Tu dolor también es adoración (Primera parte)

Tu dolor también es adoración (Primera parte)

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Hace un poco más de tres años tuve mi última relación de noviazgo. Lo que aparentaba ser una relación muy prometedora con aval pastoral y familiar, terminó en una ruptura sumamente dolorosa. ¡De película de terror! Y no estoy exagerando. La verdad yo decidí romper la relación, no ella. Lamentablemente, unos amigos me contaron que ella anduvo diciendo que fue ella quien terminó la relación, pero eso no fue cierto, fui yo. Y ya con ese detalle puedes darte una idea de qué tipo de persona descubrí que era ella.

Cuando fui adolescente mis pastores de jóvenes me enseñaron que cuando se termina una relación, uno debe terminarla radicalmente. No es que pueden seguir hablando y frecuentarse de vez en cuando, ¡no! Cuando se corta una relación, se corta de tajo. No se vuelven a hablar ni se vuelven a frecuentar. Eso ayuda a la pronta recuperación del corazón y continuar la vida con un alma sana. Claro, si ambos se encuentran en un centro comercial o en un restaurante de pura casualidad, se pueden saludar, pero hasta allí nomás. Pero lo más saludable cuando se termina una relación es terminarla completa y radicalmente.

Y así hice yo. No solo porque era lo recomendable ni porque así lo aprendí, sino porque los motivos de nuestra ruptura fueron sumamente graves. Tú lo sabes, yo soy músico —empírico— pero al fin de cuentas, músico. Y quienes somos músicos tenemos una vena artística que nos diferencia del resto de mortales. ¿Cuál es esa vena? La sensibilidad. Mira, si te han dicho que los hombres no lloran, te han vendido una mentira. Los hombres también tenemos un corazón, somos sensibles y lloramos, a solas, ¡pero lloramos! El asunto es que a pesar de mi capacidad de sensibilidad, después de la ruptura, yo no lloré. Quería, pero no podía. Sentía dolor, ¡mucho dolor!, pero no podía llorar por más que lo intentaba. Y así pasé tres semanas. Sin lágrimas, con el alma partida en dos, pero sin humedad en los ojos.

Un día, estaba orando, adorando a Dios como intento hacer siempre. Estaba sangrando por dentro y con un gran nudo en la garganta, pero sin poder llorar. Solo oraba y hablaba con Dios. De repente, oí una voz en mi mente que me dijo: “Noel, que me expreses tu dolor, también lo considero adoración”.

¡Espera! ¡Espera! Yo sabía que adoración era expresar alabanza, gratitud, reverencia, dar gloria, honra y honor al Señor, pero ¿que expresarle a él mi dolor podía ser considerado adoración? ¡Eso era nuevo para mí! Nunca había visto la adoración de ese modo. Así que allí estaba yo, orando, herido profundamente en el alma, pero buscando al Señor. Y de repente oí en mi corazón: “Que me expreses tu dolor, también lo considero adoración”.

Ese pensamiento giró la llave del grifo. Las lágrimas emergieron por mis ojos y me solté a llorar desconsoladamente. Antes no pude, lo había intentado, pero esas palabras liberaron mi emoción y lloré por más de una hora tendido boca abajo sobre mi cama. Nada podía contener el río. La presa se había roto. Estaba vertiendo mi dolor delante del Señor como nunca había hecho y ahora podía llorar con libertad. El agua interior emanaba a caudales, sollozaba, gemía y expresaba ante Dios mi profunda tristeza y desilusión.

Supongo que has leído el texto de Romanos 8 que dice: “Y de la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como debiéramos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romano 8:26). Recientemente encontré una paráfrasis de este texto que dice: “No importa si no sabemos cómo orar o por qué orar. El Espíritu Santo ora por nosotros y a través de nosotros. Él convierte nuestros suspiros y quejas en oraciones”.

Es una paráfrasis muy interesante y nos confirma que efectivamente nuestros suspiros, quejas, dolor y desilusión, cuando las expresamos a Dios en oración, también son adoración. ¿Alguna vez habías reflexionado en esa idea? ¿Has visto tu dolor y sufrimiento como actos mismos de adoración? Es más, ¿alguna vez has leído los versículos de los Salmos que hablan sobre llorar delante de la presencia de Dios?

Fíjate, los Salmos son oraciones que expresaron los salmistas, algunas se quedaron solo como poemas y otras se convirtieron en canciones, pero estas oraciones están registradas en el libro más grande de la Biblia y están bañados de lágrimas. Y si la oración es adoración y si las lágrimas forman parte de tus oraciones, para Dios todo eso se constituye en adoración. Por favor, lee algunos de estos salmos y percibe el sentimiento con que fueron escritos:

Cansado estoy de mis gemidos; todas las noches inundo de llanto mi lecho,
con mis lágrimas riego mi cama… El SEÑOR ha escuchado mi súplica; el SEÑOR recibe mi oración.
Salmo 6:6, 9.

Escucha mi oración, oh SEÑOR, y presta oído a mi clamor; no guardes silencio ante mis lágrimas…
Salmo 39:12.

Mis lágrimas han sido mi alimento de día y de noche, mientras me dicen todo el día: ¿Dónde está tu Dios? Me acuerdo de estas cosas y derramo mi alma dentro de mí…
Salmo 42:3-4.

Tú has tomado en cuenta mi vida errante; pon mis lágrimas en tu redoma; ¿acaso no están en tu libro?
Salmo 56:8.

¡Increíble! ¡Este salmo dice que Dios anota nuestras lágrimas en un libro!

Oh SEÑOR, escucha mi oración, y llegue a ti mi clamor… Porque cenizas he comido por pan, y con lágrimas he mezclado mi bebida.
Salmo 102:1-9.

El dolor, la tristeza, las lágrimas y el llanto con que permeas tus oraciones, son adoración delante del Señor. Que tú le abras tu corazón en oración, implícitamente le estás diciendo:

“Señor, eres digno de mi confianza. Te considero mi Padre y mi amigo, y por eso no oculto mis emociones delante de ti. Yo no tengo por qué esconderte nada porque tú lo conoces todo. Conoces mis alegrías y mis tristezas, y en este momento mis tristezas me hacen llorar. Gracias por valorar mis lágrimas, gracias por permitirme mostrártelas, gracias porque expresar mi dolor delante de ti también lo consideras adoración”.

Continúa leyendo la 2da. parte aquí.

1 Comentario

  1. Me encantó el tema del dolor. Gracias por compartir. Me identifique totalmente . Verdaderamente cuando se tiene a Dios por Padre y por amigo, es el refugio más seguro y profundo adonde podemos ir. Que lindo es saber cuanto valor tenemos para el Señor y que descansó tenemos en El al setir dolor por perdida o ruptura. Acabo de pasar un dolor así, caí en depresión y ansiedad, y fue muy difícil salir, pero el Señor me ha fortalecido poderosamente y hoy veo hacia atrás y solamente puedo reconocer el cuidado del Señor, y la fortaleza que medio día a día. Sin El no se donde ni como estuviera. En verdad la presencia del Señor es real. Y su consuelo nos sostiene siempre.

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