Memoria melográfica

Memoria melográfica

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Propuesta de concepto.

El concepto me lo esbozó mi amigo Sergio García mientras intercambiábamos mensajes en Facebook. Intenté buscar la palabra o algún término afín en Internet pero no hallé nada. Memoria melográfica le llamaremos a la capacidad del cerebro de recordar melodías inéditas que surgen dentro del ser. No se refiere a melodías externas que el individuo alguna vez ha oído, sino a melodías que emanan interiormente y que a pesar del tiempo permanecen en su mente sin necesidad de grabarlas en un dispositivo externo. La memoria melográfica también podríamos llamarla: Memoria melódica. Realmente el concepto a penas lo estamos desarrollando. Por lo tanto, estamos abiertos a sugerencias.

El concepto más cercano a memoria melográfica que por el momento he hallado es el que tiene que ver con la memoria fotográfica. Según Wikipedia esta última es la capacidad de recordar cosas oídas y vistas con un nivel de detalle casi perfecto. Ojo, el concepto de memoria fotográfica abarca no solo las cosas vistas, sino también las que se han oído. La diferencia con la memoria melográfica, concepto que estamos proponiendo, es que no se refiere a cosas que se oyen y que ya existen (pues sería memoria fotográfica), sino a aquellas cosas que no se han creado y que recién están experimentando un génesis dentro del ser. Son melodías nuevas, frescas y originales que brotan del interior de alguien y que no consigue olvidar a pesar de que transcurra el tiempo.

¿Alguna vez le ha pasado que mientras está caminando, conduciendo o bañándose viene a su mente una melodía inédita? No es una canción que usted conoce, sino una que no existía antes pero que brota de su alma producto de la sensación de bienestar que está experimentando.

Hace unos meses iba con alguien en su auto y mientras esta persona manejaba dijo: “¡Me siento musical!” Me causó risa la expresión. Se refería a que se sentía feliz y que quería cantar. En nuestro caso, cuando nos sentimos musicales, solemos emitir un sonido a través de un tarareo o por medio de un silbido. ¿No es cierto? Los compositores suelen experimentar esto periódicamente, al punto que sin importar que no almacenen estas figuras melódicas, no las olvidan. Por lo menos durante algunos minutos, quizá hasta por horas. Sí, se podría estar ocupadísimo en el trabajo o en los quehaceres domésticos, pero usted está acariciando su nueva melodía recurrentemente. Ella va y viene, no se pierde, no se borra. Eso es memoria melográfica.

Podríamos decir que la memoria melográfica tiene que ver con la intensidad de los recuerdos. Como usted sabe, el ser humano categoriza sus experiencias según la intensidad emocional que le hayan provocado. A mayor intensidad menos posibilidades de olvidar, a menor intensidad mayores posibilidades de hacerlo. Por eso es más fácil recordar una reunión con familiares y amigos ocurrida hace 10 años que una conversación esporádica con un desconocido hace un año. En este sentido, si una melodía inédita emana de su ser y es sumamente emocionante sería más difícil de olvidar que una que apenas le provocó algo. Son las melodías emocionantes las que escogemos como candidatas a convertirse en canciones. El resto no.

Cuando conozco a un compositor y me comenta que escribe canciones suelo preguntarle: “¿Cuántas canciones has escrito?” En lo personal eso me habla del hábito de esta persona por componer. Es decir, si alguien me dice que ha compuesto 10 canciones de inmediato le pregunto: “¿Y desde cuándo lo haces?” Si la persona me dice 10 años, deduzco entonces que no tiene el hábito de componer. Aunque una canción por año no es desdeñable, es muy poco. Distinto sería alguien que me dijera que ha escrito 100 canciones en 10 años. Saber eso me habla de que esta persona sí tiene el hábito más desarrollado.

Hace unos meses una persona me dijo que llevaba escritas 200 canciones. Eso me impresionó, por lo que después de hacer las preguntas de rigor que ya mencioné, le pregunté: “¿Y las tienes grabas en audio como para oír algunas?” “No…” me respondió. “Nunca las he grabado, las letras las tengo anotadas en un cuaderno y las melodías las tengo en mi mente”. “¿Recuerdas todas las melodías de esas canciones?” Pregunté de nuevo. “¡Sí, todas!”

Memoria melográfica.

En lo personal yo no considero que tenga una memoria como la del brother que acabo de citar. Aunque sí me considero tener una muy buena retentiva y recuerdo muchas de las melodías de las canciones que he escrito, francamente no creo tener una memoria tan poderosa al punto de llamarla: Melográfica.

Fíjese, ya me ha pasado que estoy bañándome o voy caminando y… ¡Pum!… Aparece una melodía. Cuando eso ocurre de inmediato me convierto en un chef que se alista para cocinar una pizza casera. Tengo la masa en mis manos, la estrujo, la estiro, la lanzo al aire… La… La… La… ¡La amaso! Je. En El Salvador esa palabra tiene otra connotación, pero la verdad es que el término correcto para este proceso es… Amasar. ¿Ok?

La amaso y amaso, le doy forma y entonces la pongo en un molde, le agrego los ingredientes y la guardo en el horno antes de seguirla cocinando.

En esta parábola entiéndase:

Tener la masa… Tener una melodía sola o una melodía con la letra.
Amasar… Trabajar mentalmente sobre la melodía y la letra.
Guardar en el horno… Almacenar las figuras melódicas en un dispositivo (grabadora o computadora).

El punto es que cuando no grabo las melodías y pasan algunas horas, ¡las pierdo! La masa, los ingredientes, el aroma… ¡Toda la pizza! O sea, mi memoria melográfica me falla y entonces olvido mis canciones. ¿Le ha pasado eso alguna vez? A mí sí y varias veces. Y algunas de ellas las he lamentado profundamente.

Tengo una canción que en lo personal es de mis favoritas, se llama: “Las palabras más dulces”. La escribí luego de una conversación con mi tía Isabel de Paredes. Resulta que mis abuelos de parte de papá presenciaron el avivamiento de inicios de siglo pasado en Lomas de San Marcelino, en Santa Ana, El Salvador. Quienes asistimos a las iglesias de las Asambleas de Dios y nos gusta la historia conocemos qué pasó allí. La cuestión es que mi tía era una niña cuando presenció el mover del Espíritu Santo tocando poderosamente a las personas. Cuando ella se refería a cómo la gente hablaba en lenguas ne decía: “¡Vieras qué lenguas más lindas Dios le dio a fulana y a sutana”. Esa expresión la usó varias veces durante nuestra conversación. La forma con que ella lo decía era tan tierna que me llamó la atención que se refiriera de ese modo a las lenguas.

Como por esos días yo colaboraba como consejero en el programa “Algo bueno” que mis pastores de jóvenes transmitían por Canal 25, pues tuve que despedirme de mi tía e irme al canal. Durante los 15 minutos que tardé en llegar me vino una canción: “Las palabras más dulces provienen del corazón que alaba a Dios/La presencia del Espíritu Santo les da un toque de perfección, etc”. Mientras la entonaba en mi mente meditaba simultáneamente en todo lo que mi tía me había compartido. Al llegar al canal tenía la estrofa, el precoro, el coro y el puente de la canción completitos. Pero como ya habrá deducido usted… No tengo una memoria melográfica muy efectiva. Por eso, al entrar simplemente suspiré: “¡Ojala no se me olvide la canción mientras esto aquí!”

Después de contestar los teléfonos y brindar consejería llegué a la casa… ¡Sin mi canción! La olvidé. Mientras estaba sobre mi cama intentaba repasar la melodía pero solo recordaba la letra. Me dormí muy frustrado porque en mi opinión había perdido una canción con potencial.

Cuando desperté por la mañana me dirigí al baño… ¡No a bañarme eh!… Así que allí sentado con un tono de frustración oré esta sincera oración: “Señor, ¡vieras qué canción más bonita estuve componiendo en mi mente ayer! Si me concedieras recordarla sería muy importante para mí…” No había terminado de decir “amén” cuando… ¡Pum!… ¡Recordé toditita la canción! La comencé a cantar y al nomás salir del baño la grabé en una grabadora viejita que por ese entonces mi mamá me prestaba.

¿Por qué le cuento esto? Porque un día me cansé del estrés que me causaba tratar de recordar buenas ideas de canciones; por eso, antes que me volviera a suceder me fui a Radioshack a comprar una grabadorcita digital. De paso, decidí que cada vez que cambiara de celular me aseguraría de solo comprar los que tuvieran la función grabación de voz. Desde entonces muy pocas veces he perdido canciones.

¿Lo ve? No tengo muy buena memoria melográfica.

Pienso que la memoria melográfica es similar a la memoria fotográfica. En el sentido de que algunos la tienen impresionantemente desarrollada, mientras otros no. Yo soy de estos últimos. Mientras revisaba Wikipedia leí sobre un niño cuya memoria fotográfica era tal que podían ponerle una hoja de papel escrita en un idioma que no conocía, verla por unos segundos y luego podía decir letra por letra lo que recordaba hasta reproducir la hoja completa. ¡Wow! Si algunos de nosotros tuviéramos una memoria melográfica de ese calibre nunca más tendríamos que usar dispositivos de grabación para almacenar nuestras ideas de canciones porque nunca las olvidaríamos.

“¡Señor! ¡Danos el cerebro de Adán antes de que pecara!” Je.

Hasta donde he visto muy pocas personas tienen una memoria melográfica súper desarrollada. Tal vez el caso del joven de las 200 canciones que mencioné antes podría ser uno. No estoy seguro. Pero hasta donde entiendo la mayoría de compositores cuentan con dispositivos de almacenaje externo como recurso para no olvidar ideas.

¿Y qué me dice usted? ¿Qué tal es su memoria melográfica?

Si usted es como yo, y toma en serio el tema de escribir canciones, entonces desarrollará el hábito de almacenar sus ideas de canciones en su celular, en una grabadora digital y si es necesario… ¡Se llamará a sí mismo al teléfono de la casa para grabar sus melodías en la contestadora automática!

Todo con tal de no olvidar nada, je.

Noel Navas.

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