La crisis actual de la música cristiana (Segunda parte)

La crisis actual de la música cristiana (Segunda parte)

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Ocho áreas en crisis del ministerio musical.

La entrada anterior me sirvió para introducir esta serie. Por lo que a continuación expondré algunas crisis que, sumadas en su totalidad, conforman lo que yo llamo “La crisis actual de la música cristiana”. Comencemos:

1. La crisis de la espiritualidad.

Recuerdo la vez que llegué a una vigilia de mi entonces iglesia. Llegué a punto de que comenzara la reunión. Al nomás pasar por la puerta se percibía una atmósfera electrizante. Algo distinto se respiraba en el ambiente. No sé ni cómo describirla… ¿unción? Era una especie de presencia singular que saturaba todo el lugar. Así que al nomás sentarme nos pidieron ponernos de pie para la oración inicial y el resto es historia. El grupo de alabanza ministró toda la noche de forma tan especial que no recuerdo una vigilia cuya ministración de la adoración haya sido tan poderosa como esa.

Unos días después me enteré de que el equipo de alabanza había pasado dos horas en la presencia de Dios orando e intercediendo por la reunión. Y esa vez no fue la excepción. En ese entonces eran un equipo de alabanza que se caracterizaba por cierta fama de orar mucho tiempo. ¿Habrá tenido alguna relación el tiempo de oración previo que ellos tuvieron detrás de la plataforma con lo que sucedió durante la vigilia? Seguramente. ¿No dijo el Señor: “y tu Padre que te ve en lo secreto, te recompensará en público”?

Con el tiempo yo llegué a formar parte de dicho ministerio de alabanza. Un día algunos integrantes me escucharon cantar de forma informal con unos amigos de la iglesia y me invitaron a participar de los ensayos. Yo estaba emocionado. El ministerio de adoración que tanto admiraba me invitaba a que me uniera.

Y efectivamente, cada ensayo comenzaba con oración, con profunda oración. Es más, lo ensayos no eran ensayos, aunque sí se pulían algunos detalles musicales realmente cada canción que se cantaba y se tocaba se hacía de forma tan real y tan efusiva que era como que si estuviéramos ministrando ya durante el servicio del domingo. Iniciábamos con oración y terminábamos postrados en adoración. No ensayábamos, adorábamos. ¡Y pum! Muchas veces terminábamos rostro al suelo derramando lágrimas y adorando profundamente al Señor.

Fue una etapa del ministerio de alabanza de mi entonces iglesia verdaderamente memorable.

Con el tiempo el líder principal del ministerio se comenzó a ausentar. Su trabajo lo estaba acaparando demasiado al punto que cada vez más delegaba en otros la responsabilidad. Mientras perdíamos su liderazgo, simultáneamente se fue deteniendo el ímpetu por la oración. Aunque orábamos, ya no orábamos como antes. Y los ensayos se fueron convirtiendo realmente en ensayos. Lo técnico fue substituyendo lo espiritual y el profesionalismo el espíritu de búsqueda. Es más, hasta los pastores comenzaron a notar nuestra frialdad, los servicios de adoración no eran igual y uno de ellos hasta especuló: “quizá el respaldo de Dios para este ministerio estaba sobre Fulano (el líder ocupado que ya no podía llegar), no necesariamente sobre los demás”.

¡Ops!

En los meses y años siguientes las cosas fueron empeorando al extremo que los valores del ministerio fueron cambiando. Por ejemplo, se le permitió entrar a un par de músicos que recién se habían convertido a Cristo. Vamos, eran buenísimos, pero recién habían nacido de nuevo y no poseían la madurez para el puesto. Al poco tiempo uno de ellos hasta se convirtió en el director musical de todo el ministerio. Ya en ese momento la oración quedó relegada. Orábamos la oración inicial, fría y mecánica, de allí nos dedicábamos solo a ensayar. Ya no había pasión, todo se centraba en la perfección musical. El colmo llegó cuando invitaron a tocar a un músico que no era cristiano para que nos acompañara en los servicios del domingo. Cuando yo vi eso me asusté, me salí del ensayo y le dije a uno de los líderes: “¡oye! ¡Eso no está bien!” A lo que él respondió: “vamos Noel, ¿que no ves que él va a tocar de todo corazón?”

Para hacer de una historia larga, una corta, aunque hubo intentos de retomar el espíritu que caracterizó al ministerio unos años antes, no pasó mucho tiempo cuando más de la mitad del ministerio terminó rebelándose contra los pastores y el liderazgo de la iglesia avisándoles que en una fecha específica sería la última vez que ministrarían desde la plataforma. A partir de allí tendrían que contar con otro ministerio musical si es que querían música durante los servicios.

El día llegó y ellos no volvieron a tocar más. Claro, quienes no nos rebelamos formamos una nueva banda para apoyar los servicios de la iglesia y comenzar todo de nuevo.

¿Por qué te cuento esta anécdota? Porque así comenzaron muchos ministerios de alabanza a inicios y mediados de los noventas en toda Latinoamérica. El nuevo mover musical de aquel entonces era tan intenso y a la vez, tan fresco que miles y miles de jóvenes se motivaron a conformar equipos de alabanza en sus iglesias locales con el fin de contribuir en la restauración de las artes de sus congregaciones.

El deseo de muchos cantantes y músicos por servir al Señor de forma significativa y de contribuir a la expansión del Reino de Dios era tal, que prácticamente no había iglesia evangélica que no tuviera una banda de adoración ensayando y cantando cada domingo la nueva adoración que inundó como un río las iglesias del continente.

El problema fue que olvidamos que la famosa “restauración de la alabanza” consistía más en la “restauración del adorador” que en la restauración de la música. Sin una vida interior en permanente restauración, el ministerio musical no permanecería en constante renovación.

¿Cómo es la música en nuestras iglesias en la actualidad? ¿Qué caracteriza a los ministerios de alabanza de hoy en día? ¿Será su espíritu fervoroso de oración, estudio de la Palabra y búsqueda de la santidad o un afán empedernido por lo técnico, estético y la performance?

La crisis de la música cristiana es tan grave que lo que nos caracteriza hoy en día no es la búsqueda de Dios, en palabras de John Burton: “muchos de los líderes de alabanza y músicos están subiendo a la plataforma los domingos por la mañana después de decir juntos una casual y corta oración, y a menudo después de haber pasado muchos días sin orar. Muchos vienen de pasar una noche de sábado llena medios de comunicación y de películas impías. Otros están luchando en secreto con pecados, mientras que otros ya ni siquiera están luchando. Están abrazando un estilo de vida pecaminoso de todo corazón”.

¿Y los ministros musicales itinerantes? ¿Qué decir de los cantantes y bandas que suelen salir a tocar a otras iglesias e incluso que viajan a otros países? En un buen porcentaje de casos la prioridad de ellos al arribar a los lugares donde ministrarán es asegurarse de que se les proporcionará una adecuada prueba de sonido, a veces de varias horas, y por supuesto, que les pongan la respectiva mesa donde pondrán su música a la venta. Yo no digo que ambas cosas sean malas en sí mismas ni tampoco que todos tengan una vida espiritual fría; sin embargo, la pasión por la intercesión no es el distintivo de los cantantes y músicos itinerantes. ¿O te has enterado de alguno de ellos que al llegar al aeropuerto le hayan dicho al pastor u organizador del evento: “¡oiga hermano! ¿Dónde está el ministerio de intercesión de esta iglesia? ¡Nos encantaría reunirnos con ellos para orar una hora antes de subir a ministrar! ¿Cree que los podemos convocar?” O por lo menos, ¿has conocido algún ministerio musical que llegue anticipadamente al evento o iglesia que los invitó que se reúnan como banda, no a orar una corta oración, sino a que juntos como banda oren junto a los organizadores para interceder intensa y prolongadamente y así Dios se glorifique?

Probablemente no.

Pero qué pasa, tanto los músicos itinerantes como los que no, son los más apáticos para la oración. Sé que estoy generalizando, ¿ok? Así que si tú o tu ministerio de alabanza verdaderamente son gente de oración, vamos, no hagas caso a mí señalamiento. Yo sé que existe un remanente fiel de cristianos con dones artísticos que aman la presencia de Dios y tienen vidas disciplinadas de oración. Pero si tú y tu ministerio caen en el señalamiento que estoy haciendo sabrás de primera mano que muchos cantantes y músicos reflejan poca pasión al momento de orar durante los ensayos, en los propios servicios dominicales y ni se diga cuando la iglesia convoca a ayunar. ¡Cómo será entonces la vida de oración secreta de ellos si la pública refleja una apatía impresionante!

Mira, el ministerio musical es un ministerio de oración, ¿lo sabías? Revisa el libro de los Salmos y verás que la mayoría de poemas son oraciones que se presentaron delante de Dios y que en un momento dado se compilaron. Los Salmos son las oraciones de los salmistas que reflejan su vida ferviente de clamor y comunión con Dios. Por eso, aunque solo se cuentan con 150, estos son los más representativos de los miles (literalmente) que se compusieron. Digo “miles” porque en descubrimientos recientes, por ejemplo, en Qumram, se encontró evidencia textual que afirma que solo el rey David había escrito 4005 Salmos. ¿4005? ¡Wow! ¿Cuántos entonces escribió Salomón? ¿Cuántos habrá escrito Asaf, los hijos de Coré y demás? Mi punto es que los Salmos de la Biblia en su mayoría son oraciones elevadas a Dios que proyectaban la intensidad emocional con la que se relacionaban con Dios y enfrentaban las circunstancias de la vida.

Los salmistas de antaño oraban mucho, clamaban mucho y pasaban mucho tiempo en la presencia de Dios. ¿No dijo David:Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz” (Salmo 55:17)? Según este texto, David tenía una vida de oración como la del profeta Daniel (ver: Daniel 6:10). Es decir, los salmistas eran hombres de oración y su don de componer emanaba de dicha vida de comunión con Dios. Sus oraciones más relevantes son las que se agruparon para conformar el libro de los Salmos y ahora nosotros podemos leer, reflexionar y hasta usar para nuestras devociones diarias.

¿Lo ves? El ministerio musical de los salmistas del Antiguo Testamento fluía de un ministerio de oración consolidado y el libro de los Salmos es un atisbo de su fervor espiritual.

Lo mismo debería suceder hoy, ¿no crees? Las canciones que escribimos no deberían ser simples composiciones que fluyen de una mente que sabe tejer letras y confeccionar melodías, sino de una vida apasionada de oración que energice la capacidad creativa del compositor y entonces este escoja de entre todas sus oraciones las más representativas para cantarse en público o grabarse en una producción. Si las canciones son oraciones cantadas, esto significa que las canciones deben ser producto de la vida secreta en el Señor.

Lo que es cierto para las canciones que son oraciones, debe serlo para las canciones que son predicaciones. Hay cantantes y bandas cuyas canciones no son precisamente oraciones que se elevan al Señor, sino mensajes puntuales que se predican compactamente a una audiencia. En este tipo de casos, quienes ministran de esa forma, se convierten en predicadores por default. Y qué mejor que la oración para catapultar su ministerio de predicación. ¿O hay una forma mejor? ¿Conoces una superior? Dime, ¿conoces a predicadores o evangelistas que no sean poderosos en la oración y cuyos ministerios no surtan impacto? Probablemente sí, pero el predicador verdaderamente sometido a la voluntad de Dios inexorablemente será alguien que depende de su comunión con él para lograr un impacto espiritual en quienes lo escuchen.

El ministerio de la predicación siempre ha sido catapultado por el ministerio de la oración. ¡Siempre! Sea que prediques un sermón hablado o prediques un sermón cantado, cultivar una vida de intercesión es indispensable para que tu música salga de la crisis en la cual está. Mira, sal de la crisis espiritual en la que tú te encuentras por la poca o nula vida de oración y tu ministerio musical también lo hará.

Continúa leyendo la Tercera parte.

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