El placer de pasar inadvertido

El placer de pasar inadvertido

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Este mundo en donde las redes sociales son parte importante de la vida de cada persona, si de algo puedes darte cuenta es que a la gente le gusta exhibirse. Yo no digo que sea malo publicar fotos tuyas, de las cosas que haces o de tu familia, pero hacer eso es una cosa y otra muy distinta, hacer las cosas para conseguir admiración, para que vean lo bien que luces, para que vean los lugares que visitas, para que vean la comida fina que degustas, para que vean el tipo de personas con quien te codeas, etc. En este mundo de redes sociales nos gustar estar del lado alto de la vitrina, que nos admiren y nos contemplen.

Quienes forman parte de ministerios musicales, no nos engañemos, también les gusta estar del lado alto de la vitrina. Les gusta publicar sus fotos cuando ensayan, cuando están sobre la plataforma ministrando la alabanza, cuando están en el estudio grabando voces, cuando los invitan a predicar, etc. Para algunos, eso será lo más cerca que van a estar de sentirse una celebridad, porque la mayoría de nosotros nunca seremos tan famosos como los son los grandes exponentes de la música cristiana que todos conocemos. La pregunta es: ¿por qué hacemos esto? ¿Por qué nos gusta publicar todo cuanto hacemos? ¿Será que en el fondo habrá una motivación de “vanagloria” y de ser reconocidos? ¿Será que hemos perdido el placer que hay en pasar inadvertidos?

Como siempre, nuestro modelo es Jesús. Y aunque yo no creo que Jesús condenaría el uso de las redes sociales, sí creo que apuntaría el dedo a las intenciones del corazón que nos tientan a ponernos del lado alto de la vitrina. “¿Por qué lo haces?”, te preguntaría el Señor, “¿por qué no simplemente puedes servirme y no mostrarle a nadie lo bien que lo haces? ¿Por qué no puedes mejor hacer las cosas en silencio solo para mí y que nadie más lo sepa?”

Es que Jesús era así, él descubrió, vivió y experimentó el placer de pasar inadvertido. Un día sanó a un leproso y de inmediato le dijo: “Mira, no se lo digas a nadie…” (Mateo 8:4). Un capítulo después sanó a dos ciegos y mira lo que hizo: “Y Jesús les advirtió rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa…” (Mateo 9:30).

¿Y nosotros? ¿Qué hubiéramos hecho? ¿Les hubiéramos dicho lo mismo o nos hubiéramos tomado una selfie con el leproso ya sanado y abajo: “Aquí, con el leproso que recién sané”. Hashtag: #TengoElDonDeSanar ¿Y con los ciegos? ¿Qué hubiéramos hecho? ¿Les hubiéramos dicho que no se lo contaran a nadie o nos hubiéramos tomado otra selfie en medio de los dos y abajo: “Dos ciegos que recién sané, ¡gloria a Dios!” #QuéBonitoEsMirar

Jesús era distinto, él creía que había más placer en pasar inadvertido que en publicar sus grandiosas obras a todo el mundo. Creo que como cristianos hemos menospreciado dicho placer. Permíteme copiarte una parte del libro “El Maestro de las emociones” del autor brasileño Augusto Cury. Él escribe sobre este don de Cristo:

«Jesucristo no solo fue el Maestro de las emociones, también tenía una característica difícil de comprender, lo que hace de su personalidad sea diferente a todas las demás: le gustaba pasar inadvertido y ser hallado por aquellos que ven con el corazón… Según las biografías de Jesucristo… hace dos mil años el Dios eterno finalmente decidió mostrar su “cara”, darse a conocer a sus criaturas terrenales. Juan dijo, repitiendo las palabras de Jesús: “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Ante esas palabras, todos podríamos decir: “ahora, finalmente, el Autor de la existencia vino a revelar su identidad”. Sin embargo, al analizar la historia de Jesús, en lugar de aclarar dudas, aumentaron. ¿Por qué? Porque se esperaba que el Hijo del Dios Altísimo naciera en el mejor palacio de la tierra, pero para sorpresa nuestra, nació entre los animales. En la intimidad de un pesebre vertió sus primeras lágrimas. El aire saturado del olor agrio de estiércol fermentado ventiló por primera vez sus pulmones.

También era de esperarse que demostrase al mundo sus virtudes y su poder desde su nacimiento, pero vivió anónimo hasta los treinta años. Cuando decidió, por fin, manifestarse, hizo milagros increíbles, pero en vez de usarlos para confirmar su real identidad, pedía insistentemente a las personas que no divulgasen lo que había hecho. Ese Jesús es tan diferente a lo esperado que confunde a cualquiera que quisiera investigar su personalidad… Un día la hija de Jairo murió. Jesús fue hasta su casa. Al llegar, encontró a muchas personas llorando en la sala. Buscando consolarlas, les dijo con mucha naturalidad: “¿por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme” (Marcos 5:39). Inmediatamente las personas comenzaron a reírse de él, pues sabían que la niña estaba muerta. Sin incomodarse con eso, entró en la habitación donde estaba el cuerpo de la niña, los padres y algunos discípulos. Ahí, con increíble determinación, impresionó a los presentes. Solo dio una orden para que la niña se levantara y ella vivió inmediatamente.

En seguida, hizo dos cosas inesperadas que mostraban su carácter modesto. En primer lugar pidió que se le diera de comer a la niña. Pero, para quien hizo el milagro de resucitarla, ¿no sería fácil alimentarla de modo sobrenatural? ¡Por supuesto! Con todo, se ocultó detrás de ese pedido, deseando, además de eso, mostrar que la vida humana no debe basarse en milagros, sino en trabajo…

Después, a pesar de haber dejado a todos maravillados con su acto, les advirtió que no comentasen a nadie acerca de lo que había sucedido. ¿Cómo sería posible ocultar aquel hecho? Jesús sabía que se regaría como fuego en paja seca. Pero ¿por qué pidió silencio?

Su pedido no era una estrategia de mercadeo. No pedía silencio para despertar en las personas el deseo de divulgar sus hechos. No, él no disimulaba su comportamiento, pues como hemos visto, vivió el arte de la autenticidad. Al pedir silencio estaba solamente deseando ser fiel a su conciencia, pues lo que hacía no era para promoverse a sí mismo, sino para aliviar el dolor humano. Si hubiera querido, pudo haber estremecido al Imperio Romano, pero prefería ser un sembrador que plantaba ocultamente sus semillas».

Este mundo en donde las redes sociales son parte importante de la vida de cada persona, si algo puedes darte cuenta es que a la gente le gusta exhibirse. ¿Por qué hacemos esto? ¿Por qué nos gusta publicar todo cuando hacemos? ¿Será que en el fondo habrá una motivación de “vanagloria” y de ser reconocidos? ¿Será que hemos perdido el placer que hay en pasar inadvertidos?

Tú conoces la respuesta.

Noel Navas.

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