Aleluya

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¿Realmente conocemos el significado de esta palabra?

“Aleluya” es la típica palabra evangélica con la que los de afuera suelen burlarse de los creyentes, pero también la muletilla predilecta de algunos pastores y directores de adoración que usan mientras predican, oran o cantan, ¿te has fijado?

Según el Diccionario Bíblico Ilustrado Holman la palabra “aleluya” significa: “¡Alabad a Yahvéh!” Cuando dice: “Alabad” es “ustedes alaben”. Es decir, que quien la pronuncia le está diciendo a quienes escuchan: “alábenle”. Y obviamente la palabra en sí misma identifica el objeto de dicha alabanza: el Señor. “Aleluya”, entonces, es una expresión de motivación para estimular la alabanza del pueblo hacia el Dios Todopoderoso.

Basado en su significado esta palabra debería dejar de ser una muletilla de predicadores y cantantes y convertirse en lo que realmente es, una expresión de estímulo a que alabemos, ¿no? Incluso la palabra “alabad” que se traduce de la palabra “aleluya” está en tono imperativo, ¿lo notaste? Es una orden, más que una invitación, es un mandamiento. Lamentablemente la mayoría de cristianos, entre esos me incluyo yo, solemos usar “aleluya” sin la connotación de lo que implica su pronunciación. Por eso digo que no debería usarse para llenar espacios de silencio, como mantra mientras se ora y mucho menos, como un cliché dentro de la adoración.

La palabra “aleluya” es una palabra seria. Su sola pronunciación debería provocar que el pueblo exprese sus alabanzas al Señor de la forma más inmediata. ¿Por qué? Porque es un mandato, una orden. La pregunta es, ¿por qué cuándo quien preside el servicio de adoración exclama: “aleluya”, la gente no reacciona o simplemente se queda impávida? ¿Por qué cuando el pastor la utiliza la gente no obedece? Seguramente porque las personas no conocen su significado ni sus implicaciones y hasta es probable que quien la usa tampoco.

Hace unas semanas estaba leyendo el libro de Apocalipsis y cuando iba por el capítulo diecinueve encontré la palabra “aleluya” pronunciándose cuatro veces en unos pocos versos. Creo que después de leer dicho capítulo en su contexto “aleluya” tomó un nuevo significado para mí. Mira lo que dice:

Después de esto oí como una gran voz de una
gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya!

La salvación y la gloria y el poder pertenecen
a nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos
y justos pues ha juzgado a la gran ramera
que corrompía la tierra con su inmoralidad,
y ha vengado la sangre de sus siervos en ella
Y dijeron por segunda vez: ¡Aleluya!
El humo de ella sube por los siglos de los siglos
Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres
vivientes se postraron y adoraron a Dios, que está
sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya!
Y del trono salió una voz que decía: Alabad a nuestro
Dios todos sus siervos, los que le teméis, los pequeños
y los grandes. Y oí como la voz de una gran multitud,
como el estruendo de muchas aguas y como el sonido
de fuertes truenos, que decía: ¡Aleluya! Porque el Señor
nuestro Dios Todopoderoso reina.
Apocalipsis 19:1-6.

Los “aleluyas” descritos en este pasaje parecen ir en una especie de crescendo musical. Primero una gran multitud en los cielos exclama: “aleluya” en dos ocasiones y luego una voz desde el trono, al estilo de un maestro de ceremonia, grita: “¡alabad a nuestro Dios!”, que es la traducción literal de la palabra “aleluya”. Y es entonces que se une un grupo adicional a este primer grupo: los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos que según el v. 6 eran una inmensa multitud que sonaban “como el estruendo de aguas y como el sonido de fuertes truenos”, diciendo: “aleluya” dos veces más.  Un crescendo universal que cantaba “aleluya” con el entendimiento con que debían pronunciarlo.

Si lees detenidamente el texto verás que cuando el primer grupo exclama “aleluya” es entonces que el resto del universo entiende la orden de alabanza que se les dio y ahora ellos mismos tenían que obedecer el mandato. Es por eso que al oír: “¡aleluya!”, es decir, la directriz, uno a uno se fueron uniendo hasta sumar la incontable multitud que terminó expresándose en alabanza colosal.

¿Lo ves? Al oír la expresión “aleluya” todos comprendieron que debían expresarse en alabanza. ¿Por qué entonces la iglesia del Señor no hace lo mismo? ¿Por qué apelamos a ella, pero solo como muletilla y ni siquiera quienes la usan esperan una reacción de alabanza de parte de quienes les escuchan? ¿Por qué?

Para ir terminando, si leyeras el contexto completo de Apocalipsis desde el capítulo 18, comprenderías una cosa más. Y es que la orden o directriz de alabar al Señor (“aleluya”) no se lanzó así por así. Tuvo un motivo, una razón… una causa. ¿Cuál era? ¿Por qué el universo entero exclamó “aleluya” en cuatro ocasiones? ¿Qué los impulsó a romper el silencio e inundar con sus voces las galaxias con voz estruendosa y resonante? El capítulo dieciocho lo dice:

Después de esto vi a otro ángel descender del cielo,
que tenía gran poder, y la tierra fue iluminada con
su gloria.
Y clamó con potente voz, diciendo: ¡Cayó,
cayó la gran Babilonia!
Se ha convertido en habitación
de demonios, en guarida de todo espíritu inmundo
y en guarida de toda ave inmunda y aborrecible.
Porque todas las naciones han bebido del vino de
la pasión de su inmoralidad, y los reyes de la tierra
han cometido actos inmorales con ella, y los mercaderes
de la tierra se han enriquecido con la riqueza de su
sensualidad. Y oí otra voz del cielo que decía: Salid
de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados

y para que no recibáis de sus plagas; porque sus pecados
se han amontonado hasta el cielo, y Dios se ha acordado
de sus iniquidades.
Apocalipsis 18:1-5.

La razón por la cual la inmensa multitud exclamó a viva voz “aleluya” en el capítulo 19 es porque el gran sistema pecaminoso y corrupto había recibido el juicio de Dios en el capítulo anterior. Es decir,  la gran estructura mundanal había caído, el gobierno del mal había sido hecho añicos y la justicia de Dios se había hecho manifiesta y evidente ante todos. Esto fue lo que los impulsó a gritar con todas sus fuerzas “aleluya” en cuatro ocasiones en el capítulo siguiente.

Basado en este pasaje, pienso que solo aquellos que están venciendo el pecado en sus vidas son quienes realmente podrán exclamar los “aleluyas” más intensos que puedan oírse y de este modo parecerse a los de la multitud de Apocalipsis 19. Solo en quienes el bien esté gobernando y el mal menguando podrán expresar alabanza pura, adoración sin mancha y exaltación verdaderamente santa.

Esto de decir “aleluya” no es cuestión de decirlo y ya, es cuestión de que permitamos al Espíritu Santo gobernar nuestro ser y que las obras de la carne vayan desapareciendo; es cuestión de que la luz vaya desplazando las tinieblas de nuestra alma y que el nuevo hombre substituya al viejo en nuestro interior. Es cuestión de permitir que la santificación y la obra regeneradora del Espíritu Santo en el creyente se hagan realidad y a medida que avancemos en nuestro caminar en el Señor es que iremos exclamando continuamente junto con la creación: “¡aleluya!”

Aleluya es una palabra de fiesta y celebración, la alabanza de quien va conquistando, el grito que emerge en quien está experimentando los triunfos en el Señor, el canto de quien va de victoria en victoria a causa de vencer el mal adentro de su ser.

¡Aleluya!

Noel Navas.

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