Lo que siempre quise y nunca pude decir sobre el don de profecía (Décima parte)

Lo que siempre quise y nunca pude decir sobre el don de profecía (Décima parte)

Como toda mi vida he asistido a iglesias de las Asambleas de Dios, he estado acostumbrado a ver profetizar en público en alguno que otro servicio de adoración. No siempre, pero una o dos veces al año lo he presenciado. Eso sí, jamás he visto a nadie que, profetizando a viva voz y en medio de una congregación, haya dicho un disparate. ¡Jamás! ¿Qué han dicho esas veces que se ha profetizado? ¿De qué han tratado esas profecías? Prácticamente corresponden a lo que he venido hablando, son profecías que calzan perfectamente con la descripción de Pablo en 1 de Corintios 14:3: “edificación, exhortación y consolación”. Claro, la mayoría, antes de emitir la profecía han sido precedidas de lenguas y entonces se ha profetizado. A veces son pasajes breves de la Escritura parafraseados con una explicación muy puntual y específica, pero en un tono emotivo y como si Dios mismo estuviera hablando. Supongo que de allí proviene el valor y la convicción de quienes se ponen de pie y comienzan a hablar efusivamente. Porque, vamos, se requiere mucho valor para tomar dicha iniciativa. Entonces, como quienes lo hacen están convencidos de que el Espíritu Santo los está empujando a que le hablen a la iglesia congregada o a algunos individuos que están allí, se ponen en pie y profetizan.

Siempre que he visto profetizar ha sido durante el tiempo de adoración o de intercesión. Nunca he visto que alguien con don de profecía interrumpa un sermón, pero sí cuando la iglesia está cantando una balada de adoración u orando. En ese momento, alguien entre el auditorio comienza a alzar la voz más que los demás y todo mundo comienza a bajar su propia voz para concentrarse en escuchar. En toda mi vida —dos ocasiones—, lo que han dicho ha calado en mi corazón y me he sentido conmovido por las cosas especiales que dijeron, pero la mayoría de las veces que he visto profetizar, simplemente no ha sido para mí. En otras, al emitirse la profecía, he visto a un par compungirse y quebrantarse en llanto. Supongo que la palabra que se dijo les caló a ellos.

Hace varios años, me invitaron a dirigir la adoración en los servicios de la mañana de Iglesia Cristiana Elim, aquí en San Salvador. Si tú no sabes quiénes son ellos, es la iglesia cristiana más grande de Latinoamérica. Entre 150 mil y 180 mil miembros solo en El Salvador. En su libro Elim, La apasionante historia de una iglesia transformando una ciudad para Jesús, Joel Comiskey —experto en iglecrecimiento y movimiento celular— ha documentado el motivador testimonio de esa congregación, su extraordinario movimiento de grupos en casa y su poderoso ministerio de oración e intercesión. Generalmente, cuando hablamos de iglesias de corte calvinista, de inmediato pensamos que son “cesacionistas”; sin embargo, Iglesia Cristiana Elim es calvinista, pero de corte pentecostal. “Continuista” —si deseas llamarla así.

Esa vez que dirigí la adoración durante los tres servicios de la mañana, los cultos estaban repletos. Que yo sepa, caben unas 5 mil personas sentadas, así que ese día me sentía un tanto nervioso. No porque fuera a darme pánico escénico, sino que estaba experimentando ese nerviosismo combinado con la emoción adorar frente a todos. Cuando me anunciaron, pasé al frente, canté algunas canciones de alabanza que yo había compuesto y cuando comenzamos a cantar las más lentas, se escuchaba a toda la congregación cantar. ¡Wow! Tú tendrías que asistir a esa iglesia, no solo para escucharlos cantar, sino también para escucharlos orar. Por mi experiencia, Elim no es como otras iglesias que oran en silencio o que solo ves a unos cuantos orar. ¡Qué va! Cuando en Elim oran se oye un murmullo de oración muy, pero muy especial. No están gritando ni vociferando, es un murmullo de oración que te conmueve. Cuando los escuchas, estás oyendo a hijos de Dios ansiosos por estar en comunión con su Padre y he ahí por qué notas en sus rostros y expresiones mucho fervor. Pocas iglesias he visto orar como ellos. Nadie les dice que estén de pie, que alcen su voz ni sus manos. No, ellos tienen la iniciativa suficiente para llenar el auditorio de sonidos de sentidas oraciones.

Volviendo al momento en que estábamos cantando, de repente, antes de que me tocara entregar el micrófono, una voz de entre la congregación comenzó a sobresalir. Imagínalo, 5 mil personas y alguien comienza a orar en lenguas más que todos los demás. Si tú sabes qué es eso, comprendes que alguien está a punto de profetizar. Así que todo mundo comenzó a orar más suave y ¡pum!, “¡así dice el Señor!” y comenzó a dar una palabra que calzaba perfectamente en “edificación, exhortación y consolación” (1 Co. 14:3). Era una palabra de ánimo, dicha con convicción y con mucha autoridad. Cuando esa persona dejó de hablar, otro en el auditorio comenzó a profetizar tal cual hizo la primera, pero esta vez su voz se oía quebrantada, pero su tono era muy afectuoso. Al finalizar esta segunda, se levantó una tercera que hizo lo mismo. Fíjate, no fueron profecías que anunciaban una futura catástrofe, que se aproximaba un terremoto y mucho menos, que el volcán de San Salvador haría erupción. ¡Nada de eso! Eran palabras de consuelo, estímulo y motivación a seguir fieles en el Señor y a que como hijos cumpliéramos la misión.

En otra ocasión estuve en otra iglesia —no recuerdo el nombre— que permitía profetizar, pero de manera diferente. No permitían profetizar de forma espontánea o que interrumpieran el tiempo de oración. Si alguien hacía eso, los ujieres estaban entrenados para acercarse a estos hermanos para pedirles que bajaran el tono y allí mismo les explicaban la dinámica que como iglesia implementaban. ¿Cuál era la dinámica? Que si alguien sentía de Dios emitir una profecía, los pastores habían instruido a la iglesia a que se acercaran a un par de ujieres que estaban posicionados en los extremos del frente del auditorio y les compartieran lo que sentían que quería decir el Espíritu a la iglesia. Si estos ujieres —obviamente entrenados en el tema —, discernían que la profecía era digna de compartirse, desde abajo le indicaban al pastor y entonces le prestaban el micrófono. Ahora, también implementaban otra dinámica y era que en lugar de profetizar con micrófono en mano, motivaban a los hermanos a que escribieran detalladamente la palabra profética, se la hicieran llegar a estos mismos ujieres en un papelito y estos, al leerla y discernirla, se la pasaban al pastor. ¿Cómo me enteré de que esta era la forma en que administraban los dones? Porque el pastor comenzó a leer un par de profecías escritas que hermanos con el don les habían hecho llegar. Interesante, ¿no?

Cada iglesia decide cómo administrar los dones del Espíritu en sus congregaciones; sin embargo, lo que sí he notado en varias que los procuran —o por lo menos, las pocas que he estudiado—, es que tienen un fuerte componente educativo y de instrucción sobre la doctrina del Espíritu Santo y los dones del Espíritu. Pienso que de allí se deriva que no se cometan desatinos, excesos y abusos. Precisamente, antes de escribir esta serie de entradas, escuché la serie completa de sermones sobre los dones del Espíritu que hace unos meses impartió el pastor Chuy Olivares, en su iglesia Casa de Oración (Guadalajara, México). Fíjate, él compartió esta serie en los servicios principales de la iglesia. No en una clase ni en el instituto teológico que tienen. ¡En los cultos! Es decir, esta iglesia —y sé que otras más—, enseñan abiertamente el tema, educan a todos los asistentes y supervisan el ejercicio de los dones. ¿Qué te quiero decir con esto? Que mucha mala prensa que tienen las iglesias pentecostales, “continuistas”, ¡o como las quieras llamar!, muy probablemente se deba a iglesias que no han sido instruidas en qué dice exactamente la Biblia sobre los dones, cómo se deben administrar en público y cómo evitar emocionalismos y exacerbaciones innecesarias. ¿Me explico?

En mi experiencia, lo que yo he visto es que los mayores desatinos que se dan en cuanto a los dones, son cuando en lugar de profetizar para “edificar, exhortar y consolar” (1 Corintios 14:3), se ponen a vaticinar el futuro a diestra y a siniestra. ¿El don de profecía no podría referirse a algo futuro? Claro que sí; sin embargo, el don no es exclusivamente para eso. Por otro lado, también he notado que los excesos y abusos ocurren en reuniones en casa. Es decir, en grupos de estudio bíblico o células que, lamentablemente, no reciben supervisión de sus pastores o líderes. Imaginate la combinación:

Ausencia de instrucción bíblica y doctrinal + no supervisión = descontrol.

Como le pasó a una iglesia que conozco. Un viernes unos jóvenes estaban celebrando una media vigilia y, como ya habían permitido profetizar en otras vigilias que habían celebrado, esa vez una señorita se levantó a dar una palabra profética. Ella comenzó con el típico “¡Así dice el Señor!” y luego prosiguió a despotricar contra la vida pecaminosa de algunos que estaban allí. Ahora, ¿algunos jóvenes que llegaron estaban en pecado? Es probable; pero el problema no fue el tono regañón que empleó, sino cómo terminó. Es decir, luego de señalar que algunos estaban en pecado, finalizó diciendo: “¡Y ya van a ver! Cuando estén en el infierno, ¡me reiré en vuestras caras!”.

El caso es verídico; pero no te asustes, no selló la profecía con una risa macabra de “JA, JA, JA” estilo Michael Jackson en Thriller. Pero estas son las cosas que pasan cuando iglesias que permiten ministrar los dones no adoptan un fuerte componente bíblico educativo y, además, no supervisan responsablemente las reuniones extra dominicales que sostienen sus miembros. He ahí por qué hay tanta gente confundida y… sí… temerosa de los dones del Espíritu Santo.

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