El síndrome de Elí (Primera parte)

El síndrome de Elí (Primera parte)

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El primer capítulo del libro de Samuel describe el drama que experimentó Ana por no poder concebir hijos para su esposo Elcana. Seguramente tú conoces la historia. A tal grado llegó su desesperación por ser mamá que se fue al templo a orar y, literalmente, a llorar delante de la presencia de Dios para que le concediera el gran deseo de su corazón. En ese momento, mientras Ana oraba, el sacerdote Elí estaba en el templo y notó que ella mascullaba algo, pero en lugar de pensar algo positivo, pensó lo peor. El texto dice:

“Y mientras ella continuaba en oración delante del Señor, Elí le estaba observando la boca. Pero Ana hablaba en su corazón, sólo sus labios se movían y su voz no se oía. Elí, pues, pensó que estaba ebria. Entonces Elí le dijo: ¿Hasta cuándo estarás embriagada? Echa de ti tu vino”.
1 Samuel 1:12-14.

Fíjate, Ana estaba quebrantada delante del Señor, pero para Elí no. Para el sacerdote ella estaba ebria y por eso la reprendió. Él no esperó a verla de frente, intercambiar unas palabras y entonces emitir un veredicto. No, Elí se conformó con su propia percepción y entonces la juzgó con severidad. A esto yo le llamo: el síndrome de Elí. ¿Cuál es ese síndrome? Ser subjetivo.

T. S. Watchman Nee, en su libro “El carácter del obrero de Dios”, describe la subjetividad diciendo que es formar nuestra propia opinión antes de escuchar a la otra persona. “Antes de que se haya revelado cualquier hecho…” afirma Nee, “antes de que las personas hayan expresado sus opiniones, la persona subjetiva ya tiene una idea preconcebida” (pág. 147). ¡Y precisamente ese era el síndrome que Elí padecía! Antes de siquiera confirmar si Ana realmente estaba borracha, para él era una cualquiera porque su subjetividad se lo sugirió. Por lo tanto, Elí dio por verdad algo que no era verdad. ¡Si tan solo hubiera hecho bien sus tareas! Si en lugar de dar por valederas sus propias ideas, la hubiera interrogado unos instantes, entonces hubiera dilucidado si su percepción era cierta. De ese modo no hubiera metido la pata al catalogarla como una mujer mala.

La subjetividad proviene de varias vertientes, una de ellas: el orgullo. La persona orgullosa cree que todo lo que viene a su mente sobre las personas o circunstancias, siempre es cierto. El subjetivo no espera corroborar si su percepción es veraz o no, de una da por sentados sus pensamientos sin haber conversado antes con la persona de quien se está formando un juicio. Por eso, la subjetividad proviene del orgullo, porque el subjetivo considera su propio tino como infalible y no sujeto a fallos. Él cree que lo que piensa y siente es verdad, ¡punto! Todo esto sin considerar la posibilidad de que sus preconceptos no sean certeros. Él no necesita evidencias ni tiempo para corroborar la realidad. “¡No!…” piensa el subjetivo, “Mi intuición me dice que esto es así ¡y así es! ¡Caso cerrado!» Y condenan —generalmente— a un inocente a las mazmorras de sus prejuicios.

La subjetividad también proviene de la inmadurez. La persona inmadura, inexperta y no entrenada en pensar saludablemente, prefiere dar por verdad sus percepciones que someterlas a prueba, digamos, teniendo paciencia para conocer a fondo a una persona, sus motivaciones y hasta ciertos hechos. Pero para lograr ese tipo de razonamiento se requiere entrenamiento, tiempo y paciencia. Es decir, acumular los suficientes aciertos y desaciertos como para reconocer que no siempre lo que se piensa anticipadamente es veraz y, por lo tanto, ir más allá de la propia lógica y brindarle el beneficio de la duda a los demás a modo de confirmar vez tras vez si son verdad las concepciones anticipadas.

Quien no corrobora sus preconceptos y emite juicios prematuros —como el sacerdote Elí — es una persona inmadura e inexperta. Quien tiene paciencia, no confía en sus propias imaginaciones y sí corrobora la realidad, actúa maduramente.

A continuación, te comparto algunos ejemplos de subjetividad que te ayudarán a ver cómo luce el síndrome de Elí.

Durante una cena del Día de las madres, el ministerio de mujeres de cierta iglesia homenajeó a las mamás de la congregación y las reunió en un hotel de la ciudad. Cuando casi la mayoría había llegado y ya estaban sentadas en sus mesas charlando unas con otras, llegó una mamá invitada. Ella no era de la iglesia y tampoco conocía a nadie. Esta mujer simplemente aceptó la invitación de una hermana de la iglesia que la invitó y apareció en el salón el día del evento. Cuando esta mujer entró y comenzó a buscar su mesa, algunas mujeres mascullaron: “¡Ufff! ¡Esa señora me cae mal! De seguro se coló sin que nadie la invitara”.

¿Viste el síndrome de Elí? ¿Percibes la subjetividad? Estas mujeres no conocen a esta otra mujer, nunca han conversado con ella y, muchos menos, sabían si ella realmente estaba invitada a la celebración. Sin mediar palabras, sin confraternizar con ella y sin corroborar si ella tenía invitación o no, emitieron un juicio anticipado a todas luces injusto. ¿Cómo se llama eso? Ser subjetivo.

Hace muchos años tuve una novia que era sumamente subjetiva. Claro, de amigos yo no me di cuenta de que lo era, fue de novios que lo fui descubriendo. Un día quedamos de salir a cenar y que la recogería a las 6 pm, pero debido a un inconveniente yo no iba a poder llegar a esa hora y le marqué por teléfono para decirle que pasaría una hora después. “¡Hola, mi amor!”, le dije, “fíjate que no podré pasar por ti a las seis como habíamos quedado, sino que…” Me interrumpió de tajo y espetó: “¡Lo sabía! ¡Para ti no es importante nuestra relación y me llamas para cancelar nuestra cita!” Como yo ya había identificado lo subjetiva que era, no me inmuté y le dije: “No, simplemente te llamaba para decirte que pasaré por ti a las siete, ya no a las seis, ¿ok? ¡Te veo más tarde! ¡Bye!” Como ya sabía lo precipitada que era para juzgar, no esperé que me dijera más, me despedí y colgué.

En el ejemplo anterior, ¿cómo se denomina su modo de actuar? ¿Cómo se llama el tipo de proceder que ella manifestó? Subjetividad. Es decir, emitir un juicio acelerado antes de tener todos los elementos que te permitan considerar tus pensamientos como verdad.

Un último ejemplo: un amigo me invitó a cenar a un restaurante de carnes. No era un restaurante barato, era bastante caro. Al nomás sentarnos llegó el mesero, nos saludó gentilmente y nos dejó un menú a cada uno avisándonos que regresaría en unos minutos para recoger las órdenes. Cuando el mesero se fue, mi amigo me dijo molesto y frunciendo el ceño: “¿Viste que nos dejó el menú de los platos más caros y no el de los platos en promoción 2×1? ¡De seguro cree que tenemos dinero y nos quiere vaciar la billetera!”

La pregunta es: ¿realmente el mesero no nos dio el menú 2×1 por eso? ¿No habrá sido que como era de noche nos brindó el menú de platos caros por la hora que era? Cuando regresó el mesero le dije: “Caballero, ¿podría traernos la otra opción de menú de promociones?” Y asunto arreglado. ¿Por qué mi amigo vio malas intenciones en el mesero? ¿Por qué no vio ese asunto como un simple olvido y ya? Ah, porque le gusta practicar el deporte del subjetivismo y juzgar anticipadamente a las personas sin siquiera preguntarles qué realmente los motivó a hacer lo que hicieron.

Hace unas semanas terminé de enseñar los 10 mandamientos en mi grupo de estudio bíblico de los viernes. Resulta que cuando estaba preparándome para enseñar el noveno mandamiento: “no darás falso testimonio” —que tiene que ver proteger la reputación de los demás, abandonar la mentira y hablar siempre la verdad—, me sorprendí de que entre todo el material que usé de base para elaborar la enseñanza, un autor explicaba lo siguiente.

Él afirma que este mandamiento no solo se refiere a no desprestigiar o dañar el buen nombre de los demás ante otras personas, sino también ante nosotros mismos. Explicaba que quienes suelen confeccionar en sus mentes conceptos equivocados de otros sin antes conocerlos profundamente, están dándose a sí mismos un mal testimonio de los demás sin tener ningún fundamento para ello. No dar falso testimonio no solo implica perjudicar la fama de los demás ante otros, sino también ante nosotros mismos, en nuestra mente, en nuestra imaginación.

Tú y yo no debemos pensar mal de nadie sin contar con los elementos de prueba para que demos por ciertas nuestras percepciones. Cuando nos prejuiciamos contra alguien sin tener las evidencias y damos por válidos nuestras percepciones sin siquiera otorgarle el beneficio de la duda, estamos violando el noveno mandamiento y dándonos un falso testimonio de otros sin que se lo merezcan.

Yo pregunto: ¿eres tú una persona subjetiva? ¿Das por verdad tus ideas anticipadas sin siquiera verificarlas? ¿Tienes el mal hábito de pensar lo peor de los demás sin conocerlos por lo menos de forma superficial?

¡Entonces padeces el síndrome de Elí!

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