El síndrome de Elí (Segunda parte)

El síndrome de Elí (Segunda parte)

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Otra forma con la que se conoce el síndrome de Elí es: el mal hábito de asumir. Las personas que padecen los síntomas de este sacerdote suelen asumir cosas sin contar con los elementos necesarios para dar por ciertas sus percepciones. Recuerda, 1 de Samuel 1:12-14 dice que Elí vio a Ana orando en el templo, pero ella oraba en su corazón y olo movía los labios mientras lo hacía. ¿Qué hizo el sacerdote ante la escena? Asumió que Ana estaba ebria y la reprendió ásperamente. ¿Por qué hizo eso? ¿Por qué no se acercó, la interrumpió e intercambió algunas palabras para cerciorarse de que ella estaba borracha? Ah, porque Elí tenía el mal hábito de asumir cosas y de dar por verdad sus pensamientos y sentimientos de forma precipitada sin siquiera darle el beneficio de la duda a las personas. Elí pensó, sintió algo y ¡pum! “¡Ella es una alcohólica!”, sentenció. Y, ¡saz!, le propinó un regaño que Ana no se merecía.

Ahora, este síndrome no solo lo puede padecer un hombre, también las mujeres. Es más, personalmente creo que quienes son más propensas a manifestar sus síntomas son ellas. Claro, también los hombres, pero por lo menos en mi experiencia he visto que quien más lo padece es el sexo femenino. He aquí un par de ejemplos.

Un joven quedó de llamarle a su novia a eso de las 9 pm, pero no pudo hacerlo a esa hora y le marcó hasta las 10. Pero ella ya no quiso contestar. Estaba molesta porque él no cumplió su palabra de llamarle a las 9 pm, pero el novio no sabía eso. Así que él marcó varias veces hasta que dejó de insistir. A la mañana siguiente le volvió a llamar a ella y seguía sin contestar. Y lo mismo durante los siguientes tres días. Al cuarto día, cuando por fin contestó, ella le respondió con tal hostilidad que él quedó sumamente sorprendido. Cuando ella bajó el tono y le permitió hablar, él le explicó que cuatro días antes que habían quedado de que le llamaría, no pudo hacerlo porque había sufrido un accidente de auto. Fue hasta una hora después de que había resuelto con el conductor con quien chocó que le llamó por teléfono, pero ella no contestó. Él quería explicarle lo sucedido, pero como ella padecía el síndrome de Elí, es decir, el mal hábito de asumir lo peor, decidió propinarle un escarmiento injusto por no haber llamado a la hora acordada.

¿Sabes cómo se denomina ese proceder? Ser subjetivo. Pensar mal de las otras personas sin siquiera verificar si lo que se piensa o siente sobre un hecho es verdad. Esto es lo que —por poner otro ejemplo— les pasa a quienes quedan de reunirse con alguien a una hora especifica. Tú lo sabes, quedas de verte con un amigo a las 4 pm y después de diez minutos de atraso, piensas: “¡Qué barbaridad! ¡Qué tipo más impuntual! ¡No puede ser! ¡Qué irresponsable! ¡Esta es la última vez que quedo de reunirme con él!”. Vamos, yo no digo que debamos tolerar la impuntualidad; sin embargo, por qué no mejor pensar: “Mmm… ya llevo diez minutos esperando. ¿Le habrá pasado algo? ¿Se habrá quedado atorado en el tráfico? ¿Será que no lo dejaron salir temprano de la oficina?”. Pero el que padece el síndrome de Elí siempre ve lo malo detrás de los acontecimientos. Fíjate, en el caso anterior, una simple llamada telefónica pudo haber dilucidado el motivo de la tardanza. Pero qué pasa, que en lugar de llamar, quien padece el síndrome de Elí, prefiere fraguar una trama de conspiración y se intoxica con sus propios prejuicios en lugar de simplemente comunicarse con la otra persona y cerciorarse qué es lo que realmente ha pasado.

Hace poco, un amigo me contó que el síndrome de Elí era un serio problema que padecía su esposa y para frenar el padecimiento tuvieron que hablar seriamente. Resulta que cuando él llegaba tarde a casa, cuando él no le llamaba durante el día o cuando simplemente olvidaba ir a comprar algo que ella le había pedido, ¿qué hacía ella? Pensar lo peor. Por ejemplo: “¡Ah, de seguro se está viendo con otra mujer!”; “¡ufff, seguramente yo ya no le importo y por eso no me llama durante el día!”; “¡Gggrrr! ¡A él no le importa las responsabilidades del hogar!”

¡Qué terrible! ¿No? La esposa de mi amigo, en lugar de hablar con su esposo para preguntarle por qué no había llegado a casa, por qué no le llamaba durante el día o por qué olvidó pasar al supermercado, se anticipaba pensando lo peor. Asumía cosas irreales porque padecía el síndrome de Elí. ¿Qué tuvo que hacer mi amigo para frenar ese mal hábito? Le dijo: “mi amor, todo eso que usted piensa de mí, no es verdad y son puras imaginaciones de su mente. Mire, si en el futuro usted quiere saber la verdad de las cosas, no asuma, no saque sus propias conclusiones y no se mortifique usted sola. LLÁMEME POR TELÉFONO PARA PREGUNTARME CUÁL ES LA VERDAD DE LAS COSAS. NO LE CREA A SU MENTE, ¡CRÉAME A MÍ!”

¡Gracias a Dios ella reconoció su enfermedad! Después de esa conversación, todo les ha ido bien en la relación, pero si las cosas no se hubieran resuelto, definitivamente habrían tenido que buscar ayuda profesional porque, sin yo ser psicólogo, a todas luces se notaba que ella tenía rasgos de celotipia.

En mis redes sociales yo he visto este síndrome. Hay personas subjetivas que me juzgan mal por lo que escribo y cuando comentan se nota lo precipitados que son para juzgar. El caso más reciente fue la serie Julio Melgar, la enfermedad y las voces de sanidad que publiqué hace unas semanas. A pesar de yo haber escrito con preocupación por lo que había pasado, sin el más mínimo sentimiento de enojo y sin afán de atacar a nadie, ¿qué hicieron algunos que comentaban debajo de algunos posts? Acusarme de que escribir airado, de odiar a los cantantes y de no actuar de forma cristiana.

La pregunta es: ¿cómo saben ellos que yo estaba enojado? ¿Cómo saben que había odio en mi corazón? ¿Realmente escribí con una actitud anticristiana? No, pero ellos creen saber todo eso porque son subjetivos. Como les molestó lo que denuncié, me quisieron atribuir a mí sus propias sensaciones y, entonces, me facturaron sus malos sentimientos. La persona subjetiva piensa y siente algo y cree que sus concepciones son verdad. Por eso fueron ligeros para juzgarme sin haberme dado el mínimo beneficio de la duda y, de este modo, pensar que quizá detrás de mí escrito realmente había una sana intención.

Es curioso, pero un problema que experimentó el Señor Jesucristo durante su ministerio en la tierra fue enfrentar el síndrome de Elí. Revisa conmigo estos dos episodios:

Jesús sana a un paralítico

Los evangelios describen la vez que trajeron un paralítico delante de Jesús para que lo sanara, pero él no lo sanó de inmediato. Lo primero que hizo fue perdonarle sus pecados. Al expresar este perdón públicamente, los fariseos lo juzgaron anticipadamente. Por eso, Mateo dice:

Y Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?” (Mateo 9:4).

Fíjate, en lugar de pedir la palabra y preguntarle a Jesús: “Jesús, vemos que estás perdonando a alguien sus pecados y hasta donde leemos en las Escrituras esa potestad solo la posee Dios, ¿por qué entonces haces eso?” Pero no, en lugar de preguntar para verificar los motivos del Señor, prefirieron juzgarlo mal al igual que el sacerdote Elí hizo con Ana.

Jesús libera a un endemoniado

Resulta que le trajeron a Jesús a un hombre mudo y discernió que su mudez se debía a una posesión demoníaca. Cuando lo liberó, el mudo habló y todo mundo quedó maravillado. El asunto es que no todos reaccionaron asombrados, sino que algunos asumieron que Jesús liberaba por el poder de Satanás sin siquiera hablar primero con él para preguntarle si eso era cierto. Por eso el texto dice:

“Pero conociendo Él sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo es asolado; y una casa dividida contra sí misma, se derrumba. Y si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo permanecerá en pie su reino? Porque vosotros decís que yo echo fuera demonios por Beelzebú. Y si yo echo fuera demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan fuera vuestros hijos? Por consiguiente, ellos serán vuestros jueces” (Lucas 11:17-19).

Estas personas no pensaron bien de Jesús, en lugar de ver el poder de Dios actuando, le atribuyeron al diablo el portento sobrenatural. Es decir, evidenciaron ser sumamente subjetivos como el sacerdote Elí. Porque si tantas dudas tenían en sus cabezas, ¿por qué no mejor le dijeron al Señor: “Jesús, perdona que te hagamos esta pregunta, pero ¿con qué poder haces esto? ¿Realmente tu poder proviene de Dios o de dónde?” Entonces, al ver Jesús que querían dilucidar la verdad, seguramente les hubiera respondido de forma menos tajante.

Es hora de finalizar y solo me resta decir que, aunque en algunos casos el síndrome de Elí debería curarse tan simplemente como decidiendo no creer las propias concepciones y preguntar a los demás sus verdaderas motivaciones, lamentablemente algunos casos requerirán ayuda externa para purgar la mente de tan pésimo hábito. Así que, si tú crees que padeces el síndrome y por más que te lo propones no lo superas, vamos, ¡ve y busca ayuda!

Noel Navas.

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