Daño colateral (Primera parte)

Daño colateral (Primera parte)

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Efectos inesperados del movimiento de adoración.

Como publiqué en la serie El tabernáculo de David, el movimiento de adoración que comenzó en Latinoamérica a mediados de los 80´s e inicios de los 90´s, revolucionó la música de las iglesias de forma sorprendente. En un par de ocasiones he escuchado decir a Marcos Witt que una de las cosas que más le impresionó fue la rapidez con que se dieron las cosas. ¡Y tiene razón! La renovación de la adoración congregacional corrió como pólvora encendida dándole un giro extraordinario a miles de iglesias en el continente al punto de que sus efectos se siguen palpando hasta hoy.

Aunque es innegable que el movimiento de adoración aportó grandes beneficios a la iglesia y algunos libros documentaron su contribución, no seríamos imparciales si solo viéramos lo positivo. Como en todo movimiento los claroscuros se hicieron presentes. Yo los llamo: Daños colaterales.

Básicamente la expresión “daño colateral” implica un daño no intencionado o accidental a causa de cierto tipo de acción. Al parecer el concepto adquiere más significado en un contexto militar, pero también se aplica a aquellas cosas que hacemos y que producen efectos inesperados no planificados.

Soy del pensar que el movimiento de adoración trajo más beneficios que perjuicios, más cosas buenas que malas. Es más, me considero hijo (por decirlo así) de dicho movimiento ya que cuando comenzó en El Salvador yo apenas era un adolescente que recién se había incorporado al ministerio de alabanza de mi iglesia. Yo presencié las vidas renovadas por una nueva y viva relación con Dios y hasta asistí a decenas de congresos que se celebraron tanto en mi país como en Guatemala y Costa Rica. La riqueza que la adoración trajo a mi vida la sigo disfrutando hasta hoy y no cambiaría por nada el crecimiento que me ocasionó. Sin embargo, como muchos ya han hablado sobre los grandes aportes que trajo el movimiento me centraré en algunas cosas no tan buenas que, en mi opinión, desencadenó el avivamiento musical que experimentó la iglesia de treinta años para acá.

Antes de adentrarme en el tema quiero reconocer que mis observaciones son eso: mis observaciones. Son conclusiones a las que yo he llegado al reflexionar algunas cosas que he visto durante los últimos años tanto en mi país como en Centroamérica y que en lo personal me preocupan. Como sé que no soy infalible y mi percepción podría estar sesgada, le animo a que examine mis planteamientos, los analice y si gusta los comente con otras personas más. Confío que estoy acertando en la mayoría de puntos, pero si pasara que no, tenga a bien comentar allá abajo para conocer sus opiniones.

¡Comencemos!

SIETE DAÑOS COLATERALES DEL MOVIMIENTO DE ADORACIÓN

1. La híper expresividad corporal

Si algo caracterizó las iglesias evangélicas de mi país a finales de los 80´s e inicios de los 90´s era la introversión. La pasividad de los cultos en cuanto a expresiones externas de alabanza era tal que en algunas congregaciones, principalmente de corte bautista, no se podía aplaudir durante el tiempo de canciones rápidas y en las pentecostales eran mal vistos quienes saltaban y danzaban. En casi el cien por ciento no había ministerios de danza organizados y mucho menos, puntos especiales del programa para coreografías sincronizadas.

Algo bueno que el movimiento de adoración trajo fue la reeducación de la iglesia. Se nos enseñó lo que la Biblia dice sobre las expresiones externas durante la adoración: Por qué ponerse en pié, por qué gritar con júbilo, por qué danzar, por qué alzar las manos, por qué arrodillarse y hasta por qué postrarse.

Todo eso fue muy bueno y el fundamento bíblico inobjetable; sin embargo, muchos equipos de alabanza y congregaciones vieron en las expresiones externas de la alabanza la señal para medir el éxito de una reunión de adoración. Es decir, si la gente gritaba, saltaba y aplaudía, se clasificaba como culto avivado; y si la gente era inexpresiva, la reunión se tildada de apagada.

¿De dónde habremos aprendido esto? Supongo que de los modelos de dirección de adoración que surgieron en esa época y de las iglesias que celebraban congresos de alabanza donde la expresividad estaba a flor de piel. Claro, no es que alguien nos dijera: “¡Iglesia que no danza, brinca o llora no tiene la presencia de Dios!” No, pero lo que vimos en forma de dinámicas de dirección y expresividad en los auditorios equivocadamente nos hizo creer que adrenalina y lágrimas era sinónimo de respaldo divino.

Esto provocó que hoy tengamos directores de adoración que sobre enfatizan la expresiones externas al punto que algunas de nuestras reuniones parecen más sesiones de aeróbicos que cultos de alabanza. El afán de quienes dirigen porque la gente haga cosas con sus manos y sus pies es tal que a veces pareciera que están más preocupados por lo que hacemos exteriormente que por lo que sucede en el corazón.

Una vez asistí a un congreso donde quien dirigía la adoración hizo una pausa, dejó a los músicos tocando de fondo y dijo: “¡Ahora vamos a hacer lo siguiente! Quiero que todos comencemos a saltar con el pié derecho…” Yo volteé a mi alrededor y todo mundo comenzó a saltar con el pié derecho. Unos veinte segundos después dijo: “¡Ahora cambien de pié! ¡Vamos a saltar con el pie izquierdo!” Y todo mundo a saltar con el pié izquierdo. Para terminar gritó: “¡¡¡Ahora todos a saltar para Dios con sus dos pies!!!”

Algunos directores han convertido las iglesias más en Gimnasios del Reino que en templos de alabanza (y se lo dice alguien que le gusta saltar eh).

En otra ocasión estuve en un culto donde el director de alabanza pidió como 15 veces que gritáramos con júbilo en un lapso de 30 minutos. Pidió que gritáramos antes de iniciar una canción, durante los solos musicales de la canción y cada vez que terminaba una canción. Solicitó tantos gritos de júbilo que comencé a trazar rayitas y diagonal para no perder la cuenta. ¡15 veces Dios mío!

Luego, cuando le hice el comentario a alguien que conocía a este director de que me había sorprendido que pidiera tantos de gritos de júbilo lo justificó diciendo: “Es que a veces hay que hacer eso para darle dinamismo a la dirección”.

¿Ah, sí? ¿Desde cuándo “a veces” significa una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez hasta el hartazgo? ¡Con dos o tres veces hubiera bastado! Digo.

Algunos han confundido dirección dinámica con excesiva instrucción y como alguna vez dijera Marco Barrientos: “Demasiada instrucción cae en manipulación”.

De paso, hoy en día es común ver iglesias con ministerios de danza y coreografía tan bien organizados que no hay reunión donde no estén al frente bailando al compás de la música sin importar que quienes los conforman no reflejen verdadera devoción. Si usted hiciera el ejercicio de fijar su mirada en los ojos de los danzantes durante el tiempo de adoración, no en el momento de canciones rápidas, sino cuando suenan las lentas. No vea sus cuerpos agitándose ni sus manos meciéndose, mírelos a los ojos y verá que no necesariamente estarán adorando al Señor. Es más, muchos estarán hasta distraídos.

Aunque la danza sincronizada tiene su lugar en la iglesia, pienso que más allá de la vistosidad que le da a los cultos deberíamos repensar el papel de este ministerio a la luz de lo que enseña la Palabra de Dios y su contribución a la reunión de adoración congregacional. Por ejemplo, en toda mi vida he conocido a un solo ministerio de danza que antes de presentarse ante la congregación ayunaba como equipo. Ellos estaban tan conscientes de su labor ante Dios y ante la iglesia que se tomaban el tiempo de ayunar para pedirle al Señor que los usara para inspirar la alabanza de quienes los verían.

¿Conoce usted un ministerio de danza que haga algo similar? Lo dudo.

Ahora, con lo anterior no estoy diciendo que un director de alabanza no deba animar a los hermanos expresarse ni a que no tengamos ministerios de danza organizados, ¡mucho menos que nos la pasemos juzgando quién sí y quién no está adorando en una reunión! No, lo que quiero concientizarle es que un daño colateral que nos dejó el movimiento de adoración fue que muchos de nosotros confundimos expresividad corporal y emotividad como sinónimo del mover del Espíritu Santo y la manifestación de la presencia de Dios.

Valdría la pena darle un vistazo a 1 Samuel 4 para recordar que la híper expresividad del pueblo de Israel no equivalió a respaldo divino. Al final de la historia, a pesar del frenesí mostrado antes de la batalla, perdieron el arca del pacto ante los filisteos. ¡Y vaya que gritaron esa vez eh!

No es malo ser expresivo durante la adoración, pero no olvidemos lo que muy bien dijo Miguel Cassina en aquellos famosos Congresos de Alabanza de los 90´s: “Que nuestro grito de júbilo no sea más fuerte que nuestro compromiso con Dios”. Es decir, que nuestra expresividad no sustituya la actitud del corazón. Si lo hacemos caeríamos en la descripción que hizo el Señor Jesucristo al decir: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Mateo 15:8).

¡Tengamos cuidado!

Continúa…

1 Comentario

  1. Eliezer Nephtalí Sánchez Pérez

    brother, has pensado en hacer un libro sobre estos detalles? estaría buenísimo!

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