Lo que siempre quise y nunca pude decir sobre el don de profecía (Duodécima parte)

Lo que siempre quise y nunca pude decir sobre el don de profecía (Duodécima parte)

En la entrada anterior, comencé a intentar responder la pregunta: ¿qué se hace con quienes dicen tener un don profético y pronosticaron algo que no se cumplió? Francamente, es probable que algunos que profetizan mal sean realmente falsos profetas; sin embargo, personalmente, yo no creo que lo sean todos. Hay profecías fallidas que se dan en público o en la esfera privada, que puede que provengan simplemente de cristianos emocionalistas y nada más.

Como dije la vez pasada: ¿qué se hace con alguien que profetizó erráticamente? 1) Se le confronta en el carácter afectuoso de Cristo y 2) Se le solicita que pida perdón a quienes les profetizó equivocadamente. Sigamos…

3. Se debe restringir

Un punto controversial sobre el don de profecía y que se da entre quienes somos “continuistas”, es el tema de quienes defienden la “profecía falible” y quienes defienden la “profecía infalible”. El tema es complejo, pero me voy a atrever a brindar una opinión. Aun así, si después de leerme no te satisface mi explicación, te animo a que hables con tus pastores o líderes que admires por su conocimiento y madurez, para que profundices más en el tema.

Para comenzar, por default, bíblicamente se entiende que quien profetiza dirá la verdad. Es decir, no se equivocará. En este sentido, teóricamente la profecía debería ser “infalible”. Personalmente, creo que esta es la premisa desde la cual se debe partir para aceptar que el don de profecía se emplee en la iglesia local. Porque si no se partirá de allí, ¿para qué profetizar entonces? ¿Para probar si le atinamos a algo?

Lamentablemente, hay “continuistas” que defienden la “profecía falible” con el fin de justificarse a sí mismos y librarse de cualquier responsabilidad si por algún motivo erran. Es decir, se amparan en la “profecía falible” porque quieren sentir la libertad de equivocarse sin que nadie los juzgue y sin sufrir consecuencias. Ellos dicen: “Es que uno puede profetizar, pero siempre existe el riesgo de no dar en el clavo”. Sí, es cierto, la posibilidad de que alguien se equivoque existe, pero el hecho de que quien profetiza debe profetizar verdad debe motivar a no dejarse llevar por las emociones y la impulsividad para ejercer el don. Porque, si se partirá de la premisa de que tienes la libertad de equivocarte y, además, salir impune, ¿quién protege al cristiano o a la familia cristiana a quienes se les profetiza erráticamente? ¿Quién protege a los hermanos de la iglesia local si quien va a profetizar puede equivocarse sin sufrir consecuencias? Porque, por lo menos, en su propia reputación habrá consecuencias, ¿no es cierto?

Insisto, profetizar no es un juego y se debe partir de la premisa de que lo que se profetizará será verdad, será cierto y se cumplirá. Si no se va a partir de esa premisa, no tiene sentido estimular a la iglesia a creer en el don de profecía. ¿Para qué profetizar si no puedes tener la certeza de que lo que se te dirá será verdad?

Entonces, ¿qué hace un pastor o un líder si alguien debajo suyo metió la pata y pronosticó algo equivocado? Se restringe. Personalmente, tengo la impresión —ojo, es mi impresión—, de que los mayores desatinos que se cometen en cuanto al don de profecía no son cuando se edifica, exhorta y consuela (1 Co. 14:3), sino cuando se emplea el don para augurar cosas futuras para un individuo, familia, iglesia, etc. Por lo tanto, si alguien profetizó erráticamente, se le debe pedir que ya no lo haga más, por lo menos por un tiempo. Y es aquí donde emerge otro punto controversial del tema. Para quienes defienden la “profecía infalible”, quien profetiza mal debe ser catalogado de tajo como un falso profeta, y para quienes creen en la “profecía falible”, simplemente se le debe orientar, pero no desanimar a profetizar. ¿Me explico?

Yo creo que lo que un pastor o líder decida sobre este asunto va a depender de la magnitud del fallo en que se incurrió y la gravedad de las consecuencias en el individuo, familia o iglesia que recibió la profecía. Es decir, si simplemente se profetizó algo y no hubo mayor repercusión, puede que una corrección y amonestación sea suficiente para afinar el don. El problema es cuando lo que se profetizó dejó a personas confundidas, lastimadas y hasta dudando de Dios y la Biblia. De paso, quien profetizó mal, ¿cómo va a recuperar su credibilidad? ¿Esa persona, familia o iglesia va a creerle la próxima vez que quiera alzar la voz en el nombre del Señor? En este sentido, por haber profetizado equívocamente, el cuerpo pastoral debe orar al respecto y definir el tipo de restricción que se impondrá. Si la persona de verdad no es un falso profeta, en teoría, la restricción debería ser temporal. Pero, a continuación, diré algo más al respecto.

4. Se debe supervisar

La supervisión pastoral en una iglesia local sobre quienes dicen tener dones proféticos debería ser permanente y constante. En este sentido, a medida que transcurra el tiempo y se vea que quien siente una inclinación por profetizar realmente es una persona madura en carácter cristiano, sana emocionalmente y acertada al profetizar, entonces —como decimos en mi tierra—, se le puede ir soltando la cuerda. Mi punto es que antes de que cualquier desatino ocurra, quienes crean tener dones del Espíritu deberían estar siendo supervisados y orientados por sus pastores. Es decir, no debería supervisárseles hasta que cometan un gravísimo error, sino desde mucho antes.

Dicho esto, si yo fuera pastor y se cometiera un serio desatino, yo restringiría indefinidamente a quien erró. Yo le diría que ya no lo siga haciendo y que busque edificar a la iglesia por medio de otro don o ministerio. Sí, lo sé, hay algunos que me están leyendo que pensarán que eso es ser demasiado drástico, que seguramente la sola vergüenza de haber pedido perdón o la sola pérdida de su credibilidad sería suficiente escarmiento. Pero como dije, eso haría yo si fuera pastor y tuviera bajo mi cargo a alguien que confundió y lastimó severamente a otros. En este sentido, si alguien disiente de mi postura y va a permitirle a ese cristiano que profetizó erráticamente seguir ejerciendo un don a pesar de sus desaciertos, no debería permitírsele profetizar por lo menos por un tiempo y al levantarse la restricción —si es que fuera a levantarse—, debería filtrársele todo cuanto quiera profetizar. Sé que esto también sonará demasiado riguroso, pero el asunto es: ¿qué te garantiza que no se volverá a equivocar o a confundir a otras personas? ¿Cómo sabes que no volverá a cometer un error por su pobre discernimiento? Por lo tanto, mi sugerencia es que se filtre todo lo que él sienta que le debe decir a otros y, según filtre su supervisor (pastor), permitirle dar la palabra que sienta a otros dar.

Reconozco que el tema es complejo y difícil de tratar, por lo que —como exhorté antes—, te animo a que profundices este asunto con tus pastores o líderes y así puedas ampliar tu perspectiva sobre si la profecía debería ser falible o infalible.

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1 Comentario

  1. Excelente post, fijate que a mí en lo particular me preocupa mucho ver profetas que no tienen una vida devocional, en lo personal he concluido que Dios puede usar en su soberanía a quien él quiera usar, entre ellos a personas que no tienen una vida devocional, el problema de esto es que las personas se jactan de tener el don y he escuchado casos donde comercializan el don, definitivamete creo que es necesaria la supervición del pastor en las áreas de la vida de quien dice tener el don, su testimonio, su caracter, y sobre todo, su vida devocional.

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