Una palabra para las iglesias multitudinarias (Primera parte)

Una palabra para las iglesias multitudinarias (Primera parte)

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Cuando yo me he congregado en una iglesia nunca me ha gustado solo asistir y no hacer nada. Siempre me ha gustado servir ya sea en la música o en grupos de estudio bíblico en casa. Bueno, resulta que hace algunos años, en una iglesia donde me congregué, yo lideraba un grupo en casa. Nos reuníamos cada semana para orar, estudiar la Palabra y al final, compartir entre amigos. En ese entonces, yo pude haberme conformado con enseñar una vez por semana ¡y ciao! ¡Nos vemos a la siguiente! Pero no, yo empleaba una o dos noches más, además de la reunión semanal, para ir a visitar a quienes llegaban. La idea era ir a conversar, escucharlos y hacernos amigos. Eso es lo que se espera de un líder de grupo en casa, ¿no? El asunto es que ese grupo comenzó a crecer mucho, de 5 que nos reuníamos pasamos a 8, luego a 12, hasta tener más de 20 jóvenes cada semana.

El asunto es que, como la iglesia donde yo asistía enfatizaba fuertemente este tipo de reuniones —es decir, tenía una visión celular— se corrió la voz de que mi grupo estaba creciendo mucho y hasta había líderes que me elogiaban en público por el esfuerzo. ¿Qué hacía yo ante los elogios? Nada. Yo solo suspiraba dentro de mí: “¡Ay! ¡Si supieran!” En serio. Los elogios y las palmaditas en la espalda me eran indiferentes. No me sumaban ni me restaban. Yo sabía la verdad.

¿Qué verdad? Que sí, que efectivamente teníamos más de 20 jóvenes reuniéndonos cada semana, pero debido a que yo me estaba haciendo amigo de todos ellos, estaba conociendo sus vidas, sus luchas y sus pecados. Sí, éramos un grupo numéricamente grande, pero la mayoría de ellos estaba luchando con pecados en sus vidas que me impedía “dormirme en mis laureles” y sentirme un líder exitoso. ¿Cómo me iba a sentir satisfecho solo con los números si casi la mitad estaba en fornicación? ¿Cómo me iba regocijar solo en los números si sus luchas con la inmoralidad eran incesantes? ¿Cómo me iba a deleitar en mi aparente éxito si todos me confesaban que no les interesaba orar ni estudiar la Biblia a diario?

Y es que eso pasa con los números, que al líder le dan la sensación de que es exitoso, cuando no lo es. No lo es porque los números no son sinónimo de éxito. Que los creyentes crezcan en consagración a Dios, ¡eso sí es éxito!, pero los números por sí solos no lo son. Para decepción del evangelicalismo contemporáneo, hay pastores que se jactan de que Dios está respaldando sus ministerios por el solo hecho de que están creciendo numéricamente. Vamos, si los números fueran sinónimo del respaldo divino sobre un ministerio, entonces Dios está con los musulmanes y con los mormones, ¿has visto sus cifras de crecimiento en el mundo? ¡Son impresionantes! ¿Significa esto que Dios está con ellos y que los está respaldando en su labor? ¡Por favor! La fórmula: números = éxito ministerial, es una falacia. No te confíes de los números para decir que Dios te está respaldando y mucho menos, para jactarte ante tus iguales de que Dios está contigo. Los números son números y nada más. No son sinónimo de nada, excepto de que hay mucha gente asistiendo a un lugar y punto.

Así que basado en lo anterior, quiero darles una palabra a esos pastores que tienen iglesias multitudinarias, de esas que asisten cientos o miles de personas. ¿Qué palabra les quiero dar? ¡Sigan el ejemplo de Jesús! ¡No se congratulen a sí mismos por el crecimiento numérico! Mejor imiten al Maestro y hagan como él hacía. Lee detenidamente lo que dice el evangelio de Lucas:

Grandes multitudes le acompañaban; y Él, volviéndose,
les dijo: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre
y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas,
y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede
ser mi discípulo.
Lucas 14:25-27.

“¡Eh! ¿Perdón? ¿Qué dijiste, Jesús? ¿Acaso escuché bien? ¿Dijiste algo de poner en segundo lugar cualquier relación humana y ponerte a ti por encima de todas? ¡Ejem! ¡Ejem! ¿Escuché algo acerca de cargar una cruz, de morir a uno mismo y ser un discípulo consagrado? ¡Oye, Jesús! Te estamos siguiendo multitudes a donde quiera que vas, ¿por qué no te congratulas a ti mismo y elogias a tus discípulos por la buena labor que están realizando? Es más, ¿por qué no mejor matizas un poco tu mensaje y mejor nos das sermones motivacionales para que nos animemos a invitar a otros para que se sumen a estas multitudes? ¿Qué opinas, Jesús?”

Jesús no se entusiasmó con las multitudes, al contrario, lo que hizo inmediatamente que vio a la muchedumbre fue presentarles las demandas de su evangelio. No los felicitó por seguirle ni tampoco por traer cada vez más invitados. ¡No! Les dijo: “Con que me quieren seguir, ¿verdad? ¿Con que quieren seguir sumando más y más personas a este movimiento, ¿ah? Entonces, si quieren seguirme prioricen su relación conmigo más que su relación con sus padres; prioricen su relación conmigo más que su relación con su esposo o esposa, novio o novia; prioricen su relación conmigo más que sus relaciones familiares y sociales. De lo contrario, ¡no quiero que me sigan! No quiero que se sumen a esta multitud. Ustedes no pueden ser mis discípulos y no quiero que lo sean si no están dispuestos a tener el nivel de consagración que yo demando. ¿Les quedó claro o les hago dibujitos?”

Por lo tanto, no te sientas exitoso si tienes una numerosa asistencia en tu estudio bíblico en casa y mucho menos, de que tengas una iglesia de cientos o miles de miembros. Considérate exitoso en el Señor cuando tengas discípulos que sigan a Jesús con el nivel de consagración que él demandó. Sean pocos o sean muchos, los números no importan, lo que importa es que quienes se reúnan en tu grupo en casa o en tu congregación, estén dispuestos a poner cualquier relación en segundo lugar, para poner la relación con Jesús sobre todas las cosas.

Continúa leyendo la 2da. parte aquí.

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