan, conciertos en los que ministran, plataformas desde las que predican, etc. Ahora, con esto no estoy diciendo que compartir sobriamente algunas de esas cosas esté mal, pero allí está la clave, en que se haga sobriamente y, además, en que se haga con la sana intención de informar y no de presumir. Al final el problema estriba en la motivación del corazón, ¿verdad? La cuestión es cómo no dudar de las intenciones de algunos si de tanta selfie que publican de sí mismos dan la impresión que les daría trastorno de ansiedad si no lo hicieran. ¡Cuán distinto era Jesús! Que cuando llevaba a cabo un milagro o una sanidad, le decía a las personas: “ve, pero no se lo digas a nadie” (Mateo 8:4; Marcos 1:43-44).

Como ya dije, el problema escriba en los excesos, excesos que describí en un post de Facebook que titulé: “Cantantes, músicos… ¡dejen de transmitir en vivo mientras adoran!” Allí escribí:

“Con el auge de las redes sociales y las facilidades que estas nos brindan de transmitir cualquier evento o actividad en vivo, he visto a muchos directores de adoración transmitir en vivo mientras dirigen la adoración congregacional. Estoy hablando de que lo hacen desde su iglesia local o cuando cumplen con un compromiso de ministrar en un congreso y donde hay adoración.

Vamos, me estoy refiriendo a cantantes que con una mano sostienen el micrófono y con la otra su smartphone en el momento que “supuestamente” están dirigiendo en adoración al pueblo de Dios y donde sus mentes deberían estar concentradas en el Gran Dios que dicen estar adorando.

¿Qué les pasa señores? ¿Cuándo perdieron la visión de que la adoración congregacional consiste en atraer la atención hacia ustedes mismos o en presumir que están dirigiendo emocionados en vivo? No importa que solo sea un minuto de transmisión, ¡no distraigan a la gente del objetivo supremo de la adoración que es enfocarse en el Señor Jesucristo y no en ustedes y su transmisión en vivo!

Aunque yo no dudo que tengan buenas intenciones al hacerlo, no caigan en la trampa de robarle la adoración al Señor y querer alardear ante sus contactos de Facebook lo grandioso que es dirigir desde una plataforma multitudinaria. La adoracion le pertenece exclusivamente a Dios; por lo tanto, no distraigan a la iglesia de su Novio y no atraigan la atención hacia ustedes mismos y su ministerio ni siquiera un segundo”.

Aunque para mí sería imposible no reconocer el aporte que Marcos Witt hizo a la música cristiana durante la década de los 90´s, desde que sus conciertos comenzaron a parecerse más a conciertos seculares, mi perspectiva sobre su música comenzó a cambiar. Recuerdo la primera vez que en una ministración en vivo presentó a cada uno de sus músicos al estilo de las bandas seculares: “¡y con ustedeeesss!!! ¡Fulano de taaalll!!!”, nombre por nombre y cada uno tocando un solo espectacular ante el auditorio que aplaudía al son de cada mención. En mi opinión, ese tipo de cosas no fueron buenos modelos de hacer ministerio musical ya que muchas bandas de alabanza que eran fervorosas seguidoras de Witt comenzaron a imitarlo incluso durante los servicios de las iglesias. ¡En las iglesias señores! Ya me imagino las caras de los pastores cuando presenciaron ese show, je.

¿Desde cuándo la adoración se hizo para reconocer a los hombres? ¿Desde cuándo la música para Dios tuvo como objetivo la aclamación personal?

Mira, si Witt leyera lo que estoy a punto de decir, es probable que él tenga una justificación a mi señalamiento, pero el hecho de que haya estrechado lazos con el Grammy Latino, aunque pudo haber traído ciertos beneficios a la industria cristiana, no estoy seguro que dichos lazos se hayan traducido en beneficios para el movimiento de adoración que él lideró en los 90´s. ¿Por qué digo esto? Porque yo he escuchado a muchos cantantes y equipos de alabanza luego de grabar alguna producción musical que su sueño más grande es recibir una nominación al Grammy más que cualquier otra cosa. Ahora la meta de muchos ministros de alabanza es el reconocimiento de la industria secular, obtener la aprobación de los expertos en música secular y alcanzar el prestigio de un premio secular. ¿Me estoy dando a entender? Muchos cantantes y músicos cristianos ya no se conforman con cantar o tocar en un grupo de estudio bíblico, con servir en sus pequeñas iglesias locales o con salir a ministrar sobriamente a algunos lugares que los invitan. No, ahora quieren “la gloria, el poder y la honra” que el mundo brinda como si eso fuera sinónimo de éxito ministerial.

Si no me crees que dicho lazo afectó al propio Marcos, yo lo escuché en vivo jactarse en por lo menos tres ocasiones: “aunque otros vendan más discos que yo, ¡yo gano los Grammys!” Y las tres veces los auditorios aplaudieron ante la confesión. Vamos, ¿qué actitud es esa? ¿Por qué la jactancia? ¿Por qué la vanagloria? ¿No dijo el profeta: “si alguien se gloría, que se gloríe en el Señor”?

Recuerdo cuando vino por primera vez la banda guatemalteca “Palabra en Acción” a mi iglesia a mediados de los 90´s. Imaginate, eso fue al inicio del movimiento de adoración en mi país. Y para quienes no lo saben “Palabra en Acción” a inicios y mediados de los 90´s era lo que hoy es “MIEL San Marcos” en la actualidad. Ellos, junto con Miniterios Verbo de Guatemala, y sus primeras producciones cambiaron, literalmente, la adoración congregacional de miles de iglesias.

El asunto es que al inicio del movimiento de adoración las cosas eran distintas, las motivaciones eran otras y las espectativas de las ministraciones diferentes. Esa vez que vino “Palabra en Acción” mi congregación contrató un sonido adicional al que se tenía, se puso todo un set de luces impresionante y se publicitó el evento como un gran concierto cristiano. ¿Qué paso el día del evento? Después de que la banda que les abrió terminó de tocar, al ellos pasar lo primero que pidió el director de adoración fue que encendieran todas las luces del templo y que no se apagaran más. Además, pidió que apagaran todas las luces de colores y dijo: “nosotros no hemos venido a dar un concierto, vinimos a dirigir un tiempo de adoración junto con ustedes”.

Todo mundo se quedó callado. Todos esperaban un show o por lo menos que siguieran la línea de lo que se había venido haciendo durante la primera hora. Pero no, ellos enfocaron a la gente de que la performance no debía distraer sus miradas del verdadero objetivo de la reunión y con eso, le dieron una gran lección a los organizadores de que no cometieran el error de darle más importancia a las cosas de forma que a las de fondo.

¡Qué búsqueda de notoriedad ni qué nada! La música de adoración es para traer gloria al nombre del Señor, no gloria a los nombres de los cantantes o músicos que la ejecutan. Insisto: la música cristiana está en crisis. Y para enmendar el camino no sería mala idea que durante los servicios de adoración dominicales los equipos de alabanza tocaran detrás de una cortina negra para que nadie los viera y así no se sintieran tentados de robarle la gloria a Dios. De paso, eso haría que la congregación pusiera sus ojos en Jesús y no en las habilidades y talentos del ministerio musical.

Claro, esta es solo una idea, al final de cuentas todo radica en la actitud. La actitud de humildad que cada cantante y músico debería cultivar para que Jesús crezca y ellos mengüen.

Continúa leyendo la Sexta parte.

Escribir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Te podría interesar

La crisis actual de la música cristiana (Octava parte)

Ocho áreas en crisis del ministerio musical. Ya