Por qué dejé de estudiar teología (Primera parte)

Por qué dejé de estudiar teología (Primera parte)

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Confesiones de un compositor.

Desde adolescente siempre quise estudiar teología, ¡siempre! Pero algo pasó al graduarme del bachillerato que me hizo olvidarme de la idea y preferí concentrarme en mi carrera universitaria. Fueron seis años de estudio y al graduarme de la Universidad recuerdo que la esposa de un amigo pastor me dijo: “¡Oye, Noel! Yo siempre pensé que tú ibas a estudiar teología, ¿qué pasó?” No sé qué le respondí pero sus palabras hicieron mella en mí y revivieron mi pasión por entrar de nuevo a la Universidad. Si viernes ella me dijo eso, el lunes ya me había inscrito en el único lugar que en esa época licenciaba en teología y cuyo título era reconocido por el Ministerio de Educación.

La verdad fue una experiencia agridulce. Lo primero que noté fue que la mayoría de quienes cursaban la carrera junto conmigo querían licenciarse porque querían un nombre, prestigio y un diploma. Solo hubo una persona que cuando le pregunté qué era lo que lo motivaba a estudiar me dijo: “Es que quiero ayudar a las personas”. El resto de compañeros me respondieron cosas como: “Es que necesito el cartón”, “Porque quiero un título” o “Es que quiero demostrar que me gradué de algo”.

La motivación de ellos repercutía en su desenvolvimiento académico. Como a mí nunca me han importado los nombres ni los títulos y de paso, yo ya era profesional, cuando ingresé a esa Universidad realmente entré porque tenía hambre de aprender. Caso contrario al de mis compañeros que acostumbraban llegar tarde a clases, se alegraban cuando un maestro se ausentaba y para rematar… copiaban durante los parciales.

Era sorprendente ver a pastores que enseñaban en sus iglesias sobre integridad, ética y principios bíblicos hacer fraude en los exámenes. Bueno, viéndolo en retrospectiva no era sorprendente, ¡era patético!

Otra cosa que noté fue la jactancia de algunos catedráticos. Muchos poseían una profesión además de la licenciatura en teología. Hasta allí todo bien; sin embargo, el problema era que se vanagloriaban durante las clases. Por ejemplo, solían decir: “¡Yo soy licenciado en tal cosa y en teología!” o: ¡Yo poseo dos carreras!”. No era cuestión de que había un buen motivo para decírnoslo, era cuestión de presumir sus grados académicos ante el estudiantado. Después de escuchar esa cantaleta varias veces me prometí a mí mismo nunca ser como ellos.

Como yo recién me había graduado como profesional estaba acostumbrado a recibir cátedras, entiéndase: clases magistrales, pero donde estudié teología noté cuán diferente era todo. Por ejemplo, recuerdo que llevé una materia de misiones. Como yo venía de un régimen académico un tanto alto estaba habituado a estudiar todos los días. Sin embargo, cuál fue mi desilusión cuando un día antes de nuestro primer parcial el profesor nos dictó las respuestas del examen. ¡Sí! ¡Así como lo lee! El catedrático comenzó a dictarnos las respuestas del parcial que tendríamos un día después. “¿Quééé?…” pensé yo, “¿y entonces para qué rayos me tengo que esforzar si este cuate va a regalarnos las respuestas antes del examen?”

El profesor nos veía como niños de escuelita dominical que necesitaban ayuda y por eso nos obsequiaba las respuestas del parcial. De este modo no dejaríamos la materia y todos, catedrático y alumnos, seríamos muy pero muy felices para siempre jamás. ¡¡¡What!!!

Recuerdo que cuando entré al segundo semestre lo normal era inscribir cinco materias, pero yo solicité inscribir seis porque el régimen de estudio era demasiado fácil. ¿Qué me dijo la Universidad? No me lo permitieron. “Está bien…” dije yo, “¡ni modo!” Sin embargo, mi desilusión comenzó a pesar cuando en tres de las cinco materias que inscribí los profesores anunciaron desde el primer día que todo el ciclo consistiría en exposiciones. ¿Quiénes expondrían? Los alumnos. Eso significaba que la mitad de las materias de ese ciclo no las impartirían los catedráticos sino los estudiantes. “¡Ve qué cómodos estos profesores!”… decía para mí, “¡nosotros vamos a dar las clases y no ellos!” 

¿Y en qué se excusaron los tres para que nosotros hiciéramos su trabajo? «¡Es que ustedes como alumnos necesitan aprender a hablar en público!» dijeron todos. ¡Sí, cómo no! Mire, yo conocía a la mitad de mis compañeros, cómodos de primera y además, sabía que se prepararían para las exposiciones desde un día antes. ¡O sea! Yo no digo que no pueda haber exposiciones en una materia, ¡pero en tres! Y para rematar… ¡durante los cinco meses! ¡O seaaa!

Quienes me conocen saben que soy bien preguntón y mientras estudiaba la carrera no fue la excepción. Recuerdo que una de las materias fue sobre historia de la iglesia y como los orígenes históricos de la iglesia residen en el libro de los Hechos pues iniciamos la clase estudiándolo. Cuando llegamos al capítulo cuatro donde se habla de que los cristianos vendían sus posesiones y las traían a los pies de los apóstoles, el profesor dijo: “Dios nunca llamó a la iglesia a hacer eso, ¡eso fue comunismo!”

A los pocos segundos alcé la mano y pregunté: “Profesor, ¿por qué usted ve una connotación negativa en algo que el escritor de Hechos no ve?” No recuerdo qué respondió pero él insistió en su punto, por eso volví a decir: “Pero profesor, ¿por qué ve algo negativo en ese pasaje si en el capítulo cinco hasta el Espíritu Santo respalda a Pedro contundentemente y mueren Ananías y Safira? Si Dios no los llamó a hacer eso, ¿por qué los respaldó de ese modo?”

El profesor me dijo molesto: “Mire, usted mucho pregunta, ¡deje que otros participen!”

En ese instante volteé a ver a mis compañeros y les dije: “¿Alguien de ustedes tiene una pregunta?” Nadie respondió, así que le dije al profesor: “¿Lo ve? Nadie tiene una pregunta, ¿por qué no me quiere responder?”

Él volvió a esgrimir su argumento y ya no quise repreguntar para no caerle más mal.

¡Si les contara la que se armó cuando pasamos por el año 90 d. C.! El profesor no supo responder un embrollo que él mismo armó por querer impresionarnos con el Apocalipsis, pero bueno… ya debo terminar este post. El asunto es que cada una de estas cositas que he descrito fueron sumándose hasta el día que las cosas verdaderamente empeoraron.

Continúa…

3 Comentarios

  1. Lamentable lo que cuenta, pero muy cierto. Conozco muchos que se jactan por que estudian teología, y se llenan la boca de que tiene nivel universitario cuando en muchos de estos lugares aceptan gente que no terminó secundario y el nivel es muy bajo, pareciera que la idea no es desarrollar el pensamiento crítico sino más bien repetir como loros…

  2. Hola Noel, ponte en contacto con Luis Jovel http://www.luisjovel.com/ el hace un tiempo atrás subió unos vídeos en donde critico los programas de teología en latinoamerica sobre todo en lo académico, pero menciono algunos buenos lugares para estudiar en esta parte del mundo, también hablo sobre las acreditaciones de las instituciones, las cuales aseguran un piso en lo académico.

    PD: el tiene artículos muy interesantes en su pagina, teologicamente es influenciado por diferentes corrientes, principalmente reformadas, bautistas y pentecostales

  3. JORGE: Gracias por la info, la revisaré! Dtb!

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