la-cabaaaLa composición de una niña de 6 años.

Soy curioso por naturaleza. Había leído tantas buenas referencias en la Internet sobre “La cabaña” que me inquietó leerlo. El empujoncito que necesitaba me lo dio Altar7.com donde leí una reseña del libro; sin embargo, lo que más me llamó la atención fue la editorial que lo publicaba: Planeta. “¿Una editorial secular publicando a un autor cristiano? Este libro ha de tener algo especial”, pensé. Una par de días después me encontré en la librería La Ceiba adquiriendo un ejemplar. Lo comencé a leer, no lo pude dejar. Todo libro quedó en segundo plano hasta que lo terminé, me atrapó la historia. ¡Impresionante! ¿Y al final? ¡Sorpresa! Una niña compositora escribiendo una canción para su padre.

No se preocupe de leer esta entrada, yo también soy de los que no les gusta que le cuenten los finales de las películas ni de las novelas de ficción. Curiosamente cuando llevaba “La cabaña” a la mitad visité una librería cristiana y cuando la vendedora vio el libro bajo mi brazo comenzó a contarme el final. Inmediatamente me alarmé: “¡Oh, no! ¡Qué mala onda esta tipa!” La interrumpí cambiando el tema: las novelas de ficción de editorial Tyndale en el escaparate. Tomé un par y le pregunté qué tal estaban. ¡Peor! Comenzó a contarme las historias y los finales de cada novela mientras yo por dentro: “¡Qué mala vendedora! ¡Eso no se hace!” Perdí mi deseo de comprar alguna por lo menos hasta que olvide todo lo que ella me dijo.

Bueno, yo no voy a actuar como la vendedora mata ventas de la que acabo de hablar. Al contrario, lo voy a estimular a que lea “La cabaña” de una forma diferente a la que otros sitios en Internet lo han hecho y harán. Le voy a brindar una breve reseña presentada desde otro ángulo de la historia: la composición de canciones. “¿La composición de canciones?” se preguntará, “¿Acaso es un libro sobre cómo componer?” No, no lo es. Siga leyendo nomás, que lo que voy a contarle es a penas el 1% de la trama de “La cabaña”. Ya se lo había dicho: no seré con usted como la vendedora mata ventas fue conmigo. Seré más misericordioso.

La contraportada de “La cabaña” dice:

“La hija menor de Mackenzie Allen Phillips, Missy, es raptada durante unas vacaciones familiares, y se encuentran evidencias de que pudo haber sido brutalmente asesinada en una cabaña abandonada en lo más profundo de los bosques de Oregon. Cuatro años después, en medio de su Gran Tristeza, Mack recibe una sosprechosa nota, al parecer procedente de Dios, invitándolo a regresar a esa cabaña durante un fin de semana. Contra toda razón, Mack llega una tarde de invierno para retornar a su más oscura pesadilla. Lo que encuentra ahí cambiará su vida para siempre”.

¿Lo ve? No le estoy revelando nada que el libro, otras reseñas o la editorial misma hayan dicho antes; sin embargo, le mostraré el 1% de la historia. Vamos, no tema; al contrario: aprenda.

Efectivamente, Mack tiene un encuentro con Dios en la cabaña misma donde asesinaron a su hija. El libro lo atrapará en su narración. Usted querrá saber más y descubrir sobre qué cosas conversaron. Mientras lo lea sentirá su alma volar, su mente dibujar y entre páginas sus lágrimas rodar. Como dice Sarayu: “Es que hay lágrimas que limpian el alma”. A medida que avance se sorprenderá por la forma tan inusual de describir la presencia de Dios. A mi modo de ver la más creativa que jamás haya leído. 

“¿Qué tiene que ver esto con la composición?” preguntará. Bueno, durante su encuentro con la Divinidad en tres ocasiones a Mack le llama la atención una “melodía obsesiva” que Dios entona, por ejemplo, mientras prepara el desayuno una de las mañanas de ese transformador fin de semana. Cuando leí la expresión: “melodía obsesiva”, recordé lo que algunos compositores recomiendan cuando de componer se trata: “Cuando componga no olvide ponerle a su canción una melodía pegajosa”. Obsesiva, según “La cabaña”.

Pienso que esta es una característica de las buenas canciones, que tengan una melodía tan agradable, tan pegajosa, ¡tan obsesiva!, que usted no la pueda sacar de su mente. Y más importante: que otros tampoco quieran dejarla de tararear cuando se las muestre. Haga la prueba, cuando escriba una canción muéstresela a otros y vea si les deja tan buen sabor que no la quieran dejar de entonar, por lo menos algunas notas. Inténtelo, si su tonada no los emociona y los atrapa probablemente hay que buscar una mejor opción. Pienso que una melodía obsesiva, “pegajosa” le llamamos la mayoría, es un buen parámetro (de entre varios) de la buena composición.

Volviendo al libro, me resultó sumamente conmovedor descubrir que al final de la trama esa “melodía obsesiva que había cautivado a Mack” era de una canción que su pequeña Missy le había escrito sin que él lo supiera. Sí, la escribió su hija asesinada. Y a través del relato Dios la tararea ocasionalmente. Por eso, a pesar de que uno no escucha la canción la imaginación del lector vuela mientras en una especie de despedida el Espíritu Santo le canta a Mack la canción que Missy compuso para él. Leerá la letra más no escuchará la melodía, por lo menos de forma audible; sin embargo, si uno se esfuerza… se puede escuchar con el corazón. No podrá evitar llorar.

En fin, le invito a dos cosas:

Primero, nunca olvide que una característica de una buena canción es que es obsesiva. Tan obsesiva que hasta Dios la quiera entonar, jeje.

Y por último, vaya a su librería más cercana y adquiera un ejemplar de “La cabaña”, de Paul Young. Es un libro que le dará un atisbo de la presencia de Dios. Y no solo eso, sino de respuestas a preguntas existenciales que todos alguna vez nos hemos hecho. Usted me agradecerá que le haya recomendado esta lectura.

¡Ah! Y no se preocupe…

Solo le conté el 1% de la historia…

En serio.

Noel Navas.

Ssshhh…. Baje la voz… ¡Le voy a contar un secreto! Quienes dejen un comentario en esta entrada tendrán la oportunidad de ganar un ejemplar de “La cabaña” este próximo 19 de Agosto. El ganador será notificado vía correo electrónico.