Neuroplasticidad y composición (Segunda parte)

Neuroplasticidad y composición (Segunda parte)

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La expansión de la mente y el arte de escribir canciones.

Mientras leía el libro “¿Qué está haciendo Internet es nuestras mentes? Superficiales” de Nicholas Carr, no solo pensaba en cómo la rapidez de la información a la que accedía en Internet estaba moldeando mi mente y repercutiendo en mis hábitos de lectura, sino también en cómo quienes escribimos canciones de adoración congregacional no aprovechamos el recurso innato de la neuroplasticidad para expandir nuestra mente y así componer mejor.

Pensaba en el tsunami de canciones de adoración que están inundando nuestras congregaciones y que apenas dicen algo relevante o que son demasiado cortas para si quiera hacernos reflexionar. Pensaba en los compositores que suelen escribir letras que dicen lo mismo que otros y que no pasan de repetir los mismos clichés de siempre. Vamos, no es que yo crea que no se puedan escribir canciones pequeñas ni que estas no tengan el potencial de edificar de algún modo a la iglesia. Sin embargo, la realidad es que entre más corta sea la melodía de una canción menos posibilidades de escribir letras con más contenido. Y lo mismo sucede al revés, entre más amplia sea la estructura melódica más posibilidades de poner más letra y, por ende, mayor oportunidad de nutrir la mente cristiana durante la adoración congregacional.

Ojo: no estoy abogando por escribir canciones del tamaño del Salmo 119, sino de por lo menos la amplitud y profundidad del Salmo 23. ¿Me doy a entender?

El hecho de que las canciones de adoración sean tan cortas y digan tan poco, tiene que ver con el cerebro del compositor. Con esa mente que no ha echado mano de la neuroplasticidad con la que Dios nos facultó y de este modo expandir sus interconexiones neuronales para crear mejores canciones. La mayoría de escritores en la actualidad (me incluyo ahí) nos hemos conformado a componer como los demás lo hacen: corto y sin decir mayor cosa. El escritor de canciones promedio no ha aprendido a expandir su mente a modo que con el tiempo pueda crear melodías amplias, letras relevantes y hasta mejor armonizadas. Los compositores cristianos nos hemos resignado a las cancioncitas de una estrofa y un coro, en lugar de escribir dos estrofas, un pre-coro o un puente adicional y así tener la oportunidad de montar más letra y comunicar más.

Los compositores cristianos en la actualidad somos como ese taxista que hablé en la entrada anterior, que solo sabe manejarse dentro de su pueblecito y que se ha familiarizado tanto con sus calles y avenidas que no quiere salir de allí. Nuestra mente ha mapeado tan pero tan bien la forma de componer canciones fáciles, pequeñas y de pobre contenido, que cuando se nos habla de la necesidad de expandir nuestra creatividad y de salir de nuestra área de confort, nos atoramos. Es como que si experimentáramos un corto circuito mental y nos sentimos identificados con el taxista despistado en Londres. Lamentablemente, cuando nos pasa eso, en lugar de esforzarnos por conocer la ciudad y mapear todas sus calles y avenidas, nos cruzamos de brazos y lloriqueamos con tal de volver a nuestro pueblecito y nos dejen de hablar tanto de Londres.

Hace unos meses les envié unas canciones a dos amigos compositores. Son canciones de dos estrofas, un pre-coro, un coro y hasta un puente. Son canciones amplias, que, con un género musical contemporáneo, intentan emular la amplitud de letra de los himnos de antaño. ¿Sabes que me dijo uno de ellos? “Noel, esas letras son muy largas, ¡nadie las va a cantar!” Y el otro: “Noel, de cada una de esas canciones yo puedo hacer dos”.

Es probable que, si yo te las mostrara a ti, dijeras lo mismo, je.

Les agradecí sus comentarios, pero yo sé el motivo del por qué las escribí con letras más amplias de lo que estamos acostumbrados. Es cierto, puede ser que si las canto en una iglesia, le gente no se las aprenda de inmediato. Pero con una fiel repetición y un deseo sano de enseñarlas, sé que la gente podría aprenderlas y hasta cantarlas efusivamente a la vez que sus mentes son nutridas con el mensaje del evangelio.

¿Sabes? Yo he estado en conciertos de Marcos Vidal, el mejor compositor vivo en la actualidad y que la mayoría de músicos cristianos reconocen que es un referente para sus ministerios, y he visto a auditorios de miles de personas corear sus canciones de memoria y sin proyectarse las letras en las pantallas. Yo pregunto: la música de Vidal, ¿es de adoración congregacional y para cantarse en la iglesia? ¿O son canciones de solista y he allí el por qué sus letras son tan largas?

Vamos, son canciones de solista, con letras súper amplias, pero cuyo mensaje poético ha hecho mella en el corazón de la cristiandad al punto que los creyentes deciden memorizarlas y hasta cantarlas cuando participan de alguno de sus memorables conciertos.

¿Qué quiero decir con esto? Que no deberíamos temerle a escribir letras extensas, que no deberíamos menospreciar a la iglesia de Cristo creyendo que no es capaz de memorizar letras de este tipo, que no nos excusemos en que los cristianos no pueden cantar canciones amplias. ¡Claro que sí pueden! Solo es cuestión de componer mejores canciones y enseñarle a la congregación a “amar al Señor con toda su mente” (Mateo 22:37).

Ahora bien, tú, como compositor de canciones, ¿quieres que tu cerebro experimente una neuroplasticidad que repercuta en tu forma crear? ¿Quieres que tu mente fluya en interconexiones neuronales nuevas? Basta entonces de escuchar canciones que no dicen nada, basta de exponerte a canciones plagadas de clichés, basta seguir oyendo canciones que no utilizan lenguaje figurado, basta de las letras que no aportan nada a la mente cristiana, basta de negarte a leer con seriedad las Escrituras, basta de huirle al hábito de la lectura y basta de no estudiar el idioma, el vocabulario y las palabras.

Cuando te acostumbras a escuchar música pobre y de contenido irrelevante, cuando te acostumbras a no estudiar la Biblia a diario y menosprecias la lectura de buenos libros, ¿sabes qué pasa en tu mente? Se amolda a los patrones mediocres que has acostumbrado a exponerte. Tu mente se transforma a la imagen y semejanza de los modelos que has decidido admirar. Sin embargo, cuando decides escuchar música que te desafía por su creatividad melódica y armónica, cuando escuchas canciones que te retan por la singularidad del lenguaje y dominio del idioma que despliegan, cuando decides leer disciplinadamente las Escrituras, cuando te aferras al don de la lectura disciplinada, ¿sabes qué pasará en tu cerebro? ¿Sabes qué ocurrirá en tu mente? La neuroplasticidad innata con la que Dios te dotó hará su trabajo. Tu mente se expandirá, tu mente se ampliará y crecerá a tales niveles que tendrás nuevas interconexiones para crear. Será como si te mudaras a la ciudad de Londres dejando atrás tu pueblecito natal. ¿Y sabes qué más ocurrirá? Que cuando te sientes frente al instrumento o ante la página en blanco, nada te será imposible. Experimentarás una singular, inédita y renovada forma de componer que poco a poco se verá reflejada en las canciones de adoración que decidas escribir para el Señor.

Como afirma Nicholas Carr, citando al neurólogo Pascual-Leone: “La plasticidad es el estado normal del sistema nervioso durante el curso de toda la vida. Nuestros cerebros están en constante cambio como respuesta a nuestras experiencias y nuestra conducta; reorganizamos sus circuitos con cada entrada sensorial, acto motor, asociación, señal de recompensa, plan de acción o cambio de conciencia”.

Si la neuroplasticidad es un estado que podemos disfrutar «durante el curso de toda la vida», eso significa que aún hay esperanza para ti y para mí, aún hay esperanza para la música cristiana en Latinoamérica. aún hay esperanza para que dejemos de ser… superficiales.

Noel Navas.

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