Verdadero adorador vrs. Falso adorador (Primera parte)

Verdadero adorador vrs. Falso adorador (Primera parte)


Los sabios del oriente vrs. el rey Herodes.

Mateo capítulo dos es un pasaje que habla acerca de la adoración. Más bien, acerca de los adoradores: los verdaderos y los falsos. Los siguientes textos nos confirman que famosa historia introductoria al Nuevo Testamento que habla acerca de los sabios del oriente trata sobre la adoración:

1Después de que Jesús nació en Belén de Judea
en tiempos del rey Herodes, llegaron a Jerusalén
unos sabios procedentes del Oriente.
—¿Dónde está el que ha nacido rey de los judíos?
—preguntaron—. Vimos levantarse su estrella
y hemos venido a adorarlo.
Mateo 2:1-2.

Luego Herodes llamó en secreto a los sabios
y se enteró por ellos del tiempo exacto en que había
aparecido la estrella.
Los envió a Belén y les dijo:
—Vayan e infórmense bien de ese niño y,
tan pronto como lo encuentren, avísenme
para que yo también vaya y lo adore.
Mateo 2:7-8.

10 Al ver la estrella, se llenaron de alegría.
11 
Cuando llegaron a la casa, vieron al niño
con María, su madre; y postrándose lo adoraron.
Abrieron sus cofres y le presentaron como regalos
oro, incienso y mirra.
Mateo 2:10-11.

¿Lo ve? Mateo capítulo dos es un pasaje que habla acerca de la adoración y de las características de un verdadero y un falso adorador. Comencemos con las características de los verdaderos adoradores.

1. Un verdadero adorador permite que la creación lo inspire.

Según algunos estudiosos los sabios del oriente, “magos” dice Reina-Valera, eran una mezcla entre exponentes de cultos religiosos esotéricos y una especie de astrónomos de la época. Algunos afirman que la influencia del profeta Daniel en Babilonia, varios siglos antes, pudo haber sido vital para que por tradición oral estos hombres conocieran en alguna medida lo que las profecías judías decían con relación a la venida del Mesías. Probablemente de allí llegó hasta sus oídos lo que el profeta anunció en Números 24:17: “Una estrella saldrá de Jacob; un rey surgirá en Israel…”

Los días alrededor de los cuales nació Jesús coincidieron con el estudio que los sabios del oriente estaban realizando mientras observaban el universo y fijaban sus ojos en el cielo negro confirmando así una singularidad que semanas antes habían detectado. Allí estaba suspendida en la noche oscura, una luz nueva, parpadeante… una estrella. Después de varios meses de estudio y reflexión y quizá hasta de búsqueda espiritual los sabios llegaron a la conclusión de que era la señal definitiva de que el Rey de Israel había nacido en la Tierra. Por lo tanto, emprendiendo el viaje.

Mi punto es que estos hombres vieron la creación de Dios y entonces decidieron ir a adorar al Señor. Ellos observaron el universo y entonces decidieron viajar para adorar al Hijo de Dios. ¿Por qué? Porque un verdadero adorador es alguien que permite que la creación lo inspire para adorar.

El relato de Mateo, más que ser un relato introductorio al Nuevo Testamento, es la historia de unos hombres que, a causa de haber estudiado la creación, se sintieron inspirados para adorar. Francis Bacon, creador del método científico dijo: “si quieres conocer a Dios debes estudiar dos libros: el libro de las palabras de Dios (La Escritura) y el libro de las obras de Dios (La creación)”. Y precisamente eso fue lo que hicieron los sabios, estudiaron por lo menos uno de estos libros, la creación, y eso los llevó a querer conocer al Creador del universo en persona.

Hace un tiempo atrás las palabras de Bacon me motivaron a inscribirme en un curso de astronomía para aficionados que vi anunciado en el periódico. Lo impartía la Asociación de Astronomía de mi país. Así que llamé, me inscribí y asistí a las sesiones donde hablaban del universo. Fue verdaderamente emocionante escuchar cada ponencia y ver las fotos que telescopios y sondas espaciales han tomado de la creación.

Después de ese curso quedé tan motivado que asistí regularmente a más reuniones de la Asociación e inclusive, en varias ocasiones, fui al observatorio donde ellos realizan prácticas astronómicas y tienen ubicado su gran telescopio. En ese lugar aprendí los rudimentos de cómo utilizar binoculares y telescopios, a ubicarme en la esfera celeste y a encontrar las maravillas que están suspendidas en el espacio. Es más, aún tengo en mi mente las primeras cosas que logré ver: detalles de la luna, sondas que deambulan alrededor de la atmósfera, un par de planetas, constelaciones, estrellas binarias, cúmulos estelares y mis favoritas… galaxias.

Luego de regresar de una sesión práctica en el observatorio recuerdo que uno de los líderes de la Asociación me preguntó el porqué de mi interés en la astronomía. “Simplemente sé que cuando escucho las conferencias y veo las fotografías que han tomado del universo, todo eso me hace pensar en Dios”, contesté.

Y aunque mi respuesta quizá no fue la que él esperaba, dije la verdad. Que observar la creación y todo lo que hay en el universo me hace pensar en el Señor. Incluso, en algunas ocasiones me ha pasado que me he asomado al ver el cielo por las noches y me ha sobrecogido un profundo deseo de arrodillarme para adorar. ¡Todo por causa de la grandeza de lo que veo!

Algo parecido les sucedió a los sabios del oriente. Ellos estaban observando, analizando e interpretando el universo, y cuando menos se percataron, se sintieron impulsados para a ir y adorar al Creador.

¿Sabías que mucha de la alabanza y adoración descrita en los Salmos está basada en la creación? Los Salmos 8, 19, 29, 33, 47, 50, 65, 68, 104 y 148 son ejemplo de ello. Pienso que esta ha sido una joya perdida por los cristianos, la de dejarnos asombrar por la creación e inspirarnos para adorar, así como lo hacían los salmistas. Y precisamente esto fue lo que le sucedió a Stuart K. Hine, el compositor del famoso himno “¡Cuán grande es él!”.

Se dice que después de salir de la iglesia, mientras caminaba y se dirigía a su casa, lo asaltó una tormenta. De repente el cielo azul se tornó oscuro y gris, comenzó a tronar y a llover de forma impetuosa. Él logró resguardarse bajo unos árboles, pero a los pocos minutos la lluvia desapareció y el cielo volvió a despejarse. Todo fue tan rápido que esta experiencia lo impresionó al punto de sentirse inspirado para componer la letra del famoso himno que todos conocemos. Es decir, él vio la creación y se sintió inspirado para adorar. Como los sabios del oriente… como nosotros también deberíamos de aprender.

Señor, mi Dios, al contemplar los cielos
El firmamento y las estrellas mil
Al oír tu voz en los potentes truenos
Y ver brillar el sol en su cenit

Coro:
Mi corazón entona la canción
¡Cuán grande es él! ¡Cuán grande es él!
Mi corazón entona la canción
¡Cuán grande es él! ¡Cuán grande es él!

Al recorrer los montes y los valles
Y ver las bellas flores al pasar
Al escuchar el canto de las aves
Y el murmurar del claro manantial

CONTINÚA…

1 Comentario

  1. Simplemente inspirador. Cuando leí, se me venía a la mente el cielo y las estreallas, y esto que no he visto mucho, pero realmente la creación de Dios nos cautiva y nos hace adorarle!!

Escribir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Te podría interesar

Lo que siempre quise y nunca pude decir sobre el don de profecía (Duodécima parte)

En la entrada anterior, comencé a intentar responder