Lecciones prácticas de la primera canción de la Biblia.

Recuerdo dos pensamientos que vinieron a mi mente el día que mi amigo Orlando Hernández comenzó a incursionar en el mundo de la composición. Desde que Orlando y yo nos conocimos, a los 16 años de edad, nos hicimos muy buenos amigos y servimos juntos en el ministerio de alabanza. Yo siempre valoré su amistad y admiré su talento, pero cuando escuché sus primeras canciones, no me pregunten por qué, decidí adoptar dos formas de pensar…

La primera: “Si alguna vez llego a escribir mis propias canciones (como Orlando)… ¡Jamás las cantaré!” ¿Por qué? Porque pensaba que iban a ser tan feas que ni a mi mismo me iban a gustar, jeje. Y segundo: “Si alguna vez llego a componer jamás diré ante una congregación: ´¡Hermanos! ¡Quiero compartir con ustedes esta alabanza que Dios me dio!´ “  No sé, en ese entonces me incomodaba que los cantantes dijeran eso. Para mí quien se expresaba así era un ´religioso´. “¡Cómo es eso que Dios da canciones eh…” juzgaba, “… si ellos mismos se las inventan!”

Mis dos maneras de pensar cayeron aplastadas en tierra cuando unos años después comencé a escribir mis propias canciones. Cuando compuse mis primeras la verdad es que sí me gustaron y también comprobé que Dios las puede inspirar. Paréntesis: Si quiere leer un poco más sobre algunas de mis experiencias de composición le invito a leer la serie: La aventura de componer, que escribí recién iniciado el blog. ¡Cierro paréntesis! Bueno, un par de años después de introducirme en todo esto de escribir canciones tuve una experiencia que me demostró que verdaderamente Dios da canciones.

Sucedió un Miércoles por la noche mientras realizaba mi devocional personal. En ese entonces siempre lo hacía a las 9:00 p.m. Ese día que estaba orando el Espíritu Santo (y mi conciencia) me impulsaron a tener un tiempo de arrepentimiento por algunas cosas en las que había desobedecido al Señor. Después de algunos minutos arrepintiéndome de corazón y rogando por una nueva oportunidad, sentí una sensación muy especial. No sé cómo describirla y no sé si alguien pudiera, pues muchas de las cosas que uno experimenta en oración podrían catalogarse como subjetivas; sin embargo, no puedo negar lo que sentí, experimenté un gran alivio y como si me hubieran quitado una carga de encima. Claro, todo producto de haberme confesado delante de Dios. En ese momento, mientras seguía de rodillas, con actitud de agradecimiento comencé a adorar al Señor y a entonar una melodía, además, vinieron a mi mente algunas frases del Salmo 32, un salmo de arrepentimiento, y continué adorando sin que me importara el tiempo. Dentro de todo lo que decía sobresalía una melodía muy especial y palabras como: “Me has perdonado de mis pecados/Me has rodeado con cánticos de liberación/Me alegraré en ti, me gozaré en ti/Y cantaré en medio de los rectos de corazón”. Mientras seguía adorando me percaté que realmente lo que fluía de mí era algo hermoso y que las palabras casaban con la melodía. En ese momento lo único que pude intuir era que Dios estaba poniendo un cántico en mi boca. Me sorprendí por lo que brotaba de mi corazón y fluía de mis labios. Después de un par de horas de haber iniciado esta expresión espontánea de adoración logré terminar de escribir la canción completa, con su Estrofa, Coro y Puente. Le puse por título: “Me alegraré en ti” y si Dios lo permite será la canción que titulará mi primer disco de alabanza y adoración (escúchela aquí). ¡Lo sé! Llevo bastante tiempo y no aún no lo termino. ¡Paciencia hijos! ¡Paciencia!

Bueno, el sábado siguiente tenía ensayo con el equipo de alabanza de mi iglesia y les conté lo que me había pasado mientras oraba. Les dije que algo inusual me había ocurrido y que sentí como si Dios me hubiera inspirado una canción. Cuando se las mostré se quedaron sorprendidos y les gustó tanto que, ¡por primera vez!, pude cantar una canción mía con ellos ante la congregación sin necesidad de rogarles y rogarles que lo hicieran, cosa que siempre hacía y me frustraba en gran manera. Pero esa vez no, fue distinto, por iniciativa de ellos la comenzamos a ensayar y la siguiente semana la cantamos en la reunión dominical. La reacción de la iglesia fue extraordinaria. A todo mundo le gustó. Aunque ya pasó algún tiempo de eso aún me encuentro con hermanos que me dicen: “¡Hey! ¡Aún me acuerdo de esa canción!”

Fue a través de “Me alegraré en ti” que comprendí que Dios realmente puede inspirar canciones.

Esto de que Dios inspira canciones no es algo nuevo, viene de miles de años atrás. Está avalado por las Escrituras y no contradice ninguna doctrina bíblica. El Antiguo Testamento nos da un ejemplo brillante sobre este hecho. Resulta que al final del libro de Deuteronomio y antes de que el pueblo de Israel entrara a la Tierra prometida, Dios invitó a Moisés a subir a un monte para que viera desde allí todo cuanto el pueblo iba a poseer. Cuando ambos conversaban el Señor le dio la triste noticia de que no entraría junto con ellos: “He aquí se ha acercado el día de tu muerte… vas a dormir con tus padres, y este pueblo se levantará y fornicará tras los dioses ajenos de la tierra adonde va para estar en medio de ella; y me dejará” (Deuteronomio 31:14, 16), como diciéndole: “¿Sabes qué Moisés? ¡Lo siento! No vas a entrar a la Tierra prometida. Y lo que es peor, quienes entren se apartarán de mí”. En ese preciso instante el Señor añadió (por favor lea todo el texto):

Ahora pues, escribíos este cántico,
y enséñalo a los hijos de Israel;
ponlo en la boca de ellos,
para que este cántico me sea por testigo
contra los hijos de Israel.
Porque yo les introduciré en la tierra
que juré a sus padres, la cual fluye leche y miel;

y comerán y se saciarán, y engordarán;
y se volverán a dioses ajenos y les servirán…
Y cuando les vinieren muchos males y angustias,
entonces este cántico responderá
en su cara como testigo,
pues será recordado por la boca de sus descendientes;
porque yo conozco qué se proponen de antemano,
antes que los introduzca en la tierra que juré darles…
Y Moisés escribió ese cántico aquel día,
y lo enseñó a los hijos de Israel…
Y cuando Moisés acabó de escribir
las palabras de esta ley en un libro hasta concluirse…
Dio órdenes Moisés…
Congregad a todos los ancianos de vuestras tribus,
y a vuestros oficiales,
y hablaré en sus oídos estas palabras…
Entonces habló Moisés a oídos

de toda la congregación de Israel
las palabras de este cántico hasta acabarlo.
Escuchad, cielos, y hablaré;
y oiga la tierra los dichos de mi boca.
Goteará como lluvia mi enseñanza;
destilará como el rocío mi razonamiento;
como la llovizna sobre la grama.
Y como las gotas sobre la hierba;
porque el nombre de Jehová proclamaré.
Engrandeced a nuestro Dios…
Vino Moisés y recitó todas las palabras
de este cántico a oídos del pueblo,
él y Josué hijo de Nun.
Y acabó Moisés de recitar
todas estas palabras a todo Israel;
y les dijo: Aplicad vuestro corazón
a todas las palabras que yo os testifico hoy,
para que las mandéis a vuestros hijos

a fin de que cuiden de cumplir
todas las palabras de esta ley.
Porque no es cosa vana, es vuestra vida,
y por medio de esta ley haréis prolongar vuestros días
sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán
para tomar posesión de ella.
Deuteronomio 31:19-21, 22, 24-25, 28, 30; 32:1-3, 44-47.

Sí, lo sé, puse un pasaje bien largo, pero lo importante aquí es notar algo que ya mencioné, que sí, que Dios da canciones. El Señor inspiró a su siervo para que escribiera un cántico y luego éste lo mostró a todo el pueblo. Una cosa más: si se fija bien, esta es La primera canción que nos hablan las Escrituras que Dios inspiró a un hombre, Moisés. Por supuesto, han de haber habido otras que sus siervos escribieron, pero no donde el texto bíblico diga explícitamente que fue Dios quien dictó una canción a un compositor como lo es en este caso. En este sentido, el contexto que rodeó la escritura de esta canción y las palabras mismas del cántico nos brindan algunos principios importantes para todos aquellos que estamos escribiendo o estamos por escribir nuestras primeras canciones.

Primero: Dios es el principal interesado en que escribamos canciones.

El texto dice que el Señor le dijo a Moisés: “Ahora pues, escribíos este cántico…” (Deuteronomio 31:19). Francamente mi cabeza jamás hubiera imaginado que a Dios le interesaba el ministerio de la composición. ¡Jamás! Pero este texto dice que sí y por eso le ordenó a Moisés que tomara papel y lápiz para escribir. Si la composición no tuviera relevancia en la vida de su pueblo el Señor le hubiera dicho a Moisés: “Ahora toma papel y lápiz y escribe un sermón”. Pero no, en este caso particular le dijo que tomara nota del la canción que le iba a dar. Si lee de nuevo el pasaje de Deuteronomio (sí, ese largo de allá arribita) notará que el propósito de Dios con que Moisés escribiera tenía fines didácticos. La canción que él le dio tenía como meta que el pueblo recordara en el futuro que tenían que volverse a Dios y arrepentirse de su idolatría. Es decir, el cántico sería un instrumento de reflexión.

Si se fija bien, el poder de una canción no sólo reside en el mensaje que transmite, sino en la facilidad con que permite memorizar un mensaje. Las melodías son pegajosas, nos gustan y las podemos entonar por horas durante días. Una vez leí que en el tiempo de la Reforma los enemigos de Martín Lutero decían: “Él pervierte más a la gente con sus himnos que con sus sermones”, pues el pueblo andaba en todas partes cantando el evangelio. ¿Lo ve? Las canciones son pegajosas y son excelentes instrumentos educativos. Recuerde que una melodía no viene sola, siempre va acompañada de palabras y frases que juntas forman oraciones que hablan a la mente y al corazón del hombre. Por eso, hay ocasiones que una canción de cuatro minutos puede hablar más a la vida de alguien que un sermón de cuarenta minutos.

Además de su mensaje, una canción puede conmover el corazón más duro del planeta. Las frases poéticas, las figuras melódicas y el acompañamiento musical que conlleva un cántico sensibilizan el alma y la inducen a reflexionar acerca de lo que está escuchando. En este sentido, una canción no sólo educa, sino que tiene el poder de conmover las fibras más íntimas del ser. Cuando eso sucede es cuestión de tiempo para notar como la actitud y la conducta de un individuo cambia. ¿Por qué? Porque los humanos hacemos lo que pensamos y lo que sentimos. Y cuando eso pasa actuamos en pos de aquello que escuchamos. Las canciones nos hacen pensar, sentir y actuar. ¡Y Dios sabe eso! Él conoce el tremendo potencial que tiene una canción. Por eso nos llama a escribirlas e inundar el mundo con ellas, porque si nuestras canciones llevan consigo los pensamientos de Dios (su Palabra) provocaremos que miles piensen, sientan y actúen conforme a su voluntad.

Definitivamente Dios está interesado en el ministerio de la composición y nos invita a componer canciones así como Moisés escribió la suya.

Continúa…

PREGUNTAS PARA LOS LECTORES DEL BLOG: ¿Alguna vez había leído los capítulos 31 y 32 de Deuteronomio con detenimiento y reflexionado que Dios da canciones? ¿Qué piensa de la expresión: ´Dios es el principal interesado en que escribamos canciones´?