La canción de Aslan

La canción de Aslan

- en Fragmentos de libros
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Narnia fue creada con una canción.

Hace unos meses compré la colección completa de “Las crónicas de Narnia” en la librería La casita. Este libro compila las 7 obras de C.S Lewis en un solo tomo ubicando los libros en orden de lectura. Por ejemplo, “El sobrino del mago”, que fue el último libro de la serie, aparece primero. Ya que en este se habla del origen de Narnia y cómo se desencadenan el resto de aventuras. Mientras lo leía, me impresionó descubrir que Narnia, según el autor, fue creada con una canción. He aquí algunos párrafos para que tenga un sabor de la exquisita narración de C.S. Lewis…

La fundación de Narnia

El león iba y venía por aquel territorio vacío y entonaba una nueva canción. Era más dulce y melodiosa que la que había cantado para invocar a las estrellas y al sol; una suave música susurrante. Y mientras andaba y cantaba, el valle se llenó de hierba verde que se desparramaba a partir del león como un estanque. La hierba ascendió por las faldas de las pequeñas colinas como una oleada, y en pocos minutos trepaba ya por las laderas inferiores de las lejanas montañas, convirtiendo aquel mundo joven en algo cada vez más mullido. Ya se oía el suave viento que rizaba la hierba, y muy pronto hubo otras cosas además de hierba. Las laderas más altas se oscurecieron con matas de brezo, y retazos de un verde más tosco y encrespado aparecieron en el valle. Digory no supo lo que eran hasta que uno empezó a brotar cerca de él. Era un menudo objeto puntiagudo que echó docenas de ramificaciones y los cubrió de verde mientras crecía a un ritmo de tres centímetros cada dos segundos. Docenas de aquellas cosas rodeaban ya al pequeño, y cuando fueron casi tan altas como él se dio cuenta de que lo eran.

-¡Árboles! – exclamó…

… Desde luego había muchas cosas que observar y escuchar. El árbol que había llamado la atención de Digory se había convertido en un haya adulta cuyas ramas se balanceaban suavemente por encima de su cabeza. Estaban de pie sobre hierba fresca y verde, espolvoreada de margaritas y ranúnculos, y algo más allá, a lo largo de la orilla del río, crecían sauces. Al otro lado, marañas de grosellas en flor, lilas, rosas silvestres y rododendros los rodeaban. El caballo se dedicaba a arrancar deliciosos bocados de hierba fresca.

Durante todo aquel tiempo la canción del león, y su majestuoso vagabundeo a un lado y a otro, de aquí para allá, siguieron sin pausa, y lo que resultaba más bien alarmante era que con cada giro se acercaba un poco más. A Polly la canción le resultaba cada vez más interesante porque le parecía empezar a ver una conexión entre la música y las cosas que sucedían. Cuando una hilera de abetos negros brotó en una loma a unos cien metros de distancia, sintió que se debían a una serie de profundas y prolongadas notas que el león había entonado un segundo antes; y cuando el animal emitió una rápida sucesión de notas más ligeras no le sorprendió ver que, de improviso, aparecían prímulas en todas direcciones. Así pues, con  una inenarrable emoción, se sintió muy segura de que todas las cosas salían – así lo dijo ella – <de la cabeza del león>. Cuando uno escuchaba su canción oía las cosas que creaba; cuando miraba a su alrededor, las veía. Aquello resultaba tan emocionante que no tenía tiempo de asustarse. Sin embargo, Digory y el cochero no podían evitar sentirse un poco nerviosos al ver que cada giro en el paseo del animal lo conducía más cerca de ellos. En cuanto al tío Andrew, los dientes le castañeaban, pero las rodillas le temblaban de tal modo que le resultaba imposible salir huyendo.

De repente la bruja avanzó decidida en dirección al león. Éste seguía acercándose sin dejar de cantar, con paso lento y meditado. Se encontraba a sólo doce metros de distancia, cuando la mujer alzó el brazo y le arrojó la barra directamente a la cabeza.

Nadie, y aún menos Jadis, podría haber fallado a aquella distancia. La barra alcanzó al animal justo entre los ojos, rebotó y cayó a la hierba con un golpe sordo. El león siguió avanzando y su paso no era ni más lento ni más rápido que antes; era imposible saber si era consciente de que lo habían golpeado. A pesar de que sus blandas patas no producían el menor sonido, uno notaba cómo la tierra temblaba bajo su peso.

La bruja lanzó un alarido y echó a correr, desapareciendo entre los árboles en unos instantes. El tío Andrew intentó hacer lo mismo, tropezó con una raíz y cayó bruces en un pequeño arroyo que discurría hacia el río. Los niños eran incapaces de moverse, aunque tampoco estaban muy seguros de querer hacerlo. El león no les prestó atención. La enorme boca roja estaba abierta, pero abierta para cantar, no para rugir. Pasó tan cerca de ellos que podrían haberle tocado la melena. Los pequeños tenían un miedo atroz a que se volviera y los mirara, y a la vez, curiosamente, deseaban que lo hiciera. De todos modos, les prestó la misma atención que si hubieran sido invisibles y no olieran a nada. Una vez que hubo pasado junto a ellos e ido unos pasos más allá, se dio la vuelta, pasó de nuevo a su lado y prosiguió la marcha en dirección este…

… En unos minutos Digory llegó al límite del bosque y se detuvo allí. El león seguía cantando; pero la canción había vuelto a cambiar. Era mucho más parecida a lo que llamaríamos una melodía, pero también era mucho más desenfrenada. Hacía que se quisiera correr, saltar y trepar; hacía que entraran ganas de gritar; hacía que se deseara correr hacia otras personas y abrazarlas o pelear con ellas. Hizo que el rostro de Digory se sonrojara y acalorara, y también ejerció un cierto efecto sobre el tío Andrew, ya que el niño lo oyó decir:

-Una xica valerosa, sí, señor. Es una lástima que tenga ese genio, pero es una mujer realmente magnífica de todos modos, una mujer realmente magnífica.

Pero el efecto que la canción tenía sobre los dos humanos no era nada comparado con el que tenía sobre el territorio.

¿Eres capaz de imaginar un prado cubierto de hierba que borbotea como el agua en una olla? Pues ésta es la mejor descripción de lo que estaba sucediendo. El terreno se iba llenando de montecillos por todas partes. Eran de tamaños muy distintos, algunos no mayores que madrigueras de topos, otros tan grandes como carretillas, dos del tamaño de casitas de campo. Y los montecillos se movieron e hincharon hasta estallar, y la tierra desmoronada se derramó por los costados, y de cada montículo surgió un animal. Los topos salieron de la tierra igual que salen en Inglaterra. Los perros surgieron ladrando en cuanto les quedó libre la cabeza y forcejaban como se los ve hacer cuando atraviesan un túnel estrecho o un cerco. Los ciervos fueron los más curiosos de observar, puesto que las cornamentas salieron mucho antes de que apareciera el resto de ellos, de modo que en un principio Digory pensó que se trataba de árboles. Las ranas, que surgieron todas cerca del río, fueron directas a éste con un plof-plof y un sonoro croar. Las panteras, leopardos y animales de ese estilo, se sentaron inmediatamente para lamerse la tierra de los cuatro traseros y luego se apoyaron en árboles para afilar las zarpas delanteras. Avalanchas de pájaros salieron de los árboles. Las mariposas revolotearon, y las abejas se pusieron a trabajar en las flores como si no tuvieran un segundo que perder. No obstante, el momento más espectacular fue cuando el montículo más grande se quebró como por un pequeño terremoto y emergió el lomo inclinado, la enorme cabeza sabia, y las cuatro patas llenas de pliegues de un elefante. Y entonces apenas se oía ya la canción del león, debido a la gran cantidad de graznidos, arrullos, cacareos, rebuznos, relinchos, aullidos, ladridos, balidos y bramidos.

Sin embargo, a pesar de no oír ya al león, Digory sí lo veía. Era tan grande y reluciente que no podía apartar los ojos de él. Los otros animales no parecían tenerle miedo. A decir verdad, en aquel mismo instante, Digory oyó el sonido de cascos a su espalda, y al cabo de unos segundos el viejo caballo del cabriolé pasó trotando por su lado para ir a reunirse con las otras bestias. Al parecer el aire le había sentado tan bien como al tío Andrew, pues ya no parecía el viejo y desdichado esclavo que había sido en Londres; alzaba bien los cascos al andar y mantenía la cabeza bien erguida. Y ahora, por vez primera, el león estaba callado; paseaba de un lado a otro por entre los animales, y de vez en cuando se acercaba a dos de ellos -siempre de dos en dos- y les rozaba el hocico con el suyo. Tocaba a dos castores de entre todos los castores, a dos leopardos de entre todos los leopardos, a un ciervo y a una cierva de entre todos los ciervos, y dejaba a los demás. Algunas clases de animales las pasaba por alto tranquilamente. Las parejas que había tocado abandonaban al instante a sus congéneres y lo seguían. Finalmente el león se quedó quieto y todas las criaturas que había tocado se acercaron y formaron un amplio círculo a su alrededor.

Aquellos que no había tocado empezaron a dispersarse, y sus sonidos se fueron desvaneciendo en la distancia. Los animales elegidos que se quedaban permanecían en un silencio absoluto, con los ojos muy fijos en el león. Aquellos que pertenecían a la familia de los felinos agitaban de vez en cuando la cola pero, aparte de eso, se mantenían inmóviles. Por primera vez aquel día se hizo un completo silencio, sólo interrumpido por fluir del agua del río. El corazón de Digory latía con violencia; sabía que algo muy solemne estaba a punto de ocurrir. No había olvidado a su madre, pero sabía perfectamente que, ni siquiera por ella, podía interrumpir algo como aquello.

El león, cuyos ojos no pestañeaban jamás, contempló a los animales con tanta severidad como si fuera a abrasarlos sólo con mirarlos, y poco a poco se efectuó un cambio en ellos. Los más pequeños –conejos, topos y seres perecidos- se volvieron bastante más grandes. Los que era muy grandes –resultaba más visible en los elefantes- se volvieron un poco más pequeños. Muchos animales se sentaron sobre los cuatro traseros, y la mayoría ladeó la cabeza como si pusieran mucho empeño en comprender. El león abrió las fauces, pero no salió ningún sonido; exhalaba, un largo y cálido aliento, que pareció balancear a todos los animales igual que el viento balancea una hilera de árboles. En las alturas, desde un punto situado más allá del velo de cielo azul que las ocultaba, las estrellas volvieron a cantar; era una música pura, serena e intrincada. Entonces se produjo un veloz fogonazo parecido a una llamarada –que no quemó a nadie- procedente del cielo o del mismo león, los niños sintieron que toda su sangre hormigueaba, y la voz más profunda e impetuosa que había oído jamás empezó a decir:

–Narnia, Narnia, Narnia, despierta. Ama. Piensa. Habla. Sed Árboles Andantes. Sed Bestias Parlantes. Sed Aguas Divinas (1).

Noel Navas.

Notas:

(1) Lewis, C.S. Las Crónicas de Narnia, HarperCollins Publishers, Pág. 60-66.

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