Silvio Rodríguez responde.

Ya pasaron un par de años desde que adquirí mi ejemplar del libro: “Vasos comunicantes, cómo y para qué escribir canciones”, publicado por Zona de Obras y escrito por el periodista y crítico musical Bruno Galindo. Aun así sigue siendo un texto de consulta para mí. El libro es una recopilación de respuestas a la pregunta: “¿Cómo se escribe una canción?” que el autor hizo a más de 200 compositores de 40 distintos países en el período de 1995-2001. Fue a causa de este libro que se me ocurrió la idea de emular su labor y entrevistar a compositores cristianos y entonces publicar nuestras conversaciones en el blog. Hace unas semanas estuve hojeando el libro y se me ocurrió compartir con usted la entrevista que Bruno le hizo a Silvio Rodríguez. Sin importar su inclinación política o religiosa la respuesta que él brinda ante la pregunta: “¿Cómo se escribe una canción?”, es sumamente interesante y me pareció digna de compartirse aquí en LADC. En las notas del final encontrará un link por si le interesa adquirir un ejemplar del libro vía Internet.

¿Cómo se escribe una canción?
Entrevista hecha por Bruno Galindo, La Habana, Cuba, 2001.

“Hace veintidós años me hicieron la misma pregunta y respondí: ‘Sufriendo’. Sin embargo, el acto de componer a menudo comienza con el ocio, con la relación lúdica que uno establece con su instrumento. No tiene que ser siempre, pero a veces las canciones aparecen después de relajar los dedos para que jugueteen con las cuerdas. En esos instantes uno puede no estar plenamente consciente de lo que hace. A veces hasta puede estar pensando en otra cosa, mientras las manos solas van tocando notas, arpegios e incluso encuentran sonoridades que deliberadamente quizá no explorarían. Y es que lo que uno sabe de un instrumento puede ser obstáculo para los hallazgos. El conocimiento establece calificaciones, órdenes y prioridades. Uno sabe que si pone determinado acorde puede enlazarlo con otros, con los que se relaciona esa tonalidad. Pero cuando uno hizo sus primeras canciones, todos los enlaces eran descubrimientos. De ahí la intensidad y la frescura que suelen definir las primeras etapas de algunos compositores. Y también de ahí la importancia de no memorizar demasiado, de no aprender lo que nos vaya a servir de obstáculo para llegar a lo profundo de nosotros mismos, o sea, a la sorpresa.

De esto se infiere que hacer una canción tiene de aventura, porque se requiere un proceso de búsqueda y recolección antes de decir ‘la tengo’ y ‘vamos a mostrarla’. Antes de la propuesta, son varias las etapas de selección. La primera es con lo te quedas para ti mismo, por tu placer y disfrute, y la segunda, si hay tal dicotomía, lo que escoges para que escuchen los demás. Para esto ya interviene la relación que tienes con la composición: Si es para ti una necesidad expresiva, una forma de comunicar y jugar con la inteligencia y la belleza, o si es algo con lo que te ganas la vida, una faena en la que predomina la relación utilitaria. He visto casos en que las dos motivaciones conviven, a veces en un incómodo equilibrio, mas siempre una predomina sobre la otra.

De esto se desprenden cuando menos dos maneras de enfrentar la composición. Una es como si todas las canciones fueran un tema con variaciones. En mi criterio, esta forma la adoptan las personas con menos creatividad, o con menos ganas de trabajar, y también los que se entregan gustosos o resignados a lo establecido y se acomodan a lo que saben que los productores y el público amaestrado prefieren. Estos autores casi siempre usan las mismas relaciones tonales, melódicas y a veces incluso literarias. La mentalidad predominante es encontrar un tema que esté ‘en onda’. ‘Pegar’ es su piedra filosofal, lo que rige su actividad y a donde apuntan sus esfuerzos. No estoy diciendo que sea fácil. Detrás de ciertos músicos de enfoque comercial puede haber un profesional exigente, sobre todo a la hora de la realización, en el estudio. Sin embargo, creo que esta filosofía no tiene nada que ver con la libertad, no tiene nada que ver con el misterio, ni con el riesgo, ni con el arte. Puede llegar a ser hábiles artesanos y punto.

Podría decir que, por antítesis, también existen los que aspiran a la libertad, los que se sumergen en el misterio, los que se arriesgan, los que intentan ni más ni menos que arte, sin apellidos, sin la castración que impone la oferta, la demanda, el consumo. Esto no es más que asumir otra forma de compromiso, pero en mi criterio este tipo de compromiso tiene la inefable eficacia de una mística, sustancia de la que una actividad artística no debe carecer. ¿Cómo se consigue? La única respuesta que se me ocurre es trabajando, pero trabajando no sólo en cantidad, sino también en calidad.

Cuando me refiero a calidad, pienso que todos tenemos puntos de referencia, niveles de condicionamiento. Todos somos productos de alguna cultura que luego nos completan diversas resonancias, como corrientes tributarias de un gran río, a lo largo de nuestras vidas. Las influencias que contribuyen a caracterizarnos, las que se funden más profundamente con el prístino de cada cual, son las que recibimos en edades tempranas como la niñez y la adolescencia. Por alguna razón, lo que nos conmovió en aquellos años se mezcla en nuestro espíritu y, más tarde, cuando nos pronunciamos, se proyecta como sustancia de nosotros. Cuando he dicho que hay que trabajar en la calidad también me refería al nivel de autoexamen, a no conformarse con la primera idea, porque a veces las primeras ideas son sólo balbuceos básicos, reflejos del condicionamiento que nos inflige el mundo en que vivimos.

La canción, como expresión cultural, ha hecho un interesante recorrido por varias técnicas de divulgación, que en Occidente parecen iniciarse con la trova provenzal. Para que otros conocieran la canción, en el siglo XII había que sortear distancias y salteadores hasta llegar a un pueblo o a una fortificación. Allí la gente escucharía las noticias o las historias que los trovadores o sus juglares entonaban. Cuando Gutemberg aportó su imprenta en el siglo XV, la poesía obtuvo su libertad de la música. El papel cabía en las alforjas y así fue transportado hasta distantes lugares, donde llegaba a manos de las escasas personas que sabían leer. A principios del siglo XX la expansión de las ondas radiales calzó a todo lo audible con las botas de las siete leguas. La música y con ella la canción, a las que hasta entonces sólo se accedía directamente, comenzaron a visitar los hogares y a convertirse en un bien común de la sociedad. Pocos años después, profundizó en esto la posibilidad de grabar y de reproducir, ya que desde entonces el músico tuvo que interpretar solo una vez y los discos se encargaron de multiplicar aquel momento. Por supuesto, todo esto significó avance para el desarrollo de la música, pero el carácter cada vez más comercial de la radiodifusión fue influyendo hasta el punto en que las canciones dejaron de verse como arte y pasaron a ser un objeto de consumo más. Se había echado a andar la maquinaria de la llamada ‘industria del entretenimiento’.

Los tiempos actuales son idóneos para constatar que los medios masivos dirigen mucho más que el gusto musical de la llamada civilización occidental. Estamos ante un colosal instrumento de influencia cultural, ideológica y política. Con tanto poderío en contra y aunque parezca imposible, aún existimos los que nos empeñamos en ver a la canción como arte. Pero no el arte maquillado que canta vanidosamente a través de las fabulosas redes de las transnacionales, sino el arte del mundo real, el mundo marginado y sin recursos, el mundo de la aplastante mayoría de los seres humanos que vivimos, precisamente, en el mundo.

Cierto es que casi todos podemos hacer una canción, de la misma manera que podemos bailar, cantar o pintar, pero sólo los que se aplican y se exigen logran elevar cualquier actividad a niveles artísticos. Quien sufre haciendo una canción es porque no se conforma con que cualquier melodía o texto pueda ser bautizado con ese nombre. Sentir un alto nivel de identidad y responsabilidad con los posibles significados de una canción, más allá del sistema que organiza y distribuye la canción comercial, lleva inevitablemente a la exigencia. Cuando eso sucede es porque existe una deuda con el arte, es decir, con seres humanos que trabajaron mucho para legarnos maravillas y consiguieron tanto que hasta nos reclutaron para su aventura. Por eso, creo yo, hay que tener en alta consideración al prójimo, evitando verlo con la indolencia que nos induce la repetición mecánica de la televisión; o sea, hay que tratar de profundizar en el respeto por los demás y después quizás atrevernos a proponerles que nos escuchen.

Por último, debo confesar que no ha sido difícil, como tampoco fácil, pretender desalienar un arte tan prostituido como la canción. Lo he entendido de esa forma y me he sentido bien al sumarme a esa tropa. Sé que el poder difusor desde que inventó, por filosofía y conveniencia, tiene como objeto controlar el gusto y que asimismo seguirá fabricando artistas, modas, tendencias y todo lo que sea ventajoso. Reconozco que hasta ahora han logrado esos propósitos y que liberar el gusto y reinaugurar una noción más humana de lo artístico es una utopía de las mayores. Parece una pelea contra los demonios. Sin embargo, las dificultades me han hecho atractiva esa porfía y sé que también a otros. O sea, declaro que me he sentido muy bien acompañado, y no importa que nos acusen de minorías. Eso no me lo creo desde que terminé, hace ya muchos mi primera gira. Más bien somos grandes sectores silenciados. Y la vida nos enseña que las canciones no convencionales también pueden ser masivas… Por eso encuentro execrable que usurpando el nombre del arte se conciba, se diseñe y se imponga lo que, según los mercachifles, deben consumir las multitudes.

Disculpa que me haya extendido meditando, pero por hoy me parece que estos aspectos influyen a la hora de escribir una canción. Muchos compositores ‘profesionales’ se enorgullecen de ‘trabajar para la industria’. Veo incluso que algunos jóvenes, que no hace mucho vi dotados de una gran fuerza inaugural, tratan de seguir esos ejemplos. Claro, los alienta cierto tipo de prensa muy cómplice de todo el gran engaño. Sin embargo, yo continúo mirando a cuando era un muchacho con una guitarra de 60 pesos, perdido en una retoma unidad militad, haciendo canciones bajo una mata de mangos, susurrando a la noche. Mi única razón entonces era que las canciones que quería cantar no las había escuchado todavía. Ésa, inevitablemente, sigue siendo gran parte de mi esencia, junto con el empeño de que mi canción no se parezca a otra, ni siquiera a otra mía.

Cuando hace un cuarto de siglo Víctor Casus me preguntaba en una película: ‘Silvio, ¿cómo se hace una canción?’ y yo le respondía ‘sufriendo’, estaba, por supuesto, más cerca en edad de aquel primer Silvio, angustiado por los fantasmas propios y por los colectivos. Pero ahora veo que ha pasado todo este tiempo, hemos llegado aquí, y enfrentarme a la misma cuestión vuelve a decime que sigo sufriendo al escribir canciones” (1).

Noel Navas.

Notas:

(1) Galindo, Bruno, “Vasos comunicantes, cómo y para qué escribir canciones”. Editorial Zona de obras, Madrid, España. Pág. 445-449. Para obtener este libro directamente de la editorial haga click aquí: http://www.zonadecompras.com/Vasos-comunicantes-Bruno-Galindo/p/371