La unción del gallo (Segunda parte)

La unción del gallo (Segunda parte)

- en La unción del gallo
2281
1


La unción del galloLa importancia de la unción del Espíritu.

En la entrada anterior comencé a compartir algunas ideas basadas en lo que el pastor Víctor Garduño, del ministerio “Llamada final”, de México, enseñó durante una predicación y que posteriormente me amplió cuando me acerqué a él. Aunque la idea de “la unción del gallo” es un tanto graciosa, tiene mucho de verdad. Como dijo hermano Víctor: “El gallo cantó y Pedro fue quebrantado, muchos ministros de alabanza cantan hoy y no pasa nada. ¡Necesitamos la unción del gallo!” A continuación comparto algunos pensamientos más basados en esa creativa ilustración.

3. El gallo cantó lo que el Señor le dijo que cantara.

Que el galló cantó, cantó. Eso lo sabemos. La pregunta es: ¿Qué cantó? Je.

Hace un par de años estuve en Panamá y asistí al concierto de cierre de COICOM 2008. Estaba sentado a la par de mi amigo Fernando Solares, que cantaría esa noche, y se me ocurrió preguntarle: “¿Cómo decides qué canciones cantar en un lugar así?” “No lo sé…» respondió, «Pero siempre le pido al Espíritu Santo que me guíe”.

Como cantantes y músicos, ¿no deberíamos emular dicha actitud? ¿No deberíamos esforzarnos más en buscar la voluntad del Señor en cuanto a este tipo de cosas? Claro, no exagerando la búsqueda creyendo que veremos una visión o siempre oiremos una voz que diga: “Canta esto…” No, pero cuando nos toque preparar nuestra lista de cantos deberíamos humillarnos ante Dios y solicitar su dirección. El Señor valora dicha actitud.

Como mencioné en la serie de cómo elaborar listas de cantos hay algunas formas de discernir la voluntad de Dios al respecto: consultando al pastor, escuchando al Espíritu durante nuestro devocional, discerniendo el sentir genuino del corazón, etc.

Si un cantante se mueve en una vida firme en el Señor (orando a diario, estudiando las Escrituras, congregándose fielmente), podría experimentar esa guía sobrenatural en su interior cuando le tocara ministrar la alabanza. Recuerdo la vez que un amigo me contó lo que pasó en una reunión donde ministró Tommy Walker, compositor de: “Él ha cambiado mi lamento” y “Cristo, yo creo en ti”, entre otros.

Mi amigo estaba participando de un congreso de liderazgo en EE.UU. y esa noche ministraría Tommy. Durante todo el día habían estado escuchando plenarias, participando de talleres, tomando notas, compartiendo con otros asistentes, etc. ¡Un día agotador! Cuando llegaron a la reunión de la noche todos estaban cansados. Cuando pasó Tommy dejó a un lado su lista de cantos y les dijo a todos: “Esta noche ustedes no van a cantarle a Dios… ¡Él va a cantarles a ustedes!” Y comenzó a cantar melodías espontáneas con mensajes de fortaleza y confortamiento. Además ministró necesidades específicas de los asistentes al punto que a los treinta  minutos todos estaban de pié con nuevas fuerzas. Al ver el ímpetu de la gente Tommy les dijo: “¡Ahora sí! ¡Vamos a cantarle nosotros al Señor!” Y los dirigió en un tiempo de adoración que según mi amigo fue inolvidable.

Ese tipo de guía es la que debemos aprender a discernir, que si bien esto no significa que profetizaremos siempre en cada reunión, sí podemos experimentar el sentir del Espíritu de cantar canciones específicas que él ponga en nuestra mente y variar un poco la lista de cantos para seguir el río.

¿Qué cantó el gallo aquella noche? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que cantó lo que el Señor dijo que cantara.

4. El gallo cantó y Pedro recordó las palabras del Señor.

El texto dice: “El gallo cantó. Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la Palabra del Señor” (Lucas 22:60-61).

Amigos cantantes, músicos y compositores, no olviden que nuestras canciones deben estar saturadas de la Palabra de Dios. Que aunque no sean necesariamente cantos textuales de las Escrituras sí deben estar basados en la sana doctrina. Lo que el pastor hace al predicar su sermón es exponer las Escrituras ante la congregación, ¿no es cierto? Por lo tanto, nosotros también predicamos por medio de nuestras canciones. Las canciones son el medio a través del cual le recordamos a la gente las palabras del Señor.

Usted lo sabe, no hay nada más poderoso que la Palabra. Nuestras palabras son nuestras palabras, pero la Palabra de Dios es la Palabra de Dios. ¿No dice Hebreos 4:12 que “la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”?

Me impresionó mucho la vez que Brisa Nocturna publicó lo siguiente en su blog: “Canciones de la noche”. Francamente solo la conozco por su pseudónimo, pero en esa ocasión compartió una experiencia relacionada a cómo la Palabra puede «penetrar el alma y el espíritu, las conyunturas y los tuétanos» durante el tiempo de adoración. Ella escribió:

“Las notas del viejo piano resuenan en mi mente. Una melodía lenta hace eco dentro de mi corazón, y el himno antiguo se escucha más alto por momentos. El olor de los bancos, ese olor a madera gastada y reparada una y otra vez, se mezcla con el aroma de las hojas casi desechas de los himnarios.

“¿Quién me puede dar perdón?… Solo de Jesús la sangre… ¿Y un nuevo corazón?… Solo de Jesús la sangre”.

Repito la letra con toda la desesperación de mi alma inquieta, mis lágrimas caen en el piso. Yo conozco cada una de las losas, las he contado tantos domingos. ¿Cuántos domingos he estado ahí? ¿Cuántas noches largas y cuántas mañanas apretadas? Pero ya nada cuenta, porque estoy preguntando como si fuera la primera vez que estoy en ese lugar. Y el frío de la soledad que me envuelve hace que grite y me enfrente ante esa necesidad que me consumía sin reparos.

La sangre. Caí, atisbando con las manos tanto misterio, tocando el torrente de gracia que no cesa, dolor de dolor, vida que muere y vuelve a la vida. La música es punzante dentro de mí, la sangre que me desconcierta y lava.

“Precioso es el raudal que limpia todo mal… No hay otro manantial… Solo de Jesús la sangre”.

Yo te acepto, yo te entrego todo esto que soy, me entrego… ¡Oh, yo te acepto!… Hago de tu cruz lo que quiero, ahora soy solo alguien rescatada, salvada y arrastrada por esa misericordia que me silencia» (1).

Ese tipo de cosas suceden cuando hay un ministerio de adoración ungido. El apóstol Pablo lo describió muy bien en su carta a los corintios: “Pero si uno que no cree o uno que no entiende entra cuando todos están profetizando [entiéndase: ministrando], se sentirá reprendido, y los secretos de su corazón quedarán al descubierto. Así que se postrará ante Dios y lo adorará, exclamando: ¡Realmente Dios está entre ustedes!” (1 Corintios 14:24-25).

¿Queremos un ministerio que impacte de ese modo? Cantemos la Palabra, cantemos con unción.

5. El gallo cantó y Pedro fue quebrantado.

Lucas dice: “Y Pedro se acordó de la palabra del Señor que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente” (Lucas 22:61-62).

Aunque estoy ampliando las ideas del hermano Víctor con relación al concepto de “la unción del gallo”, vamos, yo sé que usted está entendiendo lo que estoy compartiendo. Es un desafío vivir de forma tal que cuando ministremos nuestras canciones pasen cosas especiales en el corazón de la gente.

Recuerdo la vez que escuché cantar por primera vez a mi prima Marie. Ella está casada con mi primo Melvin. Melvin es un evangelista muy usado por el Señor que ministra en muchas iglesias de California. Cuando vinieron a El Salvador hace algunos años yo les armé una agenda de predicaciones. Eso sí, Melvin me dio una firme indicación: “En todos los lugares donde esté necesito que Marie cante antes de yo pasar”.

La verdad es que no entendí la razón de por qué  para él era importante ese detalle, simplemente pensé que era una forma de honrar el ministerio de su esposa. ¡Qué va! Esa no era la razón. Cuando Marie se paró sobre cada plataforma que la vi ministrar y comenzó a cantar, literalmente la atmósfera cambiaba. No había llegado al coro de la canción cuando se veían lágrimas rodando en algunos de nuestros rostros. Al finalizar el primer coro, o sea, a la mitad de la canción, muchos comenzaban a aplaudir sin que nadie les dijera mientras que otros alzaban sus manos en alto adorando al Señor. Era la unción del Señor tocándonos a todos. ¡Imagínese qué pasaba cuando terminaba de cantar! En algunos lugares nadie podía quedarse sentando ante la presencia del Espíritu en el salón. La gente en pié porrumpía en aplausos y alabanzas espontáneas. ¡Tremendo!

Francamente muy pocas veces he visto a alguien ministrar con esa unción.

¿Sabe usted quién es Marie? No. ¿Sabes usted quién fue el gallo que cantó la noche de la negación de Pedro? ¡Tampoco! Usted no tiene que ser conocido para que la unción del Espíritu repose sobre usted. Ni siquiera debe haber grabado un disco o producido un video musical, es cuestión de consagrarnos a una búsqueda diaria e intensa del Señor para que él nos conceda la gracia de usarnos en el canto.

Quiera Dios que seamos desafiados a desarrollar un ministerio ungido como el que el hermano Víctor Garduño me describió al hablar de “la unción del gallo”.

Noel Navas.

Notas:

(1) Tomado del blog: «Canciones de la noche», actualmente cerrado.

1 Comentario

  1. Dios los bendiga!! y permitame me rrio jajajajajajajajajajajajajajajajaja nooo es buurla eees gooozo!!! que increible artiiculoo!! me a llenado de tantp goozo que lo partiire con mis amiigos lideres d alabanza!!
    DIOS SIGA DERAMANDO BENDICIONES EN SUU VIIDA!!

Escribir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Te podría interesar

¡Adquiere «100 canciones con versos cuestionables»!