Cantar como papagayos no es adorar

Cantar como papagayos no es adorar

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Los papagayos son aves muy vistosas, no solo por su tamaño y colores, sino porque son de ese tipo de loros que saben hablar con su tonito característico y decir cosas congruentes, amables o… graciosas. Bueno, depende de qué les enseñes a repetir, ¿no? Eso sí, todo cuanto aprenden lo dicen sin la inteligencia y el entendimiento debidos. Vamos, son papagayos, animales sin mayor inteligencia, pero dignos de tenerlos en casa como mascotas. En su libro Cantemos, Cómo la alabanza transforma tu vida, familia e iglesia, de Keith y Kristyn Getty, incentivan a la Iglesia a cantarle a Dios con entendimiento y comparan a los cristianos con los papagayos: «El Nuevo Testamento sugiere que nuestro canto es importante. Se dice que los cristianos son un pueblo que canta; pero frecuentemente muchos de nosotros somos más bien un pueblo que repite las palabras como papagayos» (1). Y tienen razón, ¿no te parece? Como adoradores del Señor puede que seamos muy vistosos y entusiastas, y que mucha gente nos quiera por lo que sabemos decir; pero, hay ocasiones y hasta períodos de nuestra vida que no cumplimos nuestra responsabilidad de cantar con la inteligencia y sensatez que la Biblia nos llama.

Pensando en esto, recordaba un fragmento de uno de los primeros libros que Marcos Witt escribió sobre el tema de la adoración: Adoremos. En el capítulo Problemas comunes en la alabanza y adoración hizo alusión a esta misma cuestión:

«Este es otro de los problemas que enfrentamos comúnmente los que queremos adorar mejor al Señor. Como humanos, tenemos la tendencia de hacer las cosas por hábito y costumbre. En la alabanza y adoración, muchas veces entonamos los mismos cantos que tantas veces lo hemos hecho en “piloto automático”, es decir ni estamos pensando en lo que estamos cantando, simplemente lo hacemos por inercia… Es importante que cada vez que cantemos o levantemos la voz para darle honra, lo hagamos como si fuera la primera vez. Qué preciosa sería nuestra expresión si cada vez le damos la misma energía y la misma entrega como al principio cuando conocimos al Señor, o cuando por primera vez cantamos una canción “x”. Cuídese de no ser un adorador de “piloto automático”, sino que siempre piense en lo que canta, haciéndolo real para usted, y llevándolo a su vida diaria y práctica.

Aquí están algunas señales de cómo usted se puede dar cuenta si está cantando o no en “piloto automático”:

1) Al estar cantando y alabando, se fija que la hermana Susana está portando un nuevo peinado (y, por cierto, no es muy bonito).

2) Al estar en la adoración, postrados, se fija que hay hormiguitas en el piso y usted empieza a seguir el camino para ver a dónde van, sin perder una sola nota de lo que se está cantando.

3) Con la vista hacia arriba, con las manos levantadas, ha contado todas las luces, sin dejar de cantar.

4) Al estar en el tiempo de celebración, ha estado solucionando ese problema del trabajo, sin perder un solo aplauso de ritmo que se está tocando.

Estas y muchas otras cosas son señales de que usted necesita una renovación en su vida de adorador. Se ha vuelto costumbre, que puede hacer muchas otras cosas al estar cantando, aplaudiendo y alabando. Es importante recordar que mientras alabamos y adoramos, necesitamos darle a Él toda nuestra atención… asegúrese que no haya el problema de “piloto automático” en su vida si quiere llegar a ser un verdadero adorador» (2).

Allí termina la cita. Pero, ¡qué curioso! ¿No te parece? Marcos Witt escribió Adoremos en 1993, es decir, hace más de 25 años. Y tanto en esa época como ahora, tenemos las mismas luchas de la adoración, tanto privada como pública.

Hace unos meses estuve enseñando una serie sobre Los 10 mandamientos en un grupo de estudio bíblico en casa y durante mi tiempo de preparación, me expuse a varios autores y predicadores que han desarrollado el tema. Uno de ellos, explicaba que cuán fácilmente podemos violar el tercer mandamiento: “No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano, porque el Señor no tendrá por inocente al que tome su nombre en vano” (Éxodo 20:7). Él decía que cuando no le ponemos mente y corazón al tiempo de cantos puede que estemos violando el mandato. ¿Por qué? Porque muchas de nuestras canciones mencionan el nombre de Dios en cualquiera de sus variantes: Dios, Señor, Yo Soy, Jesús, Espíritu Santo, etc. Por lo tanto, cuando cantamos estilo “piloto automático” o estilo «papagayos» —según los Getty—, sin estar conscientes del nombre y las palabras que estamos pronunciando, podría calificarse como tomar el nombre de Dios a la ligera. ¿Me explico?

La mayoría de nosotros pensamos que quienes podrían tomar el nombre de Dios en vano serían los inconversos y quienes aborrecen a Dios. Además, creemos que nadie pronunciaría el nombre de Dios ligeramente en la iglesia, sino en los bares, en las discotecas y en los lugares de mala muerte. Pero según este autor, cuando un cristiano no canta con la mente y el corazón que requiere la adoración, se toma el nombre de Dios en vano debido a que no lo estamos pronunciando con la reverencia debida. ¡En la propia casa de Dios!

Si esto es así, como explicaba el predicador, debo confesar que yo he tomado el nombre de Dios en vano en algunas ocasiones. Claro, sin intención. Lo que sucede es que a veces durante el tiempo de cantos, los equipos de alabanza cantan canciones tan viejas y gastadas que francamente ya no siento nada al entonarlas. Tú las conoces, son esas que se llevan cantando por años y años porque es la favorita del pastor o la predilecta el ministerio de alabanza, al extremo que no la sueltan por muchos meses. Por eso, cuando estás en la iglesia y oyes los primeros acordes y que la van a cantar una vez más, dices dentro de ti: “¡Otra veeezzz!!!”. Entonces, de tanta repetidera se “quema” la canción en el corazón del adorador. Puede que después de mucho tiempo, haya adoradores que aún las canten sentidamente, pero a mí me cuesta ponerle mente y corazón a canciones que he oído hasta el hartazgo. Lo que últimamente estoy haciendo es no cantarlas. Prefiero hacer eso y orar en mi corazón que pronunciar el nombre de Dios en vano.

Lo grave de este… así le voy a llamar “Síndrome del Papagayo”… es cuando quienes lo reflejan son los propios integrantes del ministerio de alabanza. En serio. ¿No los has visto cantar las canciones porque se las enseñaron, pero no hay pasión ni sentimiento en su interpretación? Cuando las entonan se nota la falta de vida y entusiasmo. Las repiten (¡y nosotros allá abajo también!) porque nos hemos convertido en papagayos cristianos. Por ejemplo, hay canciones que hablan acerca de alzar las manos o levantarlas en alto como señal de adoración, ¿y qué hacen los de la alabanza? Nada. No las alzan. Yo hasta he visto a cantantes con las manos en los bolsillos y sin inmutarse. O qué tal canciones que hablan acerca de celebrar, sonreír y estar felices, ¿has visto a los de la alabanza? Serios, impávidos y con una cara de momia impresionante. ¡Y qué de las canciones que hablan de saltar y danzar! En algunos casos, un vaso de agua se mueve más que los propios cantantes y músicos. No estamos conscientes de lo que cantamos ni de lo que estamos diciendo. No somos congruentes con las letras que escogimos cantar e interpretar.

Pero vamos, los de la alabanza no son los únicos que incurren en este Síndrome, también los adoradores que nos reunimos cada semana. A veces pienso que más que canciones “quemadas” de tanto repetirlas, puede que cantemos las letras sin entusiasmo porque hemos descuidado nuestra relación íntima y privada con Dios. No oramos entre semana, no oramos todos los días, no oramos prolongadamente, y ni se diga que no meditamos en las Escrituras. Por lo tanto, cuando llegamos a la iglesia no hay pasión, no hay fervor, somos pura frialdad espiritual. ¿Por qué? Porque la adoración pública es el reflejo de la adoración privada. Si practicas fielmente la adoración privada —las disciplinas espirituales—, se notará cuando adores en la congregación; si no adoras en privado, ¡he ahí por qué cantamos como papagayos durante el tiempo de alabanza de la iglesia!

Noel Navas.

Notas:

(1) Getty, Keith. ¡Cantemos! (Spanish Edition) . B&H Publishing Group. Edición de Kindle.

(2) Witt, Marcos. Adoremos, Caribe-Betania, Pág. 244-246.

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