Lo que siempre quise y nunca pude decir sobre el don de profecía (Séptima parte)

Lo que siempre quise y nunca pude decir sobre el don de profecía (Séptima parte)

—¡Así dice Señor! —, le dijo la profetiza a una mujer embarazada. —Serás mamá de una niña y le pondrás por nombre: Rebeca.

Cuando la mujer dio a luz nació un niño y obviamente, no le pusieron por nombre: Rebeca. Ese niño ahora es un adulto de más de 30 años, se llama: Rodolfo. La anécdota es verídica. Le sucedió a su mamá. Algunas veces que queremos bromear con él, le decimos en tono amistoso: Rebeca, y él sabe sonreír. A veces lo hemos molestado tanto que creo que se arrepiente de habernos contado lo que le profetizaron a su mamá antes de que él naciera.

Hace muchos años, en un retiro de jóvenes, el predicador invitado nos contó la anécdota de un “supuesto” profeta que durante un servicio de adoración comenzó a profetizar. De repente, se fue hasta la última fila, tomó la mano de una señorita, la haló a modo que le siguiera y al llegar hasta el frente tomó la mano de un líder de jóvenes que estaba allí, soltó las manos de ambos e hizo que se sujetaran de la mano el uno con el otro. En ese instante les profetizó: “¡Así dice Dios! ¡Pareja santa veo! ¡Pareja santa veo!”. El líder de jóvenes reaccionó de inmediato y detuvo al profeta: “¡Hermano! ¡No diga eso, por favor! ¡Yo ya estoy casado!”. A lo que le mostró su anillo matrimonial en su otra mano.

Al oír la anécdota solo pudimos exclamar: “¡Qué metida de pata!”.

En un servicio de adoración en un país de Centroamérica, un amigo pastor me relató lo que pasó en una iglesia del interior. Verídico o no, ¡no lo sé! Hoy en día he oído tantas cosas extrañas sobre el don de profecía que soy capaz de creer todo lo que me cuentan. Sin embargo, cuando me lo relató fue en un tono que aseguraba que realmente sucedió. Durante un culto comenzaron a darse varias profecías. Un hombre en la primera fila se puso en pie y dijo: “¡Así dice el Padre! ¡Pueblo mío! ¡Pueblo mío!” y dio una palabra profética durante algunos segundos. Como esa iglesia había sido instruida en cuando a lo que la Biblia dice sobre ejercer el don de profecía, cuando el primero calló, desde la parte de atrás alguien se puso de pie y dijo en tono solemne: “¡Padre! ¡Te habla el Hijo! ¡Eso que has dicho es cierto por esto, esto y esto!”. Todo mundo quedó sorprendido, pero la cosa no paró allí. Al terminar de profetizar el segundo, un tercero se levantó al extremo del salón y dijo: “¡Padre! ¡Hijo! ¡Les habla el Espíritu Santo! Y confirmo lo que Ustedes acaban de decir…!”.

“¡Noel!…”, me dijo el pastor, “¡La Trinidad se hizo presente!”. A lo que yo no sabía si reírme o quedarme serio porque no sé con qué intención me contó esto.

Como estas, hay infinidad de anécdotas. Unas ciertas, otras no; unas verídicas y otras son mera invención. El asunto es que a causa de este tipo de relatos que muchos suelen ver de menos el don de profecía y hasta burlarse de él. Yo no niego que algunos relatos no puedan ser cómicos; sin embargo, el hecho de que en ciertas iglesias hayan permitido que ocurrieran cosas pintorescas, no debería empujarnos a generalizar de que todo don de profecía es falso.

El asunto es que así como existe este extremo del péndulo, existe el otro. Es cierto, si bien tenemos que acatar la directriz del Nuevo Testamento: “no menospreciéis las profecías” (1 Timoteo 5:20), nunca debemos ponerlas por encima de la Biblia. Que es el otro extremo. Hay cristianos que ven tan de menos la Palabra de Dios que creen que para estar en la “onda del Espíritu” hay que darle mayor preponderancia a lo que se profetiza y no al texto bíblico. Por eso te encuentras con líderes cristianos que tienen el hábito de convertir sus servicios de adoración en cultos netamente proféticos y no abren las Escrituras para exponerlas. ¿Por qué algunos hacen eso? Algunas veces me da la impresión de que lo hacen porque no se prepararon para predicar o no elaboraron ningún sermón, y entonces dejan “fluir el Espíritu” para matar el tiempo. Como bien puede deberse a eso, tristemente, en otras ocasiones se debe a que para ellos es más importante lo que la iglesia pueda oír en profecía que la exposición de las Escrituras.

Hace unos años estábamos organizando un congreso de alabanza y pensábamos traer a un cantante muy conocido. Alguien del equipo que lo conocía de cerca nos dijo: “¡No muchachos! Si de verdad queremos instruir a esta generación en la Palabra de Dios, no lo traigan a él. Lo que queremos es educar a los cantantes y a los músicos a que valoren las Escrituras. ¿Qué va a pasar si traen a Fulano de tal? Que en lugar de abrir el texto bíblico, él se va a poner profetizar a diestra y a siniestra”. ¿Qué hicimos al final? No lo invitamos. ¿Por qué? Porque, si bien muchos creemos que el don de profecía sigue vigente, también sabemos que jamás debe sustituir la exposición de las Escrituras.

Otra forma en que los creyentes le dan más preponderancia al don de profecía que a la Biblia, es cuando procuran asistir a grupos de oración en casa —generalmente entre semana—, dirigidos por personas con un don de profecía. Claro, yo no estoy en contra de que puedan manifestarse los dones en reuniones de oración, pero no me parece correcto que alguien se muestre ansioso por asistir a reuniones donde escucharán profetizar o les podrían profetizar a ellos. Me he enterado de casos de cristianos que van hasta a dos reuniones entre semana (en distintos lugares) porque les gusta que les profeticen. Y sé de casos de cristianos que no pueden tomar ni una sola decisión en sus vidas y familias sin que antes les profeticen. Increíble, ¿no? Pero es cierto. ¿Sabes cómo se le llama eso? Profeti-dependencia patológica.

Como me enseñaron mis pastores de jóvenes desde muy temprano: “Nunca tomes una decisión importante producto de una profecía. La profecía está para confirmarte algo que Dios ya te haya hablado o que debas orar al respecto. Toma tus decisiones amparado en la Biblia, mucha reflexión y el consejo de cristianos que admires por su madurez, pero no por una profecía”. Por no seguir este consejo, muchos cristianos tomaron la decisión de casarse con su cónyuge porque alguien les profetizó que eran el uno para el otro. No se aseguraron de tener ideales en común, no buscaron el consejo de sus padres ni de sus líderes, se saltaron la consejería prematrimonial y ¡pum!, a los pocos meses descubrieron que no tienen de qué conversar, poseen visiones distintas de la vida y hasta de la educación de los hijos. ¿Qué es de sus matrimonios ahora? Una relación desdichada, infeliz y profundamente insatisfactoria. Así les pasó a unos amigos míos. Se casaron porque les profetizaron en una reunión en casa. Les dijeron que ellos habían sido escogidos desde antes de la fundación del mundo para ser pareja y hoy están divorciados. ¿Debieron haberse casado? No lo creo, pero como alguien les profetizó y le dieron más preeminencia a la profecía que al consejo bíblico, al sentido común y la asesoría pastoral, ¡he ahí las consecuencias!

Si esto no es suficiente para preocuparse, quienes ponen las profecías por encima del Texto Sagrado son los mismos que ponen a sus líderes con dones proféticos por encima de Dios mismo y de la sensatez, al punto que se convierten en presa fácil de “profetas” o cristianos con “dones de profecía” manipuladores.

Hace unos años trabajé en un colegio cristiano y cuando estábamos conformando los ministerios de alabanza que nos echarían la mano en los devocionales, conocí un joven que se incorporó al ministerio y con el tiempo fuimos estrechando amistad. Una vez que conversamos de todo un poco, le pregunté a qué iglesia asistía. Cuando me contestó, noté que se había cambiado recientemente de congregación y le pregunté el motivo. Me dijo:

«Hace unos meses que estaba en mi otra iglesia, mi papá me compró un piano Yamaha de más de 3 mil dólares. Yo sé tocar el piano, pero no como los pianistas de la iglesia en donde estaba. Cuando los de alabanza se enteraron del regalo de mi papá, me invitaron a ensayar con ellos y me pidieron que también llevara mi piano. Claro, yo no sabía que ellos querían que yo estuviera en el ministerio por el piano, no por mi talento. Francamente no me percaté de eso y bueno, al poco tiempo mi piano se usaba de planta para tocar los domingos. Un día, llegó la esposa del pastor al ensayo y cuando tuvimos el tiempo de oración ella se levantó a profetizar y me dijo: “Así te dice el Señor, hijo, entrega tu piano para el ministerio de esta iglesia y yo te bendeciré así y así y asá”. Como ella era profetiza, yo le creí y renuncié a mi instrumento por la obra de Dios. Como a las dos semanas mi papá notó que el piano no estaba en casa. “¿Y el piano?”, me preguntó. Y yo todo emocionado: “¡Ah! ¡Es que la esposa del pastor profetizó esto, esto y esto!”. De inmediato me subió al auto, nos dirigimos hacia la iglesia, pedimos entrar al templo y a quienes nos atendieron les dijo: “Este piano lo compré yo, ¡no mi hijo!”. Lo tomó y nos fuimos de allí para nunca volver».

Te voy a dar una clave para identificar falsos profetas: si quien te profetiza te pide dinero o te pides cosas para sí mismo, ¡es un falso profeta! Un verdadero profeta o alguien que verdaderamente tiene el don de profecía, te ministrará gratuitamente y sin pedirte nada a cambio. Si te lo pide… ¡huye por tu vida!

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