Neuroplasticidad y composición (Primera parte)

Neuroplasticidad y composición (Primera parte)

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La expansión de la mente y el arte de escribir canciones.

Encontré el libro de Nicholas Carr hace algún tiempo en Almacenes SIMAN. Una tienda por departamentos muy famosa en mi país. Como suelo hacer con algunos libros antes de comprarlos, primero leo algunas páginas y entonces tomo mi decisión. Después de leer dos o tres páginas sabía que tenía que leerlo.

Siendo franco aún no lo he terminado, pero los capítulos que he leído han sido suficientes para tomar decisiones sobre mi propia vida y mis hábitos de lectura. Prácticamente el libro trata acerca de cómo el uso de Internet está impactando nuestro cerebro, nuestra manera de procesar la información e inclusive nuestra conducta diaria.

Por ejemplo, Carr afirma que la forma como accesamos a la información, rápida, ágil, mediante pocos clics y hasta teniendo entre cinco y diez páginas webs abiertas al mismo tiempo, repercute en nuestras mentes. Al punto que cuando nos sentamos ante un libro de papel nos cuesta concentrarnos y no podemos leer si quiera una o dos páginas sin distraernos. ¿Por qué nos sucede esto? ¿A qué se debe este fenómeno? A que nuestras mentes están transformándose a la imagen y semejanza de la inmediatez que ponemos frente a nuestros ojos. Un libro físico y una página de papel están estáticos. Las páginas de Internet no. Y como nuestra mente se está asemejando al patrón de rapidez que está exponiéndose, cada vez nos cuesta más enfocarnos y entrar en modo lectura de libro físico. Com afirma Bruce Friedman, bloguero sobre temas de computación y medicina: “he perdido casi completamente la capacidad de leer y absorber un artículo largo en pantalla o papel”.

Es probable que sus palabras delaten nuestra propia condición.

Esto significa que, a más exposición a Internet y su forma expedita de servirnos la información, más posibilidades de convertirnos en personas impacientes cuando de sentarnos a leer pausadamente o de prestar atención se trate. Internet está cambiando nuestros hábitos mentales y convirtiéndonos en personas… superficiales.

Es aquí donde Nicholas Carr comienza a hablar del cerebro y de los estudios que se han hecho para lograr descubrir cómo es que está diseñado. Si hace décadas se creyó que el cerebro era una estructura rígida que no experimentaba cambios internos, hoy en día se cree todo lo contrario. El cerebro experimenta algo que los científicos llaman: neuroplasticidad. Es decir, nuestras neuronas y las interconexiones internas que procesan la información, son flexibles. Esto significa que nuestra mente es maleable. Internamente, según el tipo de estímulos y procesos visuales a los que nos expongamos, nuestra mente puede cambiar.

Por ejemplo, imagínate al mejor taxista de un pueblecito de América Latina. No un taxista de la capital, sino uno de un pueblo pequeño del interior de tu país con algunos miles de habitantes, ¿ok? Así que imagina que conoces a ese taxista que se sabe cada avenida, calle y alcantarilla del pueblo. Y que cuando un pasajero se sube a su auto y quiere dirigirse a algún sitio no necesita usar Waze ni Google Drive para llegar al lugar. No, ¡para qué! Su cerebro tiene mapeadas todas las rutas habidas y por haber, y las conoce tan perfectamente que con solo oír el nombre del lugar su cerebro realiza las interconexiones necesarias en menos de un segundo para poder trazar el mejor recorrido para llegar.

Ahora bien, ¿qué pasaría si tomáramos a este taxista pueblerino y lo ubicamos en la ciudad de Londres, Inglaterra? Imagina que lo tomamos a él y a su taxi como si fueran una pieza de ajedrez y lo ponemos en otro tablero, en medio de la ciudad de Londres, sus espectaculares calles, enormes edificios y de millones de habitantes. Él no conoce nada de dicho lugar y está totalmente desorientado. Ahora imagina a un pasajero subir a su taxi y pedirle que lo lleve a algún sitio. ¿Cómo actuará su cerebro en ese momento? ¿Cómo podrá llegar a dicho destino si su mente no ha mapeado la ciudad?

Su cerebro no podrá realizar ninguna interconexión porque no está familiarizado con la ciudad. ¡Allí sí! Waze o Google Drive tendrían que intervenir. Sin embargo, hay buenas noticias para nuestro taxista despistado. Con paciencia y esfuerzo este taxista solo necesitaría invertir algunos meses para que su cerebro mapee toda la ciudad y poco a poco las interconexiones mentales comenzarán a realizarse. De este modo, con el tiempo, podrá procesar cualquier petición de cualquier pasajero y se podrá movilizar a cualquier lugar que le pidan. Es decir, podrá ser nuevamente un taxista extraordinario como lo era en su pueblo natal.

La pregunta es: ¿cómo es posible que este taxista pueda adaptarse al nuevo lugar? ¿Cómo es que su cerebro puede aprender nuevos nombres de avenidas, calles y rutas y de este modo mapear una ciudad de millones de personas? Porque el cerebro y la mente no son estructuras rígidas, sino flexibles y maleables. Nuestras neuronas tienen la capacidad de experimentar plasticidad. Y he allí del nombre: neuroplasticidad.

Pueda ser que enterarnos que nuestras estructuras mentales son moldeables sea una buena noticia, pero la verdad es que lo contrario también es cierto. Así como nuestro cerebro puede cambiar para bien, también puede cambiar para mal. Y eso en parte es lo que Internet está logrando en nuestra mente. Está reconfigurando nuestras interconexiones a modo de que nos acostumbremos a la inmediatez de la información y abandonemos la reflexión pausada y concienzuda que la literatura y que las circunstancias de la vida ameritan.

En su libro, Nicholas Carr, presenta una serie de estudios científicos que confirman la maleabilidad interior que los seres humanos poseemos. Sin embargo, uno que me llamó la atención es el que realizó Álvaro Pascual-Leone, neurólogo de la Escuela de Medicina de Harvard, que se relata en el capítulo “Caminos vitales”:

“Otro experimento, llevado a cabo por Pascual-Leone cuando era investigador de los Institutos Nacionales de Sanidad, proporciona pruebas aún más evidentes de la manera en que nuestros patrones de pensamiento afectan la anatomía de nuestros cerebros. Pascual-Leone reclutó voluntarios que no tenían experiencia en tocar el piano y les enseñó una melodía simple que constaba de una corta serie de notas. A continuación, los participantes se dividieron en dos grupos. Pidió a los miembros de uno de los grupos que practicaran la melodía en un piano dos horas al día durante los próximo cinco. Luego pidió a los miembros del otro grupo que se sentaran delante del piano durante la misma cantidad de tiempo, pero que se limitaran a imaginar que tocaban la melodía, sin siquiera llegar a tocar las teclas. Mediante una técnica llamada: Estimulación Magnética Transcraneal, Pascual-Leone registró la actividad cerebral de todos los participantes antes, durante y después de la prueba. Encontró que la gente que solo había imaginado tocar las notas presentaba exactamente los mismos cambios en su cerebro que los que de hecho habían tocado el piano. Su cerebro había cambiado en respuesta a acciones que sólo se habían producido en su imaginación; es decir, como respuesta a sus pensamientos”.

Ahora bien, ¿qué tiene todo esto que ver con la composición de canciones? ¿Qué relación tiene con el arte de componer? Que, como explicaré en la siguiente entrada, los compositores cristianos no hemos echado mano del don innato de la neuroplasticidad para mejorar nuestra forma de componer.

Continúa…

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