¿De verdad Dios manda a callar a los ángeles cuando le adoramos?

¿De verdad Dios manda a callar a los ángeles cuando le adoramos?

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Hace un tiempo recibí un Inbox donde alguien inocentemente me preguntaba: “Noel, ¿tú sabes en qué parte de la Biblia dice que Dios manda a callar a los ángeles cuando sus hijos le cantan? Es que Marcos Witt, en su álbum Enciende una luz (1998), dramatiza ese relato bíblico, pero no recuerdo en qué parte de la Biblia está. ¿Me puedes ayudar?”

Si tú conoces la Biblia, el comentario anterior te habrá sacado una sonrisa, ¿no? Solo quienes no están familiarizados con ella creen que la dramatización de Marcos Witt aparece en las Escrituras; pero, si sí conoces la Biblia sabrás que el cantante simplemente apeló a la imaginación para idear esa narración e ilustrar el valor que Dios le da a la alabanza de su pueblo.

El asunto es que en una ocasión yo empleé esa pregunta que recibí vía Inbox para ilustrar cuánto les hace falta estudiar la Biblia a los músicos cristianos, al grado que dije que dicha pregunta solo reflejaba la ignorancia bíblica de quienes sirven en el ministerio musical. Sin embargo, hace pocas semanas me topé con un pasaje bíblico que sí deja entrever que el cielo guarda silencio cuando los hijos de Dios adoran y, por lo tanto, la ilustración de Marcos Witt en Enciende una luz sí tiene sustento bíblico y el joven que me escribió a mi Inbox acertó y fui yo el que respondió en ignorancia.

Resulta que este año me propuse leer los cuatro tomos del comentario de Apocalipsis del teólogo costarricense Juan Stam y mientras leía el segundo, me topé con el capítulo 8 de Apocalipsis donde el cielo guarda silencio para que el Señor escuche las oraciones de su pueblo. Por favor, lee conmigo el texto:

Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, hubo silencio en el cielo como por media hora. Y vi a los siete ángeles que están de pie delante de Dios, y se les dieron siete trompetas. Otro ángel vino y se paró ante el altar con un incensario de oro, y se le dio mucho incienso para que lo añadiera a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió ante Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos. Y el ángel tomó el incensario, lo llenó con el fuego del altar y lo arrojó a la tierra, y hubo truenos, ruidos, relámpagos y un terremoto.
Apocalipsis 8:1-5.

Como introducción a este capítulo, Juan Stam dice: «Primero, usemos la imaginación. Esta escena es tan sencilla y a la vez tan dramática, que es fácil visualizar: cuando el Cordero abre el último sello, Juan se sorprende grandemente al descubrir que de repente todo el cielo se ha sumido en un profundo silencio. Todo el ruido terminó, nadie se mueve, y no pasa nada por media hora… En medio del silencio, sin explicación alguna se da una trompeta a cada arcángel. Después, sin decir palabra, aparece otro ángel por detrás de la bandeja de oro en su mano. Silenciosamente se abre camino hacia el altar. Con gran solemnidad, ofrece sobre el altar el incienso de nuestras oraciones, y todo el cielo (incluso Dios) olfatea el exquisito perfume que llena la corte celestial» (Pág. 153).

Posteriormente, Juan Stam hace exégesis verso por verso del capítulo 8 de Apocalipsis y dice: «Con la apertura del séptimo sello, lo único que pasa es… ¡silencio! ¡Otra sorpresa! Y sorprende tanto más porque hasta ahora el Apocalipsis ha sido un libro muy ruidoso. Del trono procedían truenos y voces… Un ángel fuerte clamaba a gran voz en cuello (5:2); los mártires también “gritaban a gran voz” (6:10). Pero ahora, de repente, un misterioso silencio hace callar hasta a los truenos que procedían del trono. De repente todo sonido termina y la acción, hasta ahora tan acelerada, se paraliza… La media hora de silencio, paradójicamente, ha provocado muchos miles de palabras eruditas para explicar su significado. En 8:3-5 es evidente que el silencio tiene que ver, principalmente, con la presentación de las oraciones de los fieles. Dios da tanta importancia a las plegarias que llegan de la tierra que hace callar a todas las multitudes celestiales. Charles (1920 I:223) y otros remiten a una tradición rabínica (Hagigah 12b) según la cual los ángeles del quinto cielo “cantan alabanzas de noche, pero se callan de día por causa de la gloria de Israel” (i. e. por las oraciones de Israel). Charles agrega: “Las alabanzas de los rangos más altos de ángeles del cielo se callan para que se escuchen ante el trono las oraciones de todos los santos que sufren en la tierra. Las necesidades de ellos son más importantes para Dios que toda la salmodia del cielo” (1920 I:224)» (Pág. 154-155).

Juan Stam finaliza su exégesis reflexionando: «El análisis de este pasaje, y sobre todo la visualización de su pequeño y sencillo drama, deja muy clara la razón de la media hora de silencio: nuestra oración es tan importante que hasta los arcángeles tienen que callarse. Cuando oramos, todo el cielo se concentra totalmente en nuestra oración. No podría haber una forma más enfática de impresionar a los fieles sobre el valor incalculable de sus oraciones y la necesidad de perseverar en la intercesión. Este episodio nos enseña que vale la pena seguir orando sin cesar… Este silencio del cielo cuando el pueblo de Dios ora y adora aparece en la literatura rabínica. Según Génesis Rabbah 65.21, “la voz de Jacob (i. e. de todo el pueblo de Israel) es la voz que silencia a todos los seres celestiales y terrestres”… Felices son Israel, porque sois amados ante el Omnipresente más que los ángeles ministrantes. Pues estos, cuando buscan cantar y alabar arriba rodean el trono de gloria como montaña sobre montaña de fuego… pero el Santo, bendito sea, les dice: “Cállense todos los ángeles, todos los serafines, todo ser viviente, y toda rueda que yo he creado, hasta que yo oiga y escuche todos los cánticos, alabanza y dulces salmos de Israel». (Pág. 165-167).

Alguien dirá: “Pero Apocalipsis 8 se refiere a que el cielo guarda silencio por las oraciones de su pueblo, no a que guarda silencio cuando le cantamos; por lo tanto, Dios manda a callar a los ángeles solo cuando oramos, no cuando le alabamos”. ¿Ah, sí? ¿Y qué son entonces nuestras canciones de adoración, sino “oraciones cantadas”? ¿No son nuestras letras oraciones a las que les hemos puesto una melodía para entonarlas de forma más fervorosa? Claro que sí. Por lo tanto, Apocalipsis 8:1-5 sí confirma la dinámica que empleó Marcos Witt en su álbum Enciende una luz y donde intenta transmitirnos la idea descrita en ese capítulo de Apocalipsis. Es muy probable que Marcos no haya pensado en este pasaje cuando ideó su dramatización; sin embargo, Apocalipsis 8 confirma que sí, Dios manda a callar a los coros celestiales cuando la cantamos y adoramos.

Ahora, Marcos Witt no ha sido el único que ha hablado de esto en sus álbumes; viene a mi mente la canción Que le agrada más de Danny Berríos y que incluyó en su álbum Solo en Jesús (1993) y posteriormente, en el álbum recopilatorio Lo mejor de Danny Berríos, Vol. 2 (1999). Si le prestas atención a la letra y te dejas emocionar por la melodía y rítmica pegadizas, podrás tener un atisbo más de cuánto le agrada al Señor que lo adoremos, al punto que, efectivamente, manda a callar a todos allá arriba para degustar nuestra adoración.

Que le agrada más
Danny Berríos.

Le encanta oír el viento, hacer música en los montes al soplar.
Y le gusta oír la lluvia salpicar con su ritmo angelical.
Él sonríe de alegría cuando escucha la alabanza del mar,
la creación se une para exaltar su gloria y majestad.

Coro:
/No hay nada que le agrade más que los redimidos al cantar,
los pecadores que Él limpió le cantan con el corazón.
Los que con sangre Él compró alzan su canción de amor
y su gozo es escuchar a su pueblo alabar, no hay nada que le agrade más/.

Y le canta oír los ángeles que dicen: “Santo, santo es el Señor”.
Los coros celestiales rinden alabanzas al Gran Yo Soy.
Pero existe el silencio cuando el débil que Él salvó comienza a orar,
millares de ángeles atienden cuando un alma nueva exclama: “¡Salvo soy!”

Puente:
No son ritmos ni armonías que hacen que atención nos preste,
ni son frases bien pensadas que hacen que Él nos escuche,
pero cuando un alma libre redimida por su sangre alza su voz.

Noel Navas.

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