Muéstrame tu voluntad (Segunda parte)

Muéstrame tu voluntad (Segunda parte)

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La historia detrás de la canción.

No sé si alguna vez te has encontrado ante la difícil decisión de cambiar de iglesia. Para algunos es una simple cuestión de irse y ya, pero para aquellos que hemos estado muchos años en un lugar y, además, tenido el privilegio de servir en una posición de liderazgo, no es tan fácil marcharse. Por eso, aunado al afecto que sentía por la congregación y el agradecimiento que sentía con el liderazgo, comencé a temer dos cosas. Uno: que cuando yo me fuera los líderes hablaran mal de mí, y dos: que mi salida desencadenara una deserción masiva de los integrantes del grupo de alabanza. Esto último porque varios integrantes ya me habían manifestado que deseaban irse. “¡Ops!” pensaba, “sí supieran que yo también”.

A partir de la conversación que sostuve con mi tío esa vez que oró por mi comencé visitar su iglesia ocasionalmente. Quizá cada dos semanas y algo sucedió dentro de mí. Comencé a sentirme culpable por mis visitas esporádicas a la otra congregación. A veces llegaba, tomaba mi asiento y con ojos como platos mascullaba para mis adentros: “¡soy un traidor!” No sé por qué me sentía así, seguramente era un engaño de mi mente. Falsa culpabilidad con la que muchos alguna vez hemos lidiado. El asunto es que a medida que servía fielmente en mi iglesia y visitaba la otra noté lo distintas que eran ambas. En la que estaba ya no me sentía parte, en la que visitaba sí; en la que estaba no me sentía edificado, en la que visitaba sí. ¡Las diferencias eran evidentes!

Mientras tanto, siempre acudía a la canción “Muéstrame tu voluntad” para rogarle al Señor que me guiara. La verdad es que ese canto escritural me acompañó durante todo el proceso. Siempre he dado gracias a Dios por tenerlo como recurso de fe y apoyo de oración. Nota: los cantos escriturales son eso, un recurso de fe y apoyo de la oración. Si tú decides escribirlos seguramente le servirán a alguien en algún momento específico de su vida, sino es que primero a ti. Por lo tanto, no desestimes involucrarte en esta labor ya que Dios puede usarlo para ministrar profundamente a otros.

Así transcurrieron los meses hasta que llegó el mes de mayo de 2000. Yo había orado fielmente sobre el asunto y había estado pidiendo consejo a amigos que admiro por su madurez y todos coincidían en que debía irme. Recuerdo dos conversaciones que sostuve. La primera con un amigo que luego de manifestarle mis dos temores, que hablaran mal de mi y que algunos del ministerio de alabanza se fueran, me dijo: “Noel, hay cosas que no las podemos controlar y que son inevitables. Por lo tanto, déjame decirte que… ¡Van a hablar mal de ti! No esperes salir en un caballo blanco de allí”.

Sus palabras fueron un knockout para mi orgullo.

La segunda conversación fue con otro amigo pastor quien luego de expresarle que había sanado mis actitudes, que me había involucrado más fielmente en el servicio y que aún así mi corazón ya no estaba en mi iglesia, me dijo: “¿Sabes una cosa? Estoy convencido que la única razón que justifica que una persona se vaya de una iglesia es que no está creciendo. ¿No estás creciendo allí? Entonces, es hora de marcharte Noel”.

Sus palabras fueron el último empujón que necesitaba. Esa misma semana hice cita con el pastor principal de la iglesia y personalmente (y por escrito) le expliqué que sentía que Dios me estaba guiando a otro lugar. No fue fácil enfrentarlo, estaba muy nervioso al hacerlo. Yo era uno de los directores principales del ministerio de alabanza y seguramente yo lo estaba tomando a él por sorpresa. Por eso, luego de leer mi carta y de escucharme, me dijo: “Si no te detengo no es porque quiero que te vayas, sino porque quiero respetar tu decisión. ¡Déjame orar por ti!”

Lo hizo, nos abrazamos y nos despedimos.

Ese mismo día tuve la oportunidad de despedirme de mi pastor de jóvenes y de mi grupo de estudio bíblico de entre semana. Ahora sólo restaba hablar con un grupo muy especial para mí: el ministerio de alabanza.

Imagínatelo, nadie sabía que me iba. Mi conversación con el pastor principal y de jóvenes fue el jueves, así que tres días después, el sábado, antes del ensayo me reuní con ellos para despedirme. Algunos se entristecieron. No sé si porque no me verían más o porque ellos también querían irse y no tenían el valor. Lo que sí recuerdo fueron las palabras de la hija del pastor, que en ese entonces era parte del ministerio y que por muchos años hemos sido amigos. Ella dijo frente a todos con lágrimas en sus ojos: “¡Noel! ¿Por qué te vas si estás en tu mejor momento?”

Inmediatamente dije dentro de mí: “¡Yes! Esa era mi intención, irme en un buen momento”.

Hasta donde he sabido las cosas en mi iglesia anterior no han sido fáciles, han tenido que luchar contra otro tipo problemas; sin embargo, siguen adelante y han perseverado fieles. Saberlo me bendice mucho. Siento un gran afecto por su pastor, toda su familia y por la gente de ese lugar. Esa iglesia contribuyó mucho a mi formación. Estoy agradecido con Dios por el tiempo que estuve allí.

Por cierto, ahora que lo pienso, fue mientras estuve en esa maravillosa congregación que descubrí que podía componer.

Noel Navas.

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