Me alegraré en ti (Quinta parte)

Me alegraré en ti (Quinta parte)

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La historia detrás de “Espíritu Santo eres el Señor”.

Hoy en la serie de artículos relacionados a mi disco: “Me alegraré en ti”, compartiré los pensamientos que rodearon la composición de “Espíritu Santo eres el Señor”. Como he dicho antes “Me alegraré en ti” es un disco de aire acústico con diez canciones pop-rock cuyo énfasis principal es celebrar la alegría de la redención. Si usted escucha el proyecto de principio a fin notará que el hilo conductor es ese: Hablarnos a todos de que la alabanza y la intimidad en la adoración se logra a través de la sangre de Jesucristo y la comunión con el Espíritu Santo. Confío que las historias detrás de estas canciones le ayuden a comprender mejor el cómo surgieron y además, a disfrutarlas con mayor entendimiento. Al final encontrará un link (a la par del título de la canción) donde podrá escuchar un breve track.

“Espíritu Santo eres el Señor” es una de mis canciones favoritas del disco. La comencé a esbozar luego de reflexionar en el texto que dice: “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17). Por lo general, cuando leemos este verso nos centramos en la segunda parte: “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”. ¿No es cierto? Esa vez que lo leí me llamó la atención que al inicio dijera: “El Señor es el Espíritu”, lo que al revés sería: “El Espíritu es el Señor”. De allí surgió el título de la canción “Espíritu Santo eres el Señor”.

Lo que este texto me llevó a reflexionar es que la mayoría de veces no referimos al Espíritu Santo como el Espíritu de la promesa, el Espíritu de verdad y aun como el Consolador, pero casi nunca como “el Señor”. Cuando Pablo dijo que “el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor” lo hizo para mostrarnos que ambas afirmaciones son sinónimas. Que decir “el Señor es el Espíritu” o decir “el Espíritu del Señor” es hacer alusión a la misma verdad. ¿Cuál verdad? Que el Espíritu Santo es el Señor.

El hecho de que el Espíritu Santo sea el Señor significa que es alguien que merece respeto y ejerce autoridad. Algunos sinónimos de la palabra “Señor” son: “Amo, dueño, propietario y gobernador”. Y todos estos son atributos del Espíritu Santo. En ese entonces nunca lo habría admitido, pero en el fondo yo creía que el Espíritu Santo era alguien débil, frágil o delicado. Por eso cuando leí el texto de 2 Corintios 3:17 me impresionó la forma con que Pablo se refirió a él, como el Señor, fuerte y poderoso, y de paso, capaz de libertar.

Mientras reflexionaba estas verdades pensaba: “Nunca he conocido al Espíritu Santo de ese modo, ¿dónde puedo encontrar más sobre este concepto”. Inmediatamente me sumergí en un estudio que abarcó la primera mitad del libro de los Hechos. Allí comprobé que los apóstoles y los primeros discípulos conocieron al Espíritu Santo como el Señor.

Por ejemplo, cuando Lucas escribió el libro y lo envió a Teófilo inició su escrito diciendo: “En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar,hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido” (Hechos 1:1-2).

Si se fija desde los primeros versos Lucas se refiere al Espíritu Santo como alguien que da “mandamientos”. ¿Y quién es el que da mandamientos sino alguien que es “Señor”? A veces pensamos que el Espíritu Santo es tan dulce y tan tierno que no es capaz de darnos órdenes; sin embargo, cuando Lucas dijo que Jesús dio “mandamientos por el Espíritu” lo hizo pensando en el Espíritu Santo como alguien que posee autoridad. Recuerde: Pablo lo también: “El Señor es el Espíritu”. Por lo tanto, como dueño y jefe de la iglesia tiene todo el derecho de dar órdenes a sus seguidores.

Después que Jesús ascendió a los cielos, los discípulos se quedaron en Jerusalén esperando la promesa del Padre y diez días después experimentaron la razón por la cual debían permanecer allí: “Cuando llegó el día de Pentecostés estaban todos unánimes juntos. De repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran” (Hechos 2:1-4).

Ese día de Pentecostés el Espíritu Santo irrumpió en la esfera humana llenando con su presencia a decenas de personas a la vez. Para los apóstoles y para quienes estaban con ellos la experiencia fue memorable. El Espíritu descendió desde el cielo con tal potencia que Lucas describió la escena diciendo que hubo un “estruendo”, un “viento recio que soplaba” y “lenguas repartidas como de fuego”. Pero si nota estas expresiones no son simples descripciones de lo que sucedió, sino un intento por explicar el despliegue de poder que el Espíritu Santo desató sobre la vida de quienes estaban congregados.

Según Hechos ese día hubo una especie de terremoto que sacudió los cimientos del aposento donde estaban. Es decir, mientras el Espíritu hacía descender su grandiosa presencia las estructuras físicas de la habitación no pudieron reaccionar de otra manera sino temblando. Fue como si el Espíritu a través del acto de conmover la tierra dijera: “¡Aquí estoy! ¡Ya vine!”

Y vaya llegada que tuvo, provocando que dicho lugar se convirtiera en el centro de atención de la fiesta de Pentecostés: “Vivían entonces en Jerusalén judíos piadosos, de todas las naciones bajo el cielo, al oír este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban atónitos y admirados” (Hechos 2:5-7).

Mientras leía este relato y que el texto dice que los ciento veinte “comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran”, recordé este pasaje: “Ahora bien, hay diversidad de dones,pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo…Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:4-5, 11).

¿Lo ve? El Espíritu Santo es el Señor y lo demostró esa primera vez que derramó su poder como él quiso sobre todos los que estaban reunidos en el aposento.

Unos capítulos después Hechos dice que Felipe, uno de los diáconos de la iglesia, tuvo una experiencia muy particular: “Un ángel del Señor le dijo a Felipe: «Ponte en marcha hacia el sur, por el camino del desierto que baja de Jerusalén a Gaza»” (Hechos 8:26).

Felipe obedeció sin cuestionar.

Mientras él caminaba por el lugar que el ángel le indicó vio a lo lejos a un etíope que iba sobre un carruaje estudiando las Escrituras y “El Espíritu le dijo a Felipe: «Acércate y júntate a ese carro»” (Hechos 8:29). Una vez más, Felipe obedeció al Espíritu Santo y aprovechó la oportunidad para presentarle el evangelio. “Entonces Felipe, comenzando con ese mismo pasaje de la Escritura, le anunció las buenas nuevas acerca de Jesús” (Hechos 8:35).

Hechos dice que luego de que el etíope se bautizó, “cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor se llevó de repente a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, pero siguió alegre su camino” (Hechos 8:39).

Este texto dice que “el Espíritu del Señor se llevó de repente a Felipe”, ¿no es cierto? Y en el pensamiento de Pablo de 2 Corintios 3:17 decir “el Espíritu del Señor” es lo mismo que decir “el Espíritu Santo es el Señor”, ¿lo recuerda? ¡Misión cumplida! Felipe obedeció al Espíritu Santo su Señor.

Más adelante Hechos describe una experiencia muy similar a la de Felipe, nomás que ahora en la vida de Pedro. Un día, mientras oraba, tuvo hambre y mandó a que le prepararan algo de comer. En ese instante tuvo una visión en la que vio un lienzo descender del cielo y sobre él todo tipo de animales. “Levántate, Pedro; mata y come —le dijo una voz. —¡De ninguna manera, Señor! —replicó Pedro—. Jamás he comido nada impuro o inmundo (Hechos 10:13-14).

Note que Pedro llamó “Señor” a la voz que escuchó y además, la contradicción de sus palabras al llamarle “Señor” y luego negarse a comer. ¿Cómo se le puede llamar a alguien “Señor” y a la vez desobedecerle? Jesús dijo: “¿Por qué me llaman ustedes «Señor, Señor», y no hacen lo que les digo?” (Lucas 6:46). No podemos llamar a alguien “Señor” y no obedecerle.

Fíjese, Pedro llamó “Señor” a la voz que escuchó en la visión; sin embargo, el atributo de “Señor”, ¿se lo habrá asignado a Dios el Padre o a Dios el Hijo? El pasaje nos muestra claramente que cuando Pedro se refirió como “Señor” a la voz que escuchó lo hizo pensando en el Espíritu Santo, ya que después de que la visión se repitiera tres veces tocaron a la puerta de la casa y “el Espíritu le dijo: «Mira, Simón, tres hombres te buscan. Date prisa, baja y no dudes en ir con ellos, porque yo los he enviado» (Hechos 10:19-20)”.

¿De quién fue la voz que Pedro escuchó en la visión? ¡La del Espíritu Santo! El mismo que le dijo que comiera de los animales que estaban sobre el lienzo, el mismo que le pidió que descendiera a recibir a los hombres que lo buscaban y el mismo que unos días después se derramó sobre los que estaban en la casa de Cornelio mientras predicaba (vea Hechos 10:44-46).

Tanto Felipe como Pedro conocían al Espíritu Santo como el Señor.

Podría seguir citando ejemplo tras ejemplo de cómo los apóstoles y discípulos reconocían el señorío del Espíritu Santo, pero si lo hiciera esta entrada se volvería sumamente larga. Por lo tanto, después de mi breve tour por el libro de los Hechos creo que ahora puede comprender qué tipo de pensamientos rodearon la composición de “Espíritu Santo eres el Señor”.

Un sábado me dirigía a una iglesia y mientras iba en el autobús conversaba con el Espíritu Santo. Sí, así como Pablo dijo en 2 Corintios 13:14: “Y la comunión del Espíritu sea con todos ustedes…” Es decir, yo iba haciendo eso, teniendo comunión con él. De repente se sumó a mi conversación una melodía que brotó de mí de forma natural y dije: “Siempre tú hasta estado aquí, desde aquel día que te conocí. Nunca me has dejado a mí, aunque te ignorado has estado aquí, etc.” Me vino sola, sin mayor esfuerzo.

Cuando llegué a la iglesia y como no tenía una grabadorcita a la mano, escribí la letra. Cantaba suavemente mientras escribía una estrofa y el coro. Luego me concentré en lo que tenía que hacer durante esta tarde pero de vez en cuando volvía a la melodía para asegurarme de no olvidarla. Así lo hice durante varias horas hasta que llegué a mi casa, la grabé y escribí una estrofa más.

“Espíritu Santo eres el Señor”
Noel Navas

Siempre tú has estado aquí
desde aquel día que te conocí.
Nunca me has dejado a mí,
aunque te he ignorado has estado aquí.
a no quiero tratarte así,
quiero que seas todo para mí.

Coro
/Espíritu Santo eres el Señor,
tú eres el dueño de mi corazón.
Yo soy tu santuario, tu habitación.
Desde hoy y por siempre serás mi Señor/

Ahora que vives en mi,
quiero conocerte aún más a ti.
Nunca me quiero olvidar,
que soy tu hogar y vivo para ti.
Quiero que hagas tu obra en mí,
eres lo más importante para mí.

Continúa…

1 Comentario

  1. Hno noel Dios l Bendiga pos me gusta leer su blog de verdad es cosa de leer y entender quisa pueda componer o escribir alguna cancion de pronto solo para decirle q siga adelante q esto hay q continuarlo….BENDICIONES..

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